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LAS ABADESAS Y RELIGIOSAS. EL PODER DE JURISDICCIÓN Y LAS INSIGNEAS CLERICALES
CAPÍTULO QUINTO

Las Abadesas y Religiosas.

por Mª José Arana

El Poder de Jurisdicción y las Insignias Clericales

1. Algunos datos históricos generales respecto al sacramento de la Penitencia

Desde el contexto y casos que vamos estudiando, nos va a ser mucho más fácil entrar en el espinoso tema de la confesión y las mujeres. Pero son necesarias unas aclaraciones generales referentes a la historia de este sacramento.

No cabe duda de que el sacramento de la penitencia ha conocido, a lo largo de los siglos, variaciones importantes en su disciplina y práctica. La forma de realizarla (pública, auricular secreta...), la frecuencia, los ministros e incluso su concepción, han sufrido cambios sustanciales. Evidentemente, el obispo siempre ha sido el ministro de la confesión por antonomasia y, en algunas épocas, casi el único, pero también los presbíteros lo han sido y lo son; lo que llama más la atención es que, en ausencia de estos dos ministros, también un diácono podía ejercer como ministro válido y reconocido; éste es un dato importante para nuestro estudio (l). Durante los siglos XII y XIII, se desplaza ya al diácono de estas funciones mediante cánones y leyes (2).

Pero no sólo los diáconos podían ser ministros extraordinarios del sacramento, sino que, cuando faltasen los ordinarios, "incluso personas que no tenían ningún rango en la sagrada jerarquía ejercían, a veces, el papel de confesores" (3) y hasta de forma más asidua y estable que los mismos diáconos.

En la Iglesia primitiva y desde los tiempos apostólicos, los "carismáticos" o "espirituales", de alguna forma identificados en la línea profética y carismática, eran tomados en especial consideración y se les reconocía una gran autoridad eclesial. Son muchos los testimonios que nos muestran cómo estaban autorizados incluso para confesar y dirigir las conciencias. A partir del siglo IV, se desarrolla aún más esta costumbre y, a la vez, los "espirituales" capacitados para confesar se van identificando más y más con los monjes, estuvieran o no ordenados. Un ejemplo interesante de esta situación se refleja en un diálogo que, el año 869, mantuvieron tres legados del Papa con un tal Teodoro. Le preguntaron datos sobre el ministro del cual había recibido la penitencia y, entre otras cosas, sobre si era o no sacerdote ordenado; él contestó: "no lo sé; era un abad y yo tenía confianza en ese hombre, por eso me confesé con él" (4). Bien parece querer decir que los fieles apenas se fijaban en la ordenación sacerdotal de sus confesores.

En alguna ocasión, Tertuliano se queja de ¡la "usurpación" del poder de confesar por parte del clero! (5).

Hay que reconocer que, especialmente San Basilio, pero también San Benito, fueron grandes promotores de la confesión frecuente y contribuyeron en gran medida a lograr una gran reputación espiritual de monjes y monasterios ante la jerarquía y el pueblo, influyendo directamente en la materia que nos ocupa.

En efecto, y como también lo observa la Conferencia episcopal alemana, fue necesario un largo proceso evolutivo, a través de distintas formas de disciplina penitencial, "hasta llegar a percatarse de que los poderes para perdonar los pecados están bajo la administración sacerdotal de obispos y presbíteros" (6).

2. Las abadesas y la confesión

Con este preámbulo podemos adentrarnos y comprender mejor el tema, apoyándonos en algunos textos particularmente significativos.

Conocida es la reprimenda que el Papa Inocencio III lanza, en el año 1210, por medio de los obispos de Burgos y Palencia, a propósito de la confesión que se permitían protagonizar algunas Abadesas. Comúnmente, se recuerda e interpreta esta censura como dirigida contra la Abadesa del monasterio cisterciense de las Huelgas, pero en realidad, y esto es lo que tenemos que destacar, se está refiriendo a todas "las Abadesas de los monasterios situados en la diócesis de Palencia y Burgos"; ello nos demuestra que el problema que preocupaba al Papa no estaba solamente centrado en la Abadesa del potentísimo monasterio de Burgos, sino que era una cuestión más generalizada, ya que también abarcaba a los demás monasterios femeninos pertenecientes a la Orden del Cister situados en esas dos diócesis y de los cuales, evidentemente, el más importante era el de las Huelgas, a cuya Abadesa estaban sometidos los otros pertenecientes a la misma Orden.

El documento dice así:

A los obispos de Palencia y Burgos y al Abad de Morimundo: hace poco han llegado a nuestros oídos ciertas novedades, de las cuales nos maravillamos en gran manera, a saber: que las Abadesas de los monasterios situados en las diócesis de Palencia y Burgos bendicen a sus propias monjas, oyen confesiones de sus pecados y, leyendo el Evangelio, presumen de predicarlo públicamente. Siendo esto nunca oído y absurdo, y no pudiendo nosotros tolerarlo en modo alguno, mandamos a vuestra discreción por este Escrito apostólico que procuréis prohibir firmemente, con Autoridad apostólica, que esto vuelva a hacerse. Porque, aunque la Santísima Virgen María fue más digna y excelsa que todos los apóstoles, sin embargo no a aquélla sino a éstos entregó el Señor las llaves del reino celestial. Dado en el Palacio de Letrán, día tercero de los Idus de Diciembre, año décimo tercero de nuestro Pontificado (7).

Así pues, aquí se alude a varias cuestiones: las bendiciones, la confesión, la lectura solemne y la predicación pública del Evangelio. Todas ellas, funciones que, según el Pontífice, se adjudicaban y ejercían impropiamente las Abadesas y que, al parecer, los obispos permitían o no se atrevían a contravenir. Pero nos vamos a fijar en las de carácter penitencial.

Escrivá de Balaguer minimiza el asunto de las confesiones e interpreta que se trata de una "bendición especial" pero no sacramental; Giner Sempere, por el contrario, dice: "Con gusto nos uniríamos a esta opinión si encontráramos alguna posibilidad, pero la dura reprimenda del Sumo Pontífice, las palabras obvias de la Decretal y la interpretación tradicional de todos los comentaristas y decretalistas nos impide el hacerlo" (8). Éste es prácticamente el único texto, de los varios que aporta dicho autor, en el que él considera que se está tratando verdaderamente de una confesión sacramental, aunque, claro está, condenada por el Sumo Pontífice como grandísimo abuso. Pero, además, no pocos estudiosos, René Metz entre ellos, ven también en estas bendiciones o imposiciones de manos de las Abadesas un rito verdaderamente sacramental para la consagración de vírgenes y, por lo tanto, reiteradamente prohibido a las mismas (9). E1 mismo Metz cita como prueba de esta aproximación una conocida Capitular de Carlomagno que prohíbe éstas y otras bendiciones:

"Se ha oído que algunas Abadesas, contra las costumbres de la Santa Iglesia de Dios, dan bendiciones e imposiciones de manos y signos de la Santa Cruz sobre las cabezas de los varones y, también, que velan a las vírgenes con la bendición sacerdotal; lo cual, sabed, Santísimos Padres, que ha de ser absolutamente prohibido por vosotros en vuestras parroquias" (l0).

Algunos otros autores llegan a conceder a este signo concreto, además, un valor propiamente penitencial; por ejemplo, Chardon afirma que Carlomagno había prohibido "dar bendiciones e imponer las manos, lo que parece cierto que significa otorgar la penitencia o absolución, lo que comporta necesariamente la confesión de los pecados" (1l); pero no todos los investigadores están de acuerdo con esta interpretación. De todas formas, si se prohibieron, es señal de que existieron, y lo que está bien claro en ambos textos es que tanto las Abadesas del siglo VIII como las del siglo XIII se arrogaban unas atribuciones que tenían que ver, más o menos directamente, con el sacramento de la Penitencia, y que las autoridades, civil en el segundo caso y eclesiástica en el primero, no estaban dispuestas a seguir consintiéndolos.

Pero, además, ¿por qué el Papa prohíbe también a las Abadesas leer el Evangelio, hacer la homilía e impartir bendiciones si, al parecer, estaba admitido incluso por las autoridades intelectuales? De hecho, Ricardo Mediavilla reconocía en sus Sentencias que las diaconisas impartían "alguna bendición", leían la homilía y proclamaban el Evangelio "en el oficio matutino". Y, como también se deduce por la glosa a la que alude: "por diaconisa entendemos Abadesa". De la misma forma se expresan, por ejemplo, Duns Scoto, Santo Tomás, San Buenaventura, el futuro Inocencio V y otros, pero advirtiendo bien claramente que estos actos "de ningún modo estaban ligados con el sacramento del Orden ni tampoco significaban oficiar la Eucaristía -missa ministrare- (12). Así pues, ¿por qué el Pontífice niega tajantemente a las Abadesas castellanas estas posibilidades? Son preguntas que difícilmente tienen respuesta si no es la de estar presenciando una época de involución eclesiástica en estos asuntos, que incluso podría llegar con retraso respecto a otros lugares en los que ya se había producido el cambio.

Pero ¿dónde podríamos encontrar una razón para que se llegase a estos "extremos" a los que se refieren las autoridades eclesiásticas?

3. Fuentes de conocimiento

Claro está que a las Abadesas, auténticas madres espirituales, les estaba confiada la dirección espiritual de las religiosas de sus monasterios. Esta dirección estaba, en aquellas épocas, profundamente unida a la confesión sacramental (13).

También hemos aludido a la importancia de los "carismáticos" o "espirituales", y no cabe duda de que, en la Iglesia primitiva, había mujeres proféticas y carismáticas que gozaban de gran prestigio y consideración. Además, hay que tener en cuenta que el origen de la vida religiosa, y más especialmente el de las Abadesas, está estrechamente ligado a la institución de las antiguas diaconisas: "Hay también quien en los tiempos primitivos acostumbraba llamar diáconas a las que ahora llamamos Abadesas"(14) o, dicho de otro modo por Abelardo: "Así pues, a las que ahora llamamos Abadesas, antiguamente llamaban diaconisas, más como ministeriales que como madres" (15).

Datos más vivos y próximos, los tenemos en la vida religiosa ortodoxa; como un ejemplo entre muchos, en la tradición siriaca: hasta el siglo XII, la superiora de un monasterio era diaconisa y, como tal, podía presidir el oficio comunitario, cantar el Evangelio, predicar a las mujeres y bautizar. Y, precisamente, donde por más tiempo se ha conservado el diaconado de las monjas ha sido en la Iglesia armeno-gregoriana (16).

Estas relaciones son bien importantes para profundizar en la Historia, pues, si tenemos en cuenta que tanto los diáconos como los seglares "espirituales" podían estar capacitados para la administración del sacramento de la Penitencia, éstos son datos que, si de alguna forma los extendemos a las mujeres, nos explicarán muchas de las cuestiones que estamos viendo sobre la penitencia y las Abadesas. Porque ¿no parecería lógico que también se hubiera ampliado en la práctica esta posibilidad a las Abadesas desde tiempos remotos, aunque ya en el siglo XIII estuviera en desuso y prohibida?

Porque, además, sabemos que San Basilio influyó notablemente en la cuestión de la confesión. Este Padre del monacato no se olvidó de decir algo sobre este punto en su Regla para monjas, y en el canon 110, indica que "la más anciana", o Abadesa, esté presente en las confesiones de las religiosas juntamente con el sacerdote. Esta presencia, según estudiosos y comentaristas de la Regla, no se limitaba a una intervención pasiva sino que, sin quitar importancia al sacerdote, introduce un elemento activo en la confesión por medio de la Abadesa que dice al presbítero los pecados de la súbdita y de alguna forma condiciona activamente el sacramento (l7).

Pero esta cuestión aparece más explícitamente en otra Regla monacal que, para las vírgenes, escribió Donato de Besançon, y que dice al respecto: "Entre las restantes observancias, aconsejamos a las hermanas, tanto a las jóvenes como a las ancianas, ésta, que asiduamente y con constante afán, tanto del pensamiento como también de las palabras inútiles o de las obras de cualquier conmoción del espíritu, den confesión siempre, todos los días, a todas las horas, en todos los momentos, y nada se oculte a la Madre espiritual, ya que esto ha sido instituido por los santos Padres, que se dé confesión antes de misa, antes de acostarse o en cualquier momento, ya que la confesión penitencial libera de la muerte..." (18). Como siempre, el texto da pie a múltiples interpretaciones; Vancadard y otros ven aquí la posibilidad de que las Abadesas gozasen de permiso para dar la absolución, cosa que, claro está, será negada por otros, atribuyendo a la Abadesa solamente una posibilidad de confesar, sí, pero "desprovista del carácter sacramental" (Giner), pero de lo que nadie duda es de conceder a este tipo de confesión al menos una virtud remisiva: "porque -como dice la Regla- la confesión penitencial libera de la muerte". La Regla de San Colombano es otro ejemplo de esta práctica.

Ahora bien, un texto particularmente expresivo y que no podemos olvidar es el de la vida de Santa Burgundofara; lo citan casi todos los autores que venimos mencionando y revela una práctica concreta y clara de lo que hemos dicho hasta ahora (19). Está escrito por el Abad Jonas, perteneciente a la Galia Meldense y que vivió durante el siglo VII. Nos interesa el capítulo IX, que se titula "De delinquentium corruptione et damnatione fugitivarum" y presenta la siguiente historia: Dos monjas del monasterio de la Santa estaban atormentadas por grandes tentaciones y quisieron "violar los muros del convento", escapándose para volver a la "detestable vida del mundo y a querer sumergirse otra vez en la vida que habían dejado"; sin embargo, fulminadas por una especie de fuerza sobrenatural, por "una masa de fuego", se "volvieron pesadas como el plomo" y no se podían mover. Después, arrepentidas y "confusas reconocen sus culpas y, vueltas a la Madre por medio de la confesión, se lo cuentan". Sin embargo, retornan otra vez a las andadas, urgidas por el Maligno que les tienta "para que de ningún modo hicieran una verdadera confesión de boca".

Había costumbre en el monasterio de que, cada tres días, "purificasen su alma por medio de la confesión y limpiasen su espíritu", pero ellas no hacían "ninguna confesión verdadera" y no dejaban que "por medio de las medicinas de la penitencia y una verdadera confesión" pudieran volver a "sanarse". Recaían en todo tipo de tentaciones. Así les llega el momento de la muerte, pero incluso entonces no querían y no podían convertirse, a pesar de que la Madre "les exhorta repetidamente a que, por medio de la confesión, manifiesten su mala obra en las horas supremas". Pero el demonio les hostiga y les impide convertirse. Por el contrario, "la Madre les urge a que manifiesten sus vicios por la confesión y se fortalezcan con la Comunión del Sagrado Cuerpo". Todo fue en vano y por fin murieron en esta desesperada situación, inconfesas. El resto del capítulo narra, con pruebas extraordinarias, la seguridad de la condenación de estas dos monjas a las que la muerte sorprendió sin sacramento y en pecado.

En primer lugar, es interesante que veamos cómo se vivía en los monasterios la penitencia tal y como San Donato la describe en su Regla. Pero de mayor importancia aún es observar cómo "la Madre" les urge a que se confiesen con ella y que realmente, aun en la hora de la muerte, aquella confesión hubiera sido válida; se les considera impenitentes porque no la realizaron. ¿A qué tanto énfasis en lograr que se confesaran con la Madre si ésta no hubiera tenido posibilidad de perdonarlas?

Como constata Vacadard, ni por un momento se insinúa en este texto la necesidad de la presencia del sacerdote. Giner Sempere, siempre reticente para reconocer a las mujeres cualquier tipo de potestad, elude el problema y, para dejar a salvo la ortodoxia del hecho, dice que "aunque con evidencia apareciera la intervención directa de la Abadesa en la confesión de aquellas religiosas, nada se deduciría contrario a la doctrina católica, pues, en aquel tiempo, la doctrina del Pseudo Agustín se extendía más, obligando a confesar los pecados a cualquiera cuando faltase un sacerdote" (20); y, en realidad, con esta explicación, no hace sino afianzarnos en la idea de que en ese "cualquiera" podrían entrar también las Abadesas... Ciertamente, este pasaje nos abre grandes horizontes en estos aspectos e ilumina los textos anteriormente tratados.

Dentro de este contexto resultará también más lógico que Balsamón, en el siglo XII, diga que "algunas perfectas de los monasterios de mujeres piden permiso episcopal para recibir las confesiones de las monjas súbditas; preguntamos si esto puede admitirse", y él mismo da la respuesta: "en otro lugar dijimos que sólo a los sacerdotes se les había concedido el recibir la confesión con permiso episcopal. Por consiguiente, si no puede hacer esto un perfecto no consagrado y sin permiso episcopal, mucho más le sería negado esto a la perfecta; aunque su virtud supere el brillo del sol" (21).

Cierto que a ninguna Abadesa se le ocurriría, hoy en día, pedir ese permiso; el hecho de que se pida, manifiesta ya una posibilidad o antecedentes, aunque sean remotos. La idea de Giner Sempere de que quizás estas preguntas "fueron ideadas por el mismo Balsamón para ir tejiendo la doctrina canónica" resulta una ficción demasiado remota y rebuscada. Más bien parecería que las confesiones con diáconos y laicos "espirituales", de aquéllos cuya virtud "supera el brillo del sol", estaban llegando a su ocaso, y centralizándose en los clérigos. Por otra parte, ya el hecho de preguntar, refiriéndose a las mujeres, indica, como ya hemos dicho, alguna posibilidad, aunque fuera lejana. No cabe duda de que la historia de la penitencia no es uniforme y de que, reconocidamente o no, las mujeres, las Abadesas, se han acercado, en más de una ocasión y no sin conflictos, a su ministerio; esto también nos manifiesta que el contenido real del sacramento del Orden ha ido evolucionando a través del tiempo.

En mi opinión, y tal es la tesis que querría defender, ésta fue una práctica común en los monasterios durante los primeros siglos de la vida monástica femenina; luego fue vetándose, aunque en algunos lugares, como por ejemplo en las diócesis castellanas citadas, llegó la prohibición más tardíamente o, lo que es más lógico, esta prohibición se pudo hacer efectiva más tarde. Como veíamos en otro apartado, la legislación no funcionaba siempre al unísono en toda la Iglesia.

4. El poder de jurisdicción de las abadesas: el poder de jurisdicción y de las llaves

Todas estas cuestiones referentes a la confesión están íntimamente ligadas a la potestad de jurisdicción o poder de las llaves. Es indudable que los ministros extraordinarios, laicos, de la confesión, que hemos visto anteriormente, por muy varones que fueran, no tenían ningún poder de jurisdicción. Sin embargo, canonistas y decretalistas niegan a las mujeres la posibilidad de administrar el sacramento de la Penitencia e insisten en esta razón: "la Abadesa no tiene ‘las llaves’, por lo tanto tampoco puede absolver" (hostiense), o, dicho de otra forma: "las cosas que dependen del ‘poder de las llaves’ no corresponden a la mujer, aun teniendo la jurisdicción espiritual, de donde la Abadesa no puede absolver a las monjas de sus pecados" (panormitano), y este mismo autor dice algo similar pero de forma muy interesante: "aunque la Abadesa pueda tener jurisdicción, sin embargo no puede tener la del fuero penitencial. Y hay razón de la diversidad, ya que la jurisdicción del fuero penitencial procede del Poder de las llaves y de las Órdenes, de los cuales la mujer es totalmente incapaz" (22). Y digo que es interesante porque, en principio, ¡el autor admite la jurisdicción en las mujeres! Estamos en el momento histórico en el que estas dos potestades empiezan a ser diferenciadas canónicamente.

Desde luego, si tomamos la palabra "jurisdicción" en los manuales de derecho canónico o en cualquier diccionario especializado, nos encontraremos con que "la mujer no es susceptible, al menos en derecho canónico, de recibir la jurisdicción en la Iglesia. Éste es el sentido común de teólogos y canonistas" (23).

Pero es muy importante volver a advertir que es justamente en esta época, siglos XII-XIII, cuando realmente se va llegando a la diferenciación entre las potestades de orden y de jurisdicción.

Santo Tomás (s. XIII), aquí, vuelve a recurrir al "estado de sujeción" y además considera "una corrupción de las buenas costumbres que la mujer ejerza la autoridad. Porque la mujer no tiene ni la ‘llave’ del Orden ni la de la jurisdicción. No obstante, se le concede algún uso del poder de las llaves, como la corrección de las mujeres que le están sujetas, por razón del peligro que podría resultar de la convivencia de hombres (prelados) entre ellas" (Supl. q. 19, a. 4). También dice, como ya citábamos anteriormente, que cuando las Abadesas tienen un poder de jurisdicción lo reciben por delegación, así que, en términos de derecho, es un poder "denominativo" y no de jurisdicción (Supl. q. 39, a. 3, p. 124)

Ahora bien, la historia real no ha sido tan rotunda y clara y, de hecho, nos encontramos con que el Papa Honorio III, en la misma época que Santo Tomás, escribe a la "hija amadísima, Abadesa Jotrense, que es cabeza y patrona de los presbíteros". Y, en otro lugar, alude a "los clérigos de su jurisdicción sujetos a la Abadesa..." (24).

Giner Sempere, en su libro sobre "la potestad de jurisdicción de las mujeres", se debate fuertemente con un montón de lo que él llama "excepciones", "abusos", "usurpaciones", "falsas decretales", "exageraciones", etc. La obra es un ejemplo de documentación, trabajo y erudición, pero parte de categorías y prejuicios muy predeterminados; todo su afán está en probar la imposibilidad que tienen las mujeres de recibir cualquier clase de potestad eclesiástica. De hecho, al llegar al siglo XIII, el autor dice que "en el siglo XIII, es difícil distinguir entre los privilegios de exención y el derecho común" (25). Añade que "naturalmente, no intentamos agotar, en un estudio exhaustivo, lo que sólo con distintas y extensas monografías podría conseguirse". Al final, la impresión que produce el libro es, quizás, la contraria a la que ha pretendido su autor, porque llaman la atención tantos datos "excepcionales" que el autor siempre combate en favor de una "ortodoxia" que no admite fallos. Los textos que descubre son interesantísimos para la investigación. Pero se acaba concluyendo que, bien por una práctica más antigua o por la sociedad feudal o por..., la cuestión es que aparecen Abadesas, en lugares y épocas muy distintos, con un gran poder espiritual y civil difícil de explicar desde un sólo ángulo.

Por el contrario, René Metz, refiriéndose a las Abadesas de las Huelgas y Fontevrault, afirma: "Conviene hacer notar que, en todos estos casos, no se trataba de un abuso sino de situaciones perfectamente regulares reconocidas por la autoridad", aunque excluye las atribuciones que comportaran el sacramento del Orden (26).

5. El poder de algunas abadesas

Escrivá de Balaguer estudia concienzudamente, en su interesante libro al que ya nos hemos referido, los poderes que ha ostentado la Abadesa de las Huelgas durante siglos. Reconoce el gobierno que ejercía, "como lo hiciera una reina", de su extenso señorío, con la facultad de sentarse en el tribunal y ejercer justicia; recibía la profesión religiosa de los frailes del Hospital del Rey, "que, bien a su pesar, le debieron obediencia y sumisión"; daba licencias para los sagrados ministerios y confesiones en las iglesias y parroquias que estaban bajo su jurisdicción; expedía dimisorias para las órdenes sagradas, fulminaba censuras canónicas, sellaba con el sello abacial los despachos que desde el Contador bajo de Santa María la Real dictaba, se oponía a los obispos..., en fin, nos dice textualmente el autor en el prólogo a la primera edición: "Voy a hablar especialmente de su jurisdicción quasi episcopal vere nullius, que le permitía obrar en su territorio separado, como un obispo en su diócesis..." (27). Sin embargo, ya en el prólogo a la segunda edición (1972), precisamente cuando todos estos temas pudieran comenzar a relacionarse, aunque fuera de lejos, con movimientos más o menos concienciados feministas, Escrivá se apresura a decir: "No es posible señalar el límite entre el abuso y la legitimidad... La Abadesa ejerció, efectivamente y contra legem, jurisdicción episcopal vere nullius. Porque, justamente, la costumbre es, en ese singularísimo caso, el único título legitimador..." El Padre Flórez dice de esta misma Abadesa que ejercía todo ello "con jurisdicción plena, privativa, quasi episcopal, nullius diócesis y con privilegios reales" y, además, "ejercía esta doble jurisdicción en pacífica posesión, como es público y notorio" (28). P. de Langogne enumera también las atribuciones de esta Abadesa y de la de Fontevrault, incluida la de convocar sínodos, para lo que "no encuentra explicación plausible" ya que convocar, presidir, dirigir y firmar las Actas, constituye el "poder de las llaves"... En cuanto a las posibles atribuciones para la "cura de almas" y el poder de confesar, alude al hecho de que no existen las bulas (29).

Ahora bien, la Abadesa de las Huelgas no era la única en ostentar grandes poderes. La citada Abadesa Jotrense también logró un extraordinario poder "quasi episcopal", pero, según algunos, de ahí tampoco se podrían sacar conclusiones respecto a una exención activa, y más o menos se viene a calificar de "abuso". La de Montvilliers, también, debía de ejercerlo de forma muy semejante, porque "los archivos nos entregan la realidad de una jurisdicción que denota una potestad idéntica a la episcopal; casos reservados, excomuniones, suspensiones, nombramientos, etc. etc." (30). La Abadesa de Notre Dame de Troyes "...daba posesión al mismo obispo de Troyes y superaba en jurisdicción a los párrocos..."(31). Y ¿qué decir del "poder omnímodo de la Abadesa" del celebérrimo y poderosísimo Fontevrault, citado siempre como una excepción?; no hay duda posible de que, de hecho, en el Monasterio de Fontevrault, la Abadesa ejercía el "poder de jurisdicción". Ahí, la Abadesa es denominada, como la de las Brígidas y otras, "caput et domina", "cabeza y señora" (32). Quizás las Abadesas inglesas de Shaftesbury o Whitby no tuvieron un poder mucho menor. El año 694, asistieron cinco Abadesas al Concilio de Bacanieldy; el año 705, fue una al de Nidd (Inglaterra). En Alemania, se conocen "abusos" semejantes en las ciudades de Magdeburgo y de Hildesheim. A la Abadesa cisterciense de Conversano (Italia) la encontramos, en cierta ocasión, bajo el baldaquino, revestida de mitra, báculo y estola y recibiendo el homenaje de todos sus súbditos, incluso del clero. Ellos se arrodillaban ante ella y le besaban la mano como signo de obediencia; Baronio la califica de "Mostrum Apuliae" (33). La mayoría de estas Abadesas ejercían el derecho a la excomunión y otros poderes eclesiásticos y civiles.

Algunas reglas monásticas dan también amplísimo poder a la figura de la Abadesa. Por ejemplo, San Cesáreo había instituido en su Regla que "después de a Dios, todos obedezcan a la Madre...". Y San Donato de Besançon la llama "Mater spiritualis quae omnium vestrum curam gerit". Pero, además, la mayoría de los monasterios citados son monasterios dobles. Como es sabido, este tipo de estructura monacal surge en los siglos V-VI, por supuesto antes de definirse las diferencias entre las dos potestades, con una variedad organizativa enorme (34).

En la mayor parte de los casos, consta de dos comunidades, una de varones y otra de mujeres, en proporciones y formas distintas y, esto es lo que nos interesa, con un poder abacial pluriforme. Unas veces, cada comunidad tiene su propio Abad para varones y Abadesa para monjas y normalmente en igualdad de condiciones y poderes; otras, las dos comunidades están bajo el Abad, y otras veces, hay muchísimos casos registrables, las dos comunidades están bajo el poder de la Abadesa, con verdadero poder abacial, en cuyo caso era enorme. Después de siglos de funcionamiento, los monasterios dobles fueron, en diversas ocasiones y concilios, prohibidos por la Iglesia, pero ahí estaban y no cabe duda de que fueron reconocidos como tales durante mucho tiempo, también los que tenían a la Abadesa por cabeza, y su auge corresponde precisamente a épocas en las que estaba aún muy lejos el esclarecimiento teórico del "poder de jurisdicción"…

España, Francia, Inglaterra, Países Bajos, Italia..., contaban con este tipo de monasterios, muchos de ellos con Abadesas al frente. No creo que se pueda generalizar sin más y decir de ellos que "han existido al margen de la ley", ni que se pueda hablar como "de la extraña existencia de los monasterios dobles en los que todo el poder radicaba en la Abadesa" (35). Que no fuera siempre del gusto de las autoridades eclesiásticas y que abunde la legislación bien para controlarlos bien para lograr la debida disciplina y castas relaciones entre varones y mujeres, no impidió su existencia y no quiere decir que no estuvieran reconocidos, permitidos y valorados e incluso mantuvieran, durante muchísimo tiempo, una relación normal con la Jerarquía.

Y de lo que no cabe duda es de que todos estos casos que vamos enumerando presentan problemas a la hora de querer eliminar completamente a las mujeres del poder de jurisdicción.

6. Los signos de poder externo de las religiosas

Cuando, el 2 de junio de 1494, la célebre Abadesa del monasterio de Clarisas de Pedralbes, en Barcelona, Doña Violante de Moncada, se opuso a la entrada de los Visitadores al convento que regía, se le declaró en suspensión de oficio, "por lo que le privaron de las llaves" (36.

La toma de posesión del cargo de "sorora" vasca, se hacía mediante varios signos, entre los que hay que destacar la entrega de las llaves, "y ella las recibió a su poder" (37).

Parecerían éstos, datos sin importancia y, sin embargo, estoy convencida de que estos signos externos están cargados de contenido.

¿Por qué la Abadesa y la sorora vasca recibían este signo tan claramente identificado con el "poder" de las llaves?

Las Canonesas de San Agustín y las Benedictinas (por ejemplo, las de Estella, Navarra, en el siglo XVI), hasta bien adelantados los siglos, utilizaron el roquete, y las primeras también la muceta de los canónigos (ibid. 217). Signos evidentemente clericales.

Pero hay más. Ya hemos visto a la Abadesa de Conversano (Italia), revestida como un obispo o un Abad, con mitra y báculo. En efecto, existieron las que llamamos "Abadesas mitradas", es decir, con mitra, objeto que designa "la gloria y el honor de quienes han sido coronados por Cristo" y que es la indumentaria clásica de obispos y Abades; como también lo son el báculo que representa la potestad de regir y apacentar el rebaño de Cristo, el anillo abacial, que representa la unión de Cristo con su Iglesia y, además, la cruz pectoral, todos ellos signos episcopales y abaciales (38). Otras recibían la corona, que es una forma simplificada de la mitra. Todos estos objetos eran utilizados por las Abadesas y aún quedan como un vestigio histórico. Existe, sí, una diferencia con el ritual de los Abades y es que las mujeres reciben estas insignias en silencio.

Las Benedictinas del monasterio de las Puellas de Barcelona no eran las únicas que llevaban la estola diaconal; también en el Ordo de Santa Bárbara de Colonia se encuentra la reseña de su utilización, al lado de la explicación: "esto da la potestad para leer el Evangelio". De igual forma consta que se les entregaba el manipulo con la encomienda: "esto da la potestad para leer la Epístola" (39). En otros monasterios, como, por ejemplo, en el de Santa Ana de Brujas (Bélgica), se pueden encontrar otros ordos muy similares.

Estos objetos, que han quedado como un resto histórico, pueden ser muestra y reducto elocuente de una autoridad primigenia más importante de la que después ha sido considerada y que, desde luego, está ligada a signos clericales y episcopales. Su uso y tradición data, cosa que es importante constatar, de épocas muy anteriores a la clarificación entre la potestad de Orden y la de jurisdicción, y no deja de ser curioso el interés posterior por vaciarlos de contenido real cuando los utilizan las Abadesas.

* * *

Después de examinadas todas estas cuestiones podríamos pensar que, quizás, no era tan "extraña" la jurisdicción de la Abadesa de las Huelgas, ¡ni tan "abusivas" y escandalosas las pretensiones de las otras!

A lo largo de estas páginas hemos querido dejar resurgir unos aspectos importantes para revisar a la hora de plantearnos algunos contenidos evolutivos del sacramento del Orden y la Penitencia y asomarnos también, por ser muy relevante para nuestro cometido, al poder de jurisdicción, así como a la tensión y conflictividad que despierta la presencia de las mujeres con según qué poderes y en qué lugares eclesiales. Indudablemente, y como consta en multitud de documentos, las diaconisas y otras mujeres administraron también el bautismo, llevaron la comunión a los enfermos, etc., acciones litúrgicas ligadas, hasta épocas bien recientes, exclusivamente al sacramento del Orden -a no ser en caso de extrema necesidad- y por tanto al clero masculino, aunque, hoy en día, las puedan ejecutar laicos y laicas. Existe un texto que data del siglo XVIII (1736), de la Iglesia maronita del Líbano, que reconoce su participación pasada también en otros sacramentos: "aunque ya haya perdido su razón de ser el oficio de diaconisa en los sacramentos del Bautismo, de la Confirmación y de la Extrema Unción, al no tener que ungir todo el cuerpo, no obstante existen aún Abadesas que gobiernan los conventos de vírgenes. Porque las Abadesas reciben la bendición de las diaconisas y todos los poderes concedidos a ellas por los Concilios..." (40). No hemos entrado en estas funciones pero es importante dejar constancia también de ellas para ampliar el sentido de la evolución.

El tiempo y también, muchas veces, los autores se han encargado de olvidar y silenciar situaciones, atribuciones y poderes de las Abadesas, de las mujeres, sobre los que es necesario retornar y reflexionar. Los decretalistas y los escolásticos, en general, además de la jerarquía, se esforzaron en sofocar cualquier posibilidad de conceder a las Abadesas poderes espirituales y jurisdiccionales, pero conviene volver sobre ellos después de haber indagado en tiempos anteriores porque, a pesar de sus esfuerzos, no lograron borrar todas las huellas; es más, sus mismos argumentos nos sirven, a veces, para conocer mejor las prácticas reales.

En efecto, existieron mujeres "presbíteras", Abadesas con poder de jurisdicción "vere nullius" y cuya administración de la confesión era considerada válida; existieron mujeres "diaconisas", "viudas ordenadas", "epíscopas"...

Quedan vestigios de sus insignias e indumentarias. Estos objetos, que, claro está, son signos de estados clericales diferentes (episcopales, presbiterales, diaconales...), las mujeres los han llevado y pensamos que, en su origen, no serían simplemente objetos decorativos; no es habitual en la Iglesia conceder signos vacíos, pero sí es una posibilidad real de la historia y del tiempo el desproveerlos de la significación primera; éste no sería un caso único.

La relación entre la vida religiosa femenina y la diaconía está ampliamente probada, pero todos estos objetos pertenecen también a otros estamentos jerárquicos y eclesiásticos. Unidos a las atribuciones y funciones que hemos examinado a lo largo de estas páginas, unidos también a los testimonios y vestigios de la existencia de "presbíteras", adquieren más valor y significación. Se les fue despojando de todo ello, sin miramientos, no pocas veces con rudeza y agresividad; se fue vaciando de contenido lo poco que les quedaba. Y además se ha tratado de desprestigiar a quienes opusieron alguna resistencia o trataron de defender sus derechos, que en realidad eran los de las mujeres.

Ahora bien, ¿por qué se ha ido desposeyendo más y más a las mujeres de todo ello? ¿Por qué éstas han intentado mantener, recuperar e incluso conquistar lo que pensaban que era justo? ¿Defendían un derecho o se encaramaban en una pretensión abusiva? Por tanto, ¿hay que leer los hechos en clave de ambición o también lo hemos de hacer en la de la justicia?

Hoy en día, y todo según el nuevo Derecho Canónico de 1983, las mujeres no pueden ser ni siquiera lectoras ni acólitas... (Can. 230). Tampoco pueden, según el mismo Código, gozar de la facultad de "plena cura de almas..." (Can. 120). La homilía continúa reservada, según la legislación, a los clérigos (Can. 764 y 767)... Datos todos ellos que pueden hacernos reflexionar.

Parece que el autor del Ambrosiaster, en el siglo IV, se quedaba muy corto cuando admitía —él, que, como hemos visto, tampoco era nada favorable a estas cosas- que las mujeres en los comienzos del cristianismo ejercían funciones al igual que los varones y, como ellos, enseñaban, bautizaban..., aunque después se instituyó un orden diferente en el gobierno de la Iglesia porque "parecía irracional, vulgar y vil" que todos hicieran las mismas cosas (4l).

Quizás, el contemplar cuestiones perdidas de la historia, sirva de "puerta" para profundizar en temas que vayan contribuyendo a acercar a las mujeres, en un próximo futuro, a los ministerios y carismas eclesiales que, por el momento, están absolutamente prohibidos para ellas.

 

 

1. E. VACANDARD, Dict. Th. Cath. o.c. v. confession, p. 845-846. M. LAURAIN, De l’intervention des laïques, des diacres et des abbesses dans l'administration de la Pénitence, París 1897.

2. Ibidem.

3. Ibidem.

4. Op. Cit., p. 866.

5. S. TUNC, o.c. p. 241.

6. CONFERENCIA EPISCOPAL ALEMANA, o.c. p. 57.

7. J. M. ESCRIVÁ DE BALAGUER, La abadesa de las Huelgas, Madrid 1988 pp. 150-151.

8. S. GINER SEMPERE, La potestad de Orden, Revista española de Derecho canónico, 9 (1954) 841-864, p.807.

9. R. METZ, La consécration des vierges dans l’Eglise romaine, París 1954 p. 113.

10. LXXVI, A los obispos y abades sobre las abadesas que obran contra la costumbre de la Iglesia de Dios. Karoli Magni et Ludovici Pii christianis... París MDLXXXVIII, cum privilegio. El subrayado es mío.

11. C. CHARDON, Historia de los Sacramentos, Madrid 1800, T.II, p.549.

12. R. MEDIAVILLA, Super IV libros sententiarum IV, Briscia 1591, 389. INNOCENTI V., Libros Sententiarum Comentaria IV, Tolosae 1651, 279. I. DUNS SCOTI, Questiones, Lib. IV Sent. IX, Lugduni 1939, 571. BUENAVENTURA, iv Sent, dist, 25, citados por P. Sorci, "Ministeri liturgici della donna nella Chiesa antica" AA.VV. Donna e Ministero, Roma 1989, pp. 22-23.

13. Dict. Th. o.c. p.879.

14. ATTO,VERCELLI, o.c.

15. ABELARDO, P.P.L.178, Ep.VII

16. D. GELSI, "Monacato femenino en las Iglesias de Oriente". Mujeres del absoluto, XX semana de estudios monásticos, Silos 1986, pp.139-140. P.SORCI, o.c. pp.71 y ss.

17. S. GINER SEMPERE, La mujer y la potestad de jurisdicción eclesiástica, Alcoy 1959, t. I-II, libro al que me referiré bastante, cfr. también en Dicc.Th. LAURAIN, etc.

18. DONATI VESONT, Ep. Regulae ad virgines, P.L. 37, 282 ss. Citado por muchos autores.

19. P. L. 87,1078.

20. Dict. Th. o.c. 1.cit.

21. Citado por GINER SEMPERE, La potestad de Orden, o.c. Lectura, c. 10, XV, 38 nova.

22. PANORMITANO, Comentaria in quinque decretalium libros, Venetiis 1581, ad, c. 10, X, V, 38. Citado por GINER SEMPERE, o.c. t. I, p. 30.

23. Dict. Th. v. juridiction, col. 1927.

24. C.14, X,V, t. 31 y t. 33.

25. S. GINER SEMPERE, o.c. p. 9, t. II,

26. R METZ, o.c. p. 101.

27. J. M. ESCRIVÁ DE BALAGUER, o.c. Prólogo, 1a ed. Burgos 1944, 2a ed. Madrid 1972.

28. H. FLÓREZ, España sagrada, Madrid 1772, t. 27, p. 578.

29. Dict. Th. o.c. v. Abbesse, ver también L. de ECHEVARRÍA, "En torno a la jurisdicción de la Abadesa de las Huelgas", Revista española de Derecho canónico, I (1946), 219-233.

30. S. GINER SEMPERE, o.c. p. 28, t. II. El subrayado es mío.

31. Ibidem, 23.

32. A. LINGE CONDE, "Algunas manifestaciones feministas del monacato medieval", Mujeres del absoluto, o.c. p. 116.

33. R. METZ, o.c. p. 100, dict. th. v. Abbesses.

34. Sobre los monasterios dobles, ver los diccionarios, especialmente H. LECLERCQ, J.PARGOIRE, Dictionnaire d’archéologie chrétienne et de liturgie París 1934, v. "Monastères doubles"; Z.GARCÍA VILLOSLADA, Historia eclesiástica de España, Madrid 1936, t. II. J.ORLANDIS, Estudios sobre instituciones monásticas medievales, Pamplona 1971, pp. 167-205. Fr. J. PÉREZ DE URBEL, Los monjes en la Edad Media, Madrid 1945, e Historia de la Orden benedictina, Madrid 1941. R. NIDERST, Robert d’Abrisel et les origines de l’Ordre de Fontevrault, Rodez 1952.

35. S. GINER SEMPERE, o.c.

36. T. AZCONA, "Reforma de las Clarisas en Barcelona", Collectae franciscana, 27, (1957).

37. G.HENAO, Averiguaciones de las antigüedades de Cantabria, Tolosa 1894, tr. IV, y sobre este tema, M. J. ARANA, o.c. p.63.

38. J. P. MIGNE, P.L. 221, p. 600.

39. P. SORCI, p. 88; es también importante confrontar los libros litúrgicos y leccionarios, por ej. CYRIL VÖGEL, Le pontificat romano-germanique, Cittá del Vaticano 1963; ANDRIEU, M. Les Ordres romaines du Haut Moyen-Age, les textes, Louvain 1948, t. II y III.

40. ASSEMANI, Codex liturgicus Ecclesiae universalis, X, Roma 1758, p. 121, citado por M. LAWRENCE, La mujer de la Iglesia, Santander 1978, p. 121.

41. E. SCHÜSSLER FIORENZA, o.c. p. 362; L. W. COUNTRYMAN, "The intellectual role of the early Church", Eglise et théologie, 7 (1967), pp. 41-60; P. LABRIOLLE, "Mulieres in Ecclesia taceant. Un aspect de la lutte antimontaniste" Bulletin de littérature ancienne et d’archéologie chrétienne. 1 (1911). E. BAUTISTA, o.c. p. 154.

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