Cuando las mujeres eran diaconisas

Cuando las mujeres eran diaconisas

por John Wijngaards

The Tablet, 8 Mayo 1999, p. 623-624.

¿Fueron ordenadas las mujeres como diaconisas en los inicios de la iglesia en las mismas bases que los hombres? El director del Housetop Centre en Londres, que se especializa en comunicación Cristiana cree tener las pruebas que lo fueron. Si está en lo correcto, sus descubrimientos tienen implicaciones de largo alcance para el ministerio de mujeres en la Iglesia de hoy.

Así es que las mujeres dioconisas en los inicios de la Iglesia no tenían parte en el ministerio sacramental de acuerdo con el Cardenal Darío Cal trillón Hoyos (The Tablet, 3/10 Abril, p. 500). Su aseveración debe haber causado que los miles de mujeres diaconisas que sirvieron fielmente a la Iglesia en el pasado se dieran la vuelta en sus tumbas. Porque fueron mujeres formidables si nos debemos guiar por las 28 lápidas en las cuales algunas de ellas son conmemoradas. Una fue Athanasia en Delphi en el quinto siglo AD que fue ordenada por el Obispo Pantamianos. La lápida tiene una maldición: “si alguien manipula la tumba en la cual descansa enterrada esta honorable e intachable diaconisa que reciba la suerte de Judas quien traicionó a nuestro Señor Jesús Cristo.”

Hace cincuenta años, los historiadores de la iglesia y los teólogos como una rutina eliminaban el diaconato de mujeres como obviamente un gesto histórico para las mujeres, “una bendición de cierto tipo” o “solo una orden menor”, por la simple razón que la ordenación sacramental de las mujeres parecía ser excluida a priori. Pero los hechos históricos se hacen más claros cada día y esta posición es ahora insostenible.

Desde el inicio debemos comprender lo que está en juego. Si como lo muestran los registros, las mujeres durante muchos siglos fueron admitidas al diaconato total que ahora se imparte a los hombres, entonces recibieron los sacramentos de las “ordenes benditas”. Porque este sacramento tiene tres niveles, episcopalato, sacerdocio y diaconato. Cualquiera que recibe cualquiera de las tres está consagrada al sacerdocio ministerial como lo definió el Concilio de Trento.

Pero ¿fueron las mujeres ordenadas como verdaderas diaconisas – en un diaconado sacramental “anexada teológicamente al Espíritu Santo”, para copiar las palabras del Cardenal Castrillón Hoyos?

La respuesta está en los manuscritos Griegos y Sirios escondidos en bibliotecas polvorientas, pero ahora accesibles a todos vía Internet (www.womenpriests.org). Contiene antiguos rituales de ordenación para diáconos femeninos y masculinos, documentando la práctica de la Iglesia de los siglos cuarto a octavo AD y confirmando las oraciones de ordenación mas antiguas que se encuentran en Constituciones Apostólicas, una así llamada “orden de la iglesia” del siglo cuarto con regulaciones para disciplina y liturgia.

Un estudio de los documentos muestra que la Iglesia en el Este, siglos antes de que se separara del Oeste, tanto mujeres como hombres eran admitidos al diaconado mediante una ordenación sacramental de equivalencia parecida. Ambos eran conducidos al santuario frente al obispo que estaba sentado frente al altar. Ambos recibían la imposición de las manos del obispo, quien invocaba al Espíritu Santo para impartir la gracia del ministerio del diaconado, usando idénticas palabras. Ambos fueron investidos con una estola como un signo distintivo de su ministerio. Ambos recibían la Comunión del obispo y a ambos se les entregaba el cáliz con la Sangre preciosa. El impresionante paralelismo ha hecho que recientemente el teólogo Ortodoxo, Evangelos Theodorou se una a un número de teólogos Católicos para declarar que el diaconado de mujeres es sacramental como el de los hombres.

Tal vez debamos volver a lo básico. Los sacramentos son por definición, signos sagrados. En su larga historia la Iglesia ha aceptado dos aspectos del “signo” en cada sacramento: la materia (un objeto o una acción) y la forma (las palabras que se dicen). En el bautismo el lavado con agua es la materia, las palabras”Yo te bautizo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo” es la forma. Estos dos elementos hacen la sustancia del signo sacramental. Cuando los encontramos presentes sabemos que el sacramento ha sido administrado en forma válida. Y ser aquí precisos en los detalles, no es un lujo, como siempre ha insistido la Iglesia Católica.

En el caso de las Santas Ordenes, desde tiempos inmemoriales la imposición de las manos ha sido considerada como la “materia” del sacramento, la invocación del Espíritu sobre el ordenado como la “forma”. Estas constituyen la esencia del signo sacramental, mediante el cual todos saben que esta persona ha sido realmente ordenada.

Los símbolos adicionales son el conferir el sacramento durante la liturgia de la Misa justo frente al altar, la colocación de la vestimenta distintiva y la entrega de un instrumento del ministerio, tal como el cáliz. Mediante todos estos signos externos la Iglesia universal públicamente imparte el sacramento de las Santas Ordenes a fin de que el que las recibe y la gente de Dios sepa que se ha cumplido el sacramento.

Pero si la Iglesia ordenó mujeres diaconisas y hombres diáconos con exactamente los mismos signos sacramentales, podría alguien decir que uno –el diaconado de hombres – es sacramental, y el otro – el de mujeres- no lo es? ¿No aplican aquí las severas palabras del Concilio de Trento? “si alguien dice que mediante una ordenación sagrada no se da el Espíritu Santo y que por lo tanto el obispo dice en vano: ‘Recibe el Espíritu Santo’ . . . que sea un anatema” (constitución de las Ordenes Sagradas, canon 4)

Una oración típica para la ordenación de mujeres diaconisas que el Obispo decía de los siglos cuarto al octavo mientras que le imponía las manos dice en forma abreviada como sigue: “Santo y omnipotente Señor mediante el nacimiento de tu único Hijo de una virgen de acuerdo a su naturaleza humana, has santificado el sexo femenino. Les concedes no solo a los hombres, sino también a las mujeres la gracia y bendiciones del Espíritu Santo. Por favor, Señor, mira a esta sierva y dedícala a la tarea de tu diaconado y derrama en ella tus ricos y abundantes bienes en tu Espíritu Santo”

La oración de ordenación para los diáconos hombres dado en los mismos documentos mencionados antes es casi la misma, y termina y la misma frase dedicatoria e invocación del Espíritu Santo. En algunas oraciones más largas el Obispo se refiere al ejemplo de Stephen (Hechos 6:5) para diáconos hombres, a Phoebe “nuestra hermana”, quien fue “diaconisa de la Iglesia en Cenchreae” (Rom. 16:1), para mujeres diaconisas.

Aquellos que niegan el carácter sacramental del diaconado de las mujeres a menudo resaltan el hecho que en esos siglos tempranos eran normalmente hombres diáconos los que ayudaban en el altar y que ayudaban a distribuir la Comunión. “Los hombres hacían un tipo diferente de diaconado” decían quienes lo objetaban. “Los hombres ayudaban en la Eucaristía. Las mujeres no lo hacían”. Las diferencias en la división diaria del trabajo no prueba, sin embargo, que existían diaconados diferentes. Muchos funcionarios de la iglesia en Roma, por ejemplo, han sido ordenados como obispos y arzobispos por razones diplomáticas. Trabajan casi exclusivamente en la administración. ¿Hace que su ordenación al episcopado sea menos válida que aquella de los obispos pastorales?

Era prudencia pastoral la que inspiraba a los líderes de la iglesia emplear a las mujeres diaconisas en forma diferente. Las mujeres que sirven al obispo en el santuario que está oculta de la gente durante el momento más sagrado, pueden causar la sospecha de no ser adecuado. Además, la mujer también tenía que batallar con el prejuicio de la falta de limpieza durante sus períodos mensuales. Pero es equivocado inferir de esto que por lo tanto una mujer diaconisa era ordenada a una forma mas baja de diaconado que un hombre.

El rito de ordenación de una mujer diaconisa misma contradice esto, puesto que se le entrega un cáliz, como le fue entregado al hombre. Mediante las oraciones de ordenación, las mujeres diaconisas, así como sus colegas hombres estaban dedicadas a este “ministerio” (la palabra Griega es leitourgia) en el templo Sagrado de Dios. Además, sabemos de las leyes de la iglesia Siria que las mujeres diaconisas ayudaban en el altar cuando no había hombres diáconos, y llevaban la Comunión a los enfermos.

La función principal de la mujer diaconisa era el cuidado pastoral de las mujeres y aquí mantenía un ministerio paralelo al del hombre diácono, pese a que usualmente lo hacía bajo la supervisión de sus colegas. La mujer diaconisa instruía a las mujeres catecúmenas para el bautizo, sea en la iglesia o en su casa. Durante la ceremonia bautismal misma untaba los cuerpos de las mujeres con el aceite del catecumenato así como el hombre diácono lo hacía con los hombres. En esos días los catecúmenos estaban desnudos y el aceite se untaba en todo el cuerpo, en la parte delantera y posterior, en todas las extremidades, aun entre los dedos de las manos y los pies, ‘no dejaban ninguna parte sin untar’, como lo dice una rúbrica antigua. La propiedad demandaba que una mujer diaconisa llevara a cabo este rito para una mujer catecúmena, luego después de lo cual la llevaría todavía desnuda hacia la fuente y la sumergiría por tres ocasiones, mientras que el obispo decía la forma bautismal. Los textos posteriores sugerían que el mismo Obispo podia haber descendido a la fuente y sumergido a las catecúmenas. En cualquier caso, era el Obispo el que imponía el aceite consagrado después de que la catecúmena había sido secada por la mujer diaconisa y vestida con una túnica blanca.

El diaconado de las mujeres enfrentó fuerte oposición en las regiones de habla Latina tales como Italia, Norte de África, Gala y Britania. De acuerdo con la ley Romana que en su esencia fue adoptada por la Iglesia, las mujeres no podían tener funciones públicas. También el tabú de la menstruación era un enorme obstáculo. En el Oeste, el “diaconado de mujeres” continuó existiendo hasta los inicios de la edad media como una ‘bendición’ impartida a las abadesas. Era una ligera sombra de lo real que existía en el Este.

La historia nos ha dejado amplios registros de la actividad de genuinas mujeres diaconisas que florecieron principalmente en Grecia, Asia Menor, Dalmacia, Siria y Palestina con certeza desde el siglo tercero al octavo; hasta la actualidad, aquí también como en el Oeste, la menstruación y otros tabúes la limitaron. San Crisóstomo en Constantinopla tuvo 60 diaconisas adscritas a la basílica de Hagia Sofía, así como 100 hombres diáconos. De la correspondencia de los sacerdotes conocemos a muchas por nombre: Salvina a quien le escribía San Jerónimo; Macrina, la hermana de San Basilio el Grande, Anastasia, una asistente del Papa Severo de Antioquia. También tenemos muchas inscripciones epigráficas, tales como la de Teodora en Gaul (siglo sexto) y Sofía en Jerusalén (siglo cuarto): “Aquí descansa la sierva y Virgen de Cristo, la diaconisa, la segunda Phoebe.”

Por lo tanto, tenemos la prueba que las mujeres fueron admitidas a las santas órdenes durante siglos, bajo la sanción de los concilios ecuménicos, produciendo ministros ordenados que confirmaban en su propia persona la igualdad de hombres y mujeres en Cristo. ¿No es a esta verdadera tradición a la que la Iglesia debería ser fiel?

John Wijngaards

Lea también las ‘Letters to the Editor’ en el Tablet que responde a este artículo.

Traducción: Lola de Varas


the Wijngaards Institute for Catholic Research.

John Wijngaards Catholic Research

since 11 Jan 2014 . . .

John Wijngaards Catholic Research

Sírvase mencionar este documento como publicado por www.womenpriests.org!