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ESCRITURA Y TRADICIÓN. ACLARACIONES FUNDAMENTALES
CAPÍTULO PRIMERO

Escritura y Tradición. Aclaraciones Fundamentales

por Mª José Arana

Ahora bien, antes de adentrarnos en la exposición histórica, base y núcleo de nuestro trabajo posterior, quisiera hacer unas aclaraciones que considero fundamentales.

No cabe duda de que encontrar rastros de la existencia de algunas posibilidades para las mujeres, bien para presidir las eucaristías, bien para regir una iglesia local u otras responsabilidades eclesiales, en los albores del cristianismo, será algo no solo gratificante sino enormemente significativo y hasta decisivo para continuar un diálogo sobre esta cuestión en el interior de la Iglesia Católica, dados los presupuestos y dificultades desde los que, hasta el momento, se aborda eclesialmente este problema. Sin embargo, me parece de transcendental importancia hacer algunas aclaraciones previas y básicas ya que, a mi juicio, no habría que continuar situando esta problemática, únicamente, desde estas perspectivas históricas. Considero que la razón o razones por las que la Iglesia debería de replantearse este asunto son mucho más profundas. La comprensión del sentido dinámico de la tradición y del Evangelio es básica en esta cuestión.

Entendemos, aquí, la tradición no únicamente como algo estático, como un modelo a "reproducir", inmovilista, sino como una marcha hacia adelante, que, fuertemente enraizada en el pasado y en fidelidad a ese mismo pasado, está orientada al futuro y se deja interpelar por el presente. La percibimos como una capacidad profunda para dar respuesta válida a los nuevos desafíos, aspiraciones y situaciones humanas en cada momento histórico; es decir, desarrollando la misma Tradición en su sentido más genuino. Y esto, precisamente, por razones de la misma Encarnación. Existe una gran diferencia entre una comprensión de la tradición solamente como "depósito de la Fe", "Tesoro", depósito de verdades a conservar más o menos inamovible y estáticamente, o considerarla realmente inserta en el proceso histórico de la Revelación y Salvación. Es decir, hablamos del proceso de la "revelación continua" que se da en la Iglesia, y que se prolonga escatológicamente: hasta que, guiados por el Espíritu, lleguemos "a la verdad completa" (Jn. 16, 13).

En el primer caso estaríamos "expuestos/as al peligro de perder la apertura ante lo venidero y de ser llevados a un aferramiento estéril en el pasado" (l).

Sin embargo sabemos que un proceso es algo vivo, dinámico e inacabado, en el que la actuación de Dios, la asistencia del Espíritu y la evolución humana avanzan juntas hacia el futuro. Esta actitud dialogal, a veces fiel y conjugada, a veces dialéctica y descompensada, debido al pecado y a la ceguera humana, es la que va haciendo posible ese camino, orientado, iluminado y guiado por el Espíritu Santo, "hacia la verdad completa" a la que se refiere Jesús en la Última Cena, y que se nos va dando con la ayuda del Paráclito, porque "ahora no podéis con todo ello" (Jn. 16, 13).

Es un proceso que implica, ciertamente, la "memoria histórica", a veces "memoria peligrosa", de la que Metz nos habla, pero que no podría sernos referencia e impulso sin someterla también a una honda purificación, dado que el paso del tiempo comporta necesariamente una fijación de "lastre", de "errores no discernidos" -como diría Gadamer-, e incluso de los pecados no reconocidos que se han ido acumulando, siglo tras siglo, y que van dificultando y oscureciendo la comprensión de esa misma Tradición y de la Historia. Es una crítica honesta y positiva. Además es un desarrollo, que tiene "su punto de partida en la predicación oral de los portadores originarios de la Revelación (Jesús y los Apóstoles)", y va derramándose, bajo la asistencia del Espíritu Santo, en las diferentes épocas y culturas. Es ésta una evolución que se efectúa en la inculturación inevitable y enriquecedora al mismo tiempo que, por una parte, va "afectando" a la interpretación de la Biblia y de la Tradición, pero además va "adhiriendo" elementos culturales y antropológicos diversos, se va objetivando desde ángulos de visión concretos que es necesario descubrir y discernir, desvelar y reinterpretar, para ser capaces de caminar más certeramente hacia el futuro. Porque sabemos que Dios continúa comunicándose a la humanidad e incidiendo activamente en ella.

La Declaración de los obispos alemanes sobre el Ministerio sacerdotal (1970) explica admirablemente el sentido evolutivo y la búsqueda constante que la Iglesia y la Teología, bajo la acción del Espíritu Santo, deben ejercer en cada momento de la Historia, con fidelidad y discernimiento, teniendo en cuenta que la esencia del sacerdocio "tiene sus raíces profundas en un proceso vital de la Iglesia determinado por múltiples influencias y que está vinculada a las condiciones de una fe concreta vivida prácticamente en el día a día" (2).

Pero además, este proceso de inculturación, con el paso de las diferentes épocas, va también olvidando o/y desdibujando realidades más antiguas que pertenecen a los primeros tiempos de la historia del cristianismo. Es muy importante hacernos conscientes de que no se conocen bien o/y no se interpretan con exactitud aspectos de la Iglesia primitiva o de la Historia de los primeros siglos. Faltan datos, es cierto, pero a menudo se han proyectado y se proyectan anacrónicamente sobre el pasado conceptos posteriores, referidos a realidades que entonces debieron de tener otro significado y contenido, se han desatendido informaciones, etc., y si este hecho es evidente en el conjunto de la historia eclesiástica y sabemos que los estudiosos no dejan de hacer investigaciones intentando clarificar y conocer mejor estas épocas, no cabe duda de que el problema se agudiza, podríamos decir que se agiganta, cuando se trata de conocer la historia y las tradiciones de las mujeres. Es ésta una historia absolutamente ignorada, cuando no deformada y tergiversada, al haber sido abordada sólo por los varones y, es evidente, desde parámetros y ángulos de visión exclusivamente masculinos.

Todo esto incide en la Historia, civil y eclesiástica, y en las teorías, no pocas veces distorsionando, obstaculizando y oscureciendo una hermenéutica objetiva y realista. No podemos afirmar sin más que conocemos bien los orígenes de nuestra Iglesia y menos aún en lo que a las mujeres se refiere. Muchas veces se ha considerado como "tradicional" y primigenio lo que en realidad provenía de tiempos mucho más recientes. La mayoría de los datos han sido ignorados, pero, y quizás esto es más grave, muchos textos antiguos han sido leídos y comprendidos en claves poco clarificadoras debido al peso de una especie de ceguera ancestral y de un bagaje ideológico y cultural que los ensombrecía. Esta hermenéutica que olvida o/y deforma datos y textos referentes a las mujeres ha afectado también a la interpretación y exégesis bíblica, hecho que la Teología feminista trata hoy de evidenciar, profundizar y subsanar. Evidentemente, tampoco la antropología, filosofía y demás ciencias podrían quedar al margen en esta búsqueda, que debe ser interdisciplinar.

Por otra parte y como bien sabemos, nuestra tarea ha de ser, no tanto la de encontrar en el Evangelio la "copia" exacta de nuestro hoy ni la respuesta a la "letra" a nuestros problemas, como la de hallar en Él las semillas y la Fuerza que nos permitan descubrir cómo hacer vida hoy sus intuiciones más profundas, su Mensaje más genuino. Es necesario evidenciar el carácter dinámico y activo de la tradición y del Evangelio, Palabra viva y eficaz, Palabra encarnada, en la vida de la Iglesia, a través del tiempo y del espacio, es decir, también aquí y ahora. Entendemos así una real fidelidad al Evangelio.

La Teología y la práctica eclesial han de tener el suficiente talante profético y místico como para percibir, desvelar y hacer vida la fuerza liberadora del Mensaje Cristiano contenido en la Tradición y en los textos bíblicos. Se trata, no solamente de hacerlos inteligibles en cada momento histórico, sino también de entrar en la "nueva dimensión" (M.D.) que supone la recepción y la real captación de la Gracia que se nos va desvelando y comunicando históricamente.

Es necesario tener en cuenta en la Teología este doble aspecto de la Tradición y de los Textos sagrados, el retrospectivo, tratando de descubrirlos más y más en su autenticidad, y el evolutivo, evidenciando su carácter dinámico e incluso novedoso, que ilumina nuestro presente.

Así pues, el hallazgo de datos que revelen y expliquen una práctica sacerdotal de las mujeres en la Iglesia Primitiva, sin dejar de ser palpitante e importantísimo para la profundización y redescubrimiento de la Tradición pasada, y, por supuesto, una ayuda muy eficaz para caminar hacia la ordenación de las mujeres, sin embargo, a mi juicio, no debería ser la razón, y menos aún, la única razón por la que la Iglesia habría de cambiar su secular negativa. Creo sinceramente que la cuestión es más de fondo, y que desde la fidelidad al Espíritu que orienta la Historia así como desde la entraña liberadora del Evangelio es desde donde la Iglesia debería poner en cuestión y modificar de raíz su postura a este respecto; claro está que esto alteraría sus estructuras, pero haciéndolas, a nuestro modo de ver, un reflejo y anticipo más nítido de las relaciones fraternales e igualitarias del Reino que anuncia.

Vivimos en un momento en el que las mujeres reclaman para sí la igualdad de derechos y deberes no sólo en la sociedad civil y cultural, sino también en la Iglesia. Pero además no pocos/as se resisten a seguir prescindiendo de la plena aportación femenina a la Iglesia. La masculina ha sido sobreabundante durante estos veinte siglos de Historia. La Iglesia Católica adolece de una falta de la aportación femenina en los niveles estructurales, ministeriales, teológicos, etc. Por el contrario, el subrayar "de qué forma la Iglesia es una sociedad diferente a otras sociedades, original en su naturaleza y en sus estructuras" (I.I.IV) como lo hace la Declaración Vaticana, puede ser simplemente un escape y un obstáculo para plantearse seriamente el problema.

Sin embargo, el Arzobispo anglicano de Canterbury, Dr. Carey, declaró el mismo histórico día 11 de noviembre de 1992, cuál ha sido uno de los motivos que más ha movido a la Iglesia Anglicana a repensar su secular práctica: el querer "mantener la credibilidad de la misma Iglesia" procurando una legislación que "permita a las mujeres ejercer el sacerdocio para que sus misiones tengan, a su vez, credibilidad en un mundo confuso" (3).

De la misma forma, en opinión de muchos/as, también la Iglesia Católica saldría beneficiada no sólo por un aumento de credibilidad al expresar así mejor la coherencia entre lo que predica y lo que realiza y vive en sí misma, sino también por un real cambio de las relaciones internas, por supuesto, mucho más enriquecedoras, que asuman, en pie de igualdad, la aportación y experiencia de las mujeres. Como decíamos, a todo esto habría que añadir el hecho de que en una sociedad en la que existe una creciente conciencia e interés por conceder a las mujeres mayor representatividad, aunque desde luego esta preocupación no pase de los mínimos, y en la que el grito de las mujeres por hacerse oír es cada vez más fuerte, la Iglesia debería marcar señales más proféticas y arriesgadas, también dentro de sus propias estructuras, en el camino de liberación de las mujeres. La Iglesia debería ir, en todos estos asuntos, en la avanzada, y no a la zaga de la sociedad civil. Éste es un reto serio que tiene ante sí la Iglesia. Pero, además, la Iglesia tendría que ejemplificar en sí misma las relaciones igualitarias y fraternales del Reino.

Y ya desde esta misma perspectiva, creo que unas palabras del autorizado Karl Rahner nos pueden ayudar a orientar con serenidad el discurso sobre la ordenación que ahora iniciamos: "La práctica de la Iglesia Católica de no ordenar mujeres para el sacerdocio, dice, no tiene ningún contenido teológico obligatorio... La práctica actual no es un dogma; está basada pura y simplemente sobre una reflexión humana e histórica que era válida en el pasado, en condiciones culturales y sociales que están cambiando rápidamente" (4). Esta observación es fundamental a la hora de comenzar nuestro estudio, puesto que alude a la posibilidad de un cambio.

De hecho, la Iglesia primitiva también tuvo que plantearse fuertes cambios, y no sin grandes dificultades internas, en situaciones no previstas, como por ejemplo la aceptación de los gentiles y la no absolutización de las posturas y prácticas judaizantes, con lo que suponía de novedad y reto, pero cuyo fruto posterior es fácilmente constatable a lo largo de estos veinte siglos de Historia. Y evidentemente, también lo ha efectuado a lo largo del tiempo en múltiples aspectos que al sacerdocio se refieren, no sólo teológicos sino también en el campo disciplinar y práctico (5). ¿No habrá llegado también el momento de revisar la cuestión de las mujeres en el interior de la Iglesia y más concretamente la posibilidad de la ordenación sacerdotal para las mujeres? Y, ¿no es éste un asunto en el que también las mujeres debemos aportar nuestros puntos de vista e investigación?

Me parece que urge una re-situación y "re-colocación" más adecuada de toda esta problemática. Porque, en realidad, no estamos ante un problema "fundacional" e incluso calificado a veces de "dogmático", como querrían subrayar hoy algunas tendencias más "conservadoras" dentro de la Iglesia Católica, sino más bien, y como dice Karl Rahner, ante "una reflexión humana e histórica" y como tal revisable, discernible y, por lo tanto, al igual que lo han sido otras muchas cuestiones a lo largo de la historia eclesiástica, modificable.

Además, como afirma el mismo autor en otro lugar, refiriéndose a este problema de la ordenación de las mujeres: "La discusión debe continuar con prudencia y en el respeto mutuo, criticando los argumentos impropios por una parte y por otra y también algunas posiciones inoportunas que subyacen abierta o veladamente en ellas, además, esto con el valor de contribuir a un cambio histórico que forma parte de aquella fidelidad que la Iglesia debe a su Señor" (6).

Efectivamente, no podemos decir que ese respeto hacia las mujeres haya estado siempre presente en los razonamientos y reflexiones que hacia ellas han dirigido pensadores de Iglesia; querríamos buscar con claridad y honestidad un camino que lleve a evidenciar errores del pasado, argumentos impropios, sí, pero sobre todo, querríamos encontrar vías que puedan contribuir verdaderamente a un "cambio histórico" y relacional, tan necesario para nuestro mundo e Iglesia. Ésa es una contribución, una búsqueda que desde diferentes ángulos intenta, con sinceridad y seriedad, la teología de las mujeres de hoy. Los/as que contribuyen en esta búsqueda entienden que la misma Iglesia saldrá beneficiada.

Pero, ¿cuáles han sido y son las prácticas, argumentos, razones y reflexiones mantenidas durante tantos siglos?

 

 

1. K. RAHNER, Diccionario teológico, Barcelona 1970, p. 740. L. PACOMIO Diccionario Interdisciplinar, Salamanca 1983, IV. v. "Tradición".

2. CONFERENCIA EPISCOPAL ALEMANA, El Ministerio del Sacerdocio, Madrid 1970, p. 65.

3. Correo Español del Pueblo Vasco, 12, XII, 1992, p. 44.

4. K. RAHNER, Lettre au pasteur Bogdam du synode luthérien de Bavière, La Croix, 20, IV, 1974, citado por E. B. NILSEN, Le ministère ordonné dans la Tradition Catholique et Lutherienne, Lille 1986. Algo semejante dice H. KÜNG: "Contra el presbiterado femenino no hay razones teológicas serias...", 20 Tesis sobre ser cristiano, Madrid 1977, p. 87

5. Cfr. Documento de la Conferencia Episcopal alemana, ya citado.

6. K. RAHNER, Sollicitudine per la Chiesa, Roma 1982.

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