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LA VOCACIÓN AL SACERDOCIO Y LAS MUJERES
CAPÍTULO SEGUNDO

La Vocación al Sacerdocio y las Mujeres

por Mª José Arana

¿ES POSIBLE LA VOCACIÓN AL SACERDOCIO EN UNA MUJER?

"¡Dadme la oportunidad de poner a prueba mi vocación al ministerio!", reclamaba emocionadamente una de las mujeres, diácona y miembro del Sínodo anglicano, presente en Lambeth durante uno de los últimos debates sobre la admisión de las mujeres al sacerdocio, en noviembre de 1992. Y, con motivo de esta decisión de la Iglesia de Inglaterra, no han faltado tampoco declaraciones de mujeres católicas en el mismo sentido (l). Pero la cosa no es nueva; efectivamente, muchas mujeres han sentido o sienten lo que dicen es, no solamente una cierta atracción, sino una interna y personal vocación hacia sacerdocio y ministerio.

1. Santas mujeres con vocación sacerdotal

A lo largo de los tiempos, no han sido pocas las mujeres que se han encontrado muy limitadas por el hecho de no poder participar directamente en las actividades evangelizadoras y sacramentales. Encerradas, "honestas y recogidas", tanto en la sociedad civil como en la eclesiástica, se les impedía toda actividad "impropia de su sexo" y se les evitaba cualquier responsabilidad y credibilidad.

Ya el mismo Señor recordó algo de esto a Santa Catalina de Siena (1347-1380), que debió de tener inquietudes en este sentido: "Desde pequeña he infundido en ti el celo por las almas; soñabas con ser un hombre; disfrazarte, al menos, de hombre; ir a tierras lejanas y convertirte en fraile predicador para ser más útil para ti y para las almas"... Pero parece que ella se sentía insegura viendo las limitaciones reales que le imponía su sexo y expone al Señor sus dificultades: "Soy mujer; ni los hombres me harán caso, ni está bien que una mujer ande entre ellos"...(2). ¿Tenía Santa Catalina una verdadera vocación sacerdotal?; es muy posible; la predicación, también en otros tiempos reiteradamente prohibida a las mujeres, de hecho, sí ha estado estrechamente ligada al ministerio sacerdotal; pero además, a través de las obras de la Santa, descubrimos que su teología y preocupaciones están muy orientadas en este sentido (3).

Por otra parte, también nos encontramos, al examinar vidas y textos de otras santas y místicas, con el hecho de que una cierta espiritualidad de la inmolación eucarística, en más de un caso, ha sido una forma y/o una sublimación de una oculta y profunda vocación sacerdotal que incluso algunas llegan a expresar claramente. En realidad lo explicó también Pablo VI: "La mujer no puede ser sacerdote. No realiza el Sacrificio. Pero la mujer puede ser víctima" (4).

Sor Isabel de la Trinidad (1880-1906) es, a mi juicio, uno de los ejemplos más claros: "...Del fondo de la inmolación silenciosa de un alma hostia -dice- brota un llamamiento misterioso y real, una vocación sacerdotal..." (5). Su vida espiritual está centrada en ese anonadamiento de la víctima que se inmola: "...El sacerdote y la víctima son seres correlativos...", y su vocación contemplativa la descubre íntimamente relacionada con la sacerdotal: "La vida del sacerdote, como la de la carmelita"; "Tal es como yo entiendo el apostolado de la carmelita y del sacerdote"; "¡Qué sublime misión la de la carmelita!; ha de ser mediadora". Todas estas afirmaciones están profundamente conectadas con el centro de su espiritualidad: "Que no deje de consagrarme en el Santo Sacrificio de la Misa, para que sea una Hostia de alabanza para gloria de Dios". Unida a la que ella llama "Virgen Sacerdotal", se anega, llena de celo, en Cristo y, aunque feliz en su vocación contemplativa, sin embargo deja traslucir, como un deseo incumplido, esa "vocación sacerdotal" casi secreta: "Fuera del sacerdocio no veo nada más santo en la Tierra" (6).

Algo semejante percibía en sí Santa Teresita del Niño Jesús (1873-1897) y poco antes de morir escribía a su hermana: "Siento en mi interior vocación de sacerdote"; y en otro momento exclama con toda espontaneidad: "Sin embargo siento en mí otras vocaciones; siento la vocación de guerrero, de sacerdote, de doctor, de mártir". Experimentaba una especial satisfacción al "tener que tocar, como los sacerdotes, los vasos sagrados" (7). También añoraba el apostolado mediante la predicación ministerial y escribe: "Si hubiese sido sacerdote, cómo hubiera hablado de Ella!" (8). Sin embargo, en el fondo de su corazón, no renunció nunca a esta real vocación, la supo integrar en su espiritualidad y vivencias, pero, además, tampoco excluyó la intuición de que sus deseos, algún día, se pudieran realizar: "Ando con la idea de que los que lo hayan deseado en la tierra participarán en el cielo del honor del sacerdocio" (9).

Desde pequeña, la Madre Ignacia Nazaria (1889-1943) "creyó tener vocación para el sacerdocio. Quería ser misionera jesuita" (l0). Fundadora del Instituto de las Misioneras de la Cruzada Pontificia, marcó su obra con un singular espíritu "sacerdotal" y eclesial: "Siguiendo las normas de la Iglesia -dice en las constituciones- tomemos por nuestra cuenta la propagación del Evangelio, en cuanto sea permitido a nuestro sexo, formando un nuevo sacerdocio o diaconado femenino" (11). La originalidad y profundidad de estas expresiones -en épocas anteriores al Vaticano II- son evidentes. En ella también descubrimos esa espiritualidad de inmolación activa a la que antes nos referíamos: "Mi ser entero está puesto en la patena, para hacerme hostia por la Iglesia". Y así esta mística es medular en sus Constituciones para "identificarse con Cristo y transformarse en Él". "La vida que fue Misa" es un título bien elocuente que recoge la existencia de esta mujer; sus ‘hijas’ así lo sintieron (l2).

En realidad a todas les ocurría un poco lo que en un gesto de espontaneidad dijo a su sobrino Santa Magdalena Sofía Barat (1779-1865), fundadora de las Religiosas del Sagrado Corazón: "Te envidio porque los hombres podéis llegar a ser sacerdotes" (l3); ella también hubiera querido ser sacerdote.

2. Pero esto... ¿es posible en una mujer?

Podríamos encontrar otras, pero, desde luego, ni por el estilo de mujeres a las que nos estamos refiriendo, ni por las épocas ni por el contenido teológico y espiritual que expresan, podríamos interpretar que esta inclinación pudiera estar influenciada ni motivada por cuestiones de tipo reivindicativo; no se podría aducir que son personas marcadas por una ideología semejante ni que vivieron "en un momento en el que las mujeres toman conciencia de las discriminaciones que han padecido en la sociedad civil, se orientan a desear el mismo sacerdocio ministerial", como se interpreta en este documento romano (l4). Es algo mucho más profundo. Y estas exclusiones y juicios resultan dolorosos para muchas mujeres.

Es curioso, pero, según el Vaticano, éstas y otras muchas no podrían ser auténticas vocaciones al sacerdocio porque "tal atracción, por muy noble y comprensible que sea, no basta para la genuina vocación". En efecto: ésta no puede reducirse a la mera inclinación de la mente, que podría ser simplemente subjetiva. Siendo el sacerdocio un ministerio peculiar, cuya custodia y administración ha recibido la Iglesia, la autoridad y fe de la Iglesia es tan necesaria que se transforma en parte constitutiva de la vocación al mismo, porque Cristo eligió a quienes quiso (l5).

Y sin embargo también algunas mujeres actuales reclaman para sí esta vocación y, de diferentes formas, la sienten dentro de su ser y no tienen dificultad en manifestarla públicamente, como lo hicieron varias a propósito de las ordenaciones en la Iglesia Anglicana: "A mí siempre me habría gustado ser cura..."; "Siempre me he sentido interiormente llamada hacia el Ministerio..."; "Mi consagración a Dios... quedaría plenificada con el sacerdocio..."; "Desde muy pequeña he querido ser sacerdote..."; "Quiero ser sacerdote, no por un apetito personal, sino para desarrollar mi compromiso serio con Jesucristo..."; "Pese a todo, mantengo íntegra la ilusión por ser cura, mi vocación no la puede matar nadie..." En definitiva ocurre lo que otra señala: "Lo que en un chico se hubiera visto como signo de vocación, en una mujer provoca el comentario de ‘mire qué excéntrica’…" (l6). En resumen se podría decir lo que afirman estas mujeres que se definen vocacionadas: "Nos dicen que no podemos representar a Jesucristo, pero leemos Mateo 25, 31 ss. y no podemos permanecer calladas ni perder la esperanza" (l7).

Ciertamente, la vocación sacerdotal no es solamente una atracción hacia el ministerio apostólico; es algo más hondo, e implica una mística, una espiritualidad que abarca a todo el ser; así pues, no pocas mujeres se han sentido y se sienten como "recortadas" en algo muy íntimo y doloridas en su profundidad. Como María, quisieran, con sus manos, hacer aún más presente a Cristo en el Mundo; quisieran bendecir, perdonar, acompañar desde la profundidad de un ministerio sacerdotal; quisieran inmolarse con Cristo por la salvación del Mundo, pero no sólo como víctimas pasivas sino también como agentes y sacerdotes del Señor, entregadas a su Persona y tarea. Desde su consagración sacerdotal, desean ser espacios de sanación, de reconciliación, desean ser agentes de salvación y comunión en la Humanidad, "con Cristo, por Él y en Él"...

Porque a la mayoría de éstas y otras mujeres no les convence la idea que antes mencionábamos: "La mujer no puede ser sacerdote. No sacrifica. Pero la mujer puede ser víctima" (l8). Es más, ven en ello una flagrante injusticia y desigualdad.

Ya la célebre carmelita filósofa y beata Edith Stein (1891-1942) señalaba como una gran contradicción la postura del Derecho Canónico que excluye a las mujeres, por el hecho de serlo, de todas las funciones consagradas dentro de la Iglesia. "¿A qué se debe esto?", se preguntaba; porque, ciertamente, además de no encontrar razones en contra del sacerdocio femenino desde el punto de vista dogmático, antropológico ni bíblico, pensaba que es una cuestión "que aún no ha sido tomada en serio" y esperaba, de la Iglesia, una futura acogida (l9).

Pero ¿por qué tantas dificultades? Precisamente Santa Teresita lo dice, refiriéndose a otros asuntos también de mujer e Iglesia (20), pero atinando en la raíz del problema: "¡Ah, pobres mujeres!, ¡qué despreciadas son! Y sin embargo, ellas aman a Dios en número mucho mayor que los hombres. Y durante la Pasión de Nuestro Señor las mujeres tuvieron más valor que los mismos Apóstoles... Tal vez, permite el Señor que el desprecio sea el único patrimonio de las mujeres en la tierra, precisamente porque también fue el suyo. Pero en el cielo sabrá Él mostrar que sus pensamientos no son como los de los hombres, pues allí los últimos serán los primeros" (2l).

3. Esto es "porque Jesús no ordenó a mujeres"

Incluso el propio Duns Scoto debió ya caer en la cuenta de ciertas dificultades y contradicciones que entrañaba todo este asunto de las ordenaciones femeninas y las expresó diciendo: "La Iglesia no se hubiera arrogado el privar a todo el sexo femenino, sin culpa suya, de un acto lícito y que estuviese ordenado a la salvación de la mujer y de otros en la Iglesia, a través de ella. Esto parecería injusticia máxima no sólo para todo el sexo, sino para no pocas personas. Pero...", y aquí hace alusión a San Pablo para justificar el hecho, haciendo brotar la prohibición del Apóstol de que las mujeres no enseñen (1 Tm. 2, 12), de la actuación del mismo Jesús: "Porque Cristo no lo permitió".(22) Lo explica más detalladamente en otro lugar: "Porque no creo que, por institución eclesiástica o precepto apostólico, pueda suprimirse un grado útil a la salvación de una persona y mucho más de todo un sexo, por toda la vida. Si, pues, los apóstoles o la Iglesia no podrían en justicia quitar a una persona concreta algún grado útil para su salvación, si Cristo, que es su Cabeza, no lo hubiese instituido, mucho menos quitarlo a todo el sexo femenino", y vuelve a insistir deduciendo de ese mismo argumento pero sin probarlo en absoluto y sin indicarnos la "fuente" de donde saca esta orden: "Luego Cristo, al instituir este sacramento, primeramente ordenó esto" (23). La cuestión es seria.

Algo semejante dirá en el siglo XVI Gabriel Vázquez: "Porque, si el sexo femenino pudiera recibir este sacramento en virtud de la institución divina, la Iglesia hubiera privado y excluido injustamente a todo un sexo por su legislación..." (24).

Por cierto, que el mismo Scoto, cosa que no ocurre con Vázquez, vio una excepción en María Magdalena, un "privilegio personal" como real "apóstola" -"Apóstol de apóstoles", según los Santos Padres- pero esta singularidad, dice, "se extingue con ella..."

Así pues, según estos dos autores, el hecho de que Jesús no ordenara mujeres sería, prácticamente, lo único que liberaría a la Iglesia de una real culpabilidad e injusticia. Y para ellos está bien claro que esa injusticia no existe, pues Jesús, pudiéndolo hacer, no lo hizo, y la Iglesia sigue sus huellas. Exactamente éste es el argumento que hoy, en los diferentes escritos y declaraciones, se defiende desde Roma con más fuerza: (25) Jesús no ordenó mujeres, ni éstas formaban parte de los Doce, con lo cual la Iglesia no se siente "autorizada" para producir un cambio. Y este argumento continúa vigente, por más que la Comisión Bíblica, nombrada por el mismo Vaticano para estudiar estos asuntos, declarara sin ambigüedad que: "Como no hay en la Escritura indicios suficientes para decidir la cuestión, la Iglesia podría modificar su práctica secular y admitir a las mujeres a la ordenación sacerdotal"; y sin embargo se mantienen estos argumentos histórico-bíblicos (26). Pero habría que señalar también que el trabajo de esta Comisión apenas ha sido dado a conocer al gran público.

Como veremos más adelante, ciertamente, Jesús no "ordenó" a ninguna mujer, pero tampoco lo hizo con los varones.

 

 

1. Todo ello aparecido en la prensa, diarios y revistas, durante los meses de noviembre y diciembre 1992.

2. SANTA CATALINA DE SIENA, Obras de. El Diálogo, BAC, Madrid 1955. Cita un trozo de la biografia del B. RAIMUNDO DE CAPUA, ed. P. Álvarez, Santa Catalina de Siena, Vergara 1926, v. 2, c. 1, pp.87 y ss.

3. Ibid. Cfr. sus obras.

4. J. GITTON, Dialogues avec Paul Vl, Fayard 1967, p.304.

5. I. DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD, Obras Completas, Madrid 1958. pp. 171, 173, 185, 192, 223, 254, 365, 369, 541, 547, etc.

6. Ibid., 904-905.

7. SANTA TERESITA DEL NIÑO JESÚS, Manuscritos Autobiográficos (Historia de un alma), Burgos 1958, p. 242.

8. Se refiere a la Virgen, p. 373.

9. Proceso diocesano, 2741, Sor Genoveva.

lO. GARCÍA GUTIÉRREZ, NAZARIA IGNACIA MARCH, Mujer de Iglesia en el corazón del pueblo, Madrid 1992. p. 49. AZUARA, M. V. Bajando la calle, Madrid 1992. MISIONERAS CRUZADAS DE LA IGLESIA, La vida que fue misa, Madrid 1964.

11. Ibid., p. 96.

12. MISIONERAS CRUZADAS DE LA IGLESIA, La vida que fue misa, Madrid 1964.

13. M. WILLIAMS, Sofía Barat, p.30 ciclostilado.

14. ASS 69 (1977) 115).

15. ASS 69 (1977) 114).

16. "Tribuna", n. 241, "Panorama", 7, XII, 1992, "Tiempo", n. 553, "El País", 15, XI, 92, etc.

17. M. CARRIZOSA y P. YUSTE, "De hecho presbíteras", AA. VV. El sacerdocio de la mujer, cuadernos Verapaz 11, 1993, p.78.

18. J. GUITTON, o. c., p. 304.

19. C. FELDMANN, Edith Stein, Judía, Filósofa y Carmelita, Barcelona 1988, p.72. A. JIMÉNEZ VICENTE, Destellos en la noche, Publicaciones Claretianas, Madrid 1990, p. 70.

20. Se refiere a la excomunión de las mujeres por cualquier causa.

21. Historia de un alma, o c., p. 175. Citas bíblicas, cfr. Is. 55, 8-9; Mt. 20, 16.

22. J. DUNS SCOTO, IV, Sententiarum, 25, 2, Opera omnia, París 1984.

23. Ibid, 24.

24. D. H. MAES, O. PRAEM, La Femme et le sacerdoce d’aprés Gabriel Vázquez, Studia Moralia 1972, p.280-330.

25. Cfr. en algunas declaraciones: "Ministeria quedam" (1972)."Declaraciones sobre la cuestión de la Ordenación de las mujeres al sacerdocio ministerial" (1976). "Inter Insignores" (1976). "Mulieris dignitatem" ( 1988), etc

26. H. LEGRAND, en "Le ministère ordonné dans le dialogue Oecumenique", Bulletin d’Eclésiologie, Rev. Sc. Ph. Th. 60 (1976), p. 669.

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