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CAPÍTULO SÉPTIMO

¿Es Evidente que Jesús no Quiso a las Mujeres como Sacerdotes?

por Mª José Arana

1. Aclaraciones generales

Antes de adentrarnos en los Evangelios, es conveniente referirnos a unas afirmaciones preliminares, en nuestro caso escritas por Karl Rahner, pero que comparten otros muchos autores/as: "Sobre estos sacramentos (matrimonio, orden, extremaunción y confirmación), no poseemos ninguna palabra de Jesús. La autorización dada a los apóstoles para celebrar la Eucaristía no es la institución de un rito sacramental que transmita poderes oficiales... Del mandato de la anámnesis -o conmemoración de la Cena- no se sigue, pues, la sacramentalidad del Orden. Así, hay cuatro sacramentos sobre los que no poseemos palabra alguna de institución por Jesucristo..." (1). Y, evidentemente, si no poseemos palabra alguna tampoco conocemos ninguna ordenación hecha por Jesús ni a varones ni a mujeres. Este dato es muy importante tenerlo en cuenta desde el comienzo y antes de adentrarnos en los mismos Evangelios e ir profundizando en la pregunta que nos ocupa: ¿es evidente que Jesús no quiso a las mujeres como sacerdotes de su Iglesia?

2. Discípulos de Jesús y testigos del Evangelio

La novedad que Jesús supuso para las mujeres, su relación con ellas a todos los niveles, es algo en lo que, evidentemente, no podemos entrar de lleno a lo largo de estas páginas. Pero hay un punto que debemos recordar: Jesús las asocia totalmente a su vida apostólica como a auténticas discípulas. Quizás, una expresión de Abelardo puede ayudarnos a centrar nuestro tema. Refiriéndose a las mujeres que acompañaban, "seguían y servían" a Jesús, verdaderas discípulas suyas, dice: "Para que, aquí también, se vea que el Señor, durante la predicación, era sustentado corporalmente por el ministerio de las mujeres y que ellas fueron adheridas a Él, del mismo modo que los apóstoles, como inseparables compañeras" (2).

En efecto, se trata del discipulado real de las mujeres, de las que "oían la palabra de Dios y la ponían en práctica" (Mt. 12, 46-50), de las que le "seguían y servían con sus bienes" (Lc. 8, 1-3), de las que, como Marta, le reconocieron y confesaron como "Cristo, el Hijo de Dios, el que iba a venir al mundo" (Jn. 11,27), de las que pudieron llamarle, con todo derecho y verdad, "¡Rabboni!", porque realmente fueron discípulas suyas, y esto es de una importancia capital en el tema que nos ocupa.

Incluso los discípulos las reconocen como "las nuestras", utilizando el mismo término que cuando se refieren a "los nuestros": "el caso es que algunas de las nuestras nos han sobresaltado..." (Lc. 24, 22)

Sin embargo, a la hora de legitimar a los apóstoles, a los Doce, nunca ha sido invocada la presencia de los mismos en la Última Cena. Se exige de ellos que hubieran sido testigos -y aun aquí, como bien sabemos, hay excepciones- de los principales acontecimientos de la vida de Jesús y centro del kerigma cristiano, a saber, de su Muerte y Resurrección. Es evidente que los discípulos huyeron en los momentos difíciles de la Pasión, y tampoco mostraron gran predisposición para creer lo que les anunciaban las mujeres sobre la Resurrección; les costó aceptar su testimonio (Lc. 24, 11). Sin embargo, el discípulo amado, presente al pie de la Cruz, salvó la situación y en él la Tradición ha visto representados a los demás discípulos varones (Jn. 19, 26). Pedro y Juan acudieron al sepulcro por las palabras de las mujeres (Jn. 20, 3); los Evangelios no nos narran ninguna aparición especial a Pedro, vio con Juan el sepulcro vacío y participó de las apariciones generales y así su testimonio ha podido ser válido y fundamentar, apostólicamente, la fe de los cristianos. No podemos decir que los apóstoles destacaran especialmente por su valor y fidelidad a Jesús en esos momentos difíciles, pero, afortunadamente, las negaciones de Pedro, la traición de Judas, el abandono de los discípulos, su incredulidad..., no han "salpicado" a todos los varones de la cristiandad, como antaño la caída de Eva "contaminara" a las féminas en general, en una inexplicable complicidad de sexo.

Pero aparece bien claro en los Evangelios que las mujeres fueron testigos privilegiados de todos estos acontecimientos: se condolieron y caminaron con Jesús hasta la Cruz (Lc. 23, 26-32); acabaron allí el "gran viaje" que habían comenzado con Él, siguiéndole y sirviéndole "desde Galilea", desde los comienzos, como "testigos" (Mt. 15, 42 y par.), desde el lugar teológico de "elección para el discipulado" que es la Galilea de Lucas (3). Se adhirieron íntimamente a sus padecimientos. Estuvieron presentes en el entierro de Jesús y "vieron dónde lo ponían" (Mc. 15, 47; Mc. 16, 1). Recibieron el anuncio de los Ángeles, fueron agraciadas con la visión del Resucitado y enviadas para comunicarlo a los apóstoles. Sin embargo, los discípulos tardaron en creerlas, porque, según la mentalidad judía, "necesitaban" del testimonio de algún varón que "legitimara" la credibilidad de aquel hecho: "Y, a ellos, les parecieron estas palabras como delirio y no las creyeron..." (Lc. 24, 11). El mismo Jesús les echó en cara su falta de fe (Lc. 24, 23). Y, sin embargo, ¿por qué esta insistencia en que sean precisamente las mujeres las primeras en testificar que Jesús ha resucitado y las encargadas de comunicarlo a los Once?.

Por tanto, según los Evangelios, las mujeres son los verdaderos testigos de la pasión, muerte, entierro, sepulcro vacío y resurrección de Jesús y su testificación está retrotraída desde Galilea, desde los comienzos, desde el lugar donde transcurre la vida ministerial del Maestro, lugar de elección, de discipulado; y el "viaje" a Jerusalén tiene un carácter único y definitivo: significa vivir los acontecimientos pascuales íntegramente, para ser auténticos testigos: "id a mis hermanos". Y las mujeres cumplen con esta misión.

Así pues, es lógico lo que Benoît dice al respecto: "Por otra parte, el hecho de la aparición otorgado primeramente a las mujeres, tiene que defenderse por sí mismo. Porque tocaba en cierto modo a la preeminencia de los apóstoles, y la comunidad primitiva se hubiera inclinado más a suprimirlo que a inventarlo" (4). Algo de esto debió de ocurrir cuando Pablo parece que se olvida totalmente y ni siquiera hace alusión a ellas en un texto fundamental: "Se apareció a Cefas y luego a los Doce. Después a más de quinientos..., a Santiago..., a todos los apóstoles...", e incluso al mismo Pablo ( la Cor. 15, 5), pero las mujeres ni son mencionadas...

Los evangelistas sí las nombraron, pero, ¿es una casualidad el que justo en este momento de la vida de Jesús se mencione a las mujeres? Ciertamente, parece que ante la ausencia de los varones, los escritores sagrados tuvieron que recurrir a ellas tanto para citarlas como testigos cuanto, seguramente, para recoger algunas informaciones de los hechos. Tampoco parece extraño que estuvieran presentes en el momento de la Ascensión (Mt. 28, 16), pues fueron ellas, precisamente, las encargadas de comunicar a los discípulos el lugar y momento en el que habían de reunirse en Galilea, pero allí ya estaban presentes los Once y ellos son los nombrados.

También, me parece importante subrayar que las mujeres fueron testigos de los dos momentos en los que más claramente ha visto la Tradición el símbolo y nacimiento de la Iglesia: el de la Lanzada, en la que, simbólica y sacramentalmente, el agua y la sangre del costado de Cristo expresan este Don de Dios al mundo (Jn. 19, 31); y aquél en el que ellas, con los otros discípulos, recibieron el Espíritu Santo en el Cenáculo (Hch. 2) y así, reunidas con los apóstoles y María, la Madre de Jesús, formaron el núcleo de la Iglesia naciente bajo el impulso del Espíritu. Y además, por ese mismo Espíritu, se dice, explícitamente y en continuidad con el Antiguo Testamento, "vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán" (Hch. 2, 18), recibiendo y participando plenamente de sus carismas y dones.

Es decir, ellas no contemplaron pasivamente todos estos misterios, sino que, como dice Abelardo, "estas santas mujeres fueron constituidas como apóstoles para los apóstoles, enviadas por el Señor o por los Ángeles..." (5). Todas ellas, y no sólo María Magdalena.

3. ¿Estuvieron las mujeres presentes en la Última Cena?

Sin embargo permanece la pregunta tantas veces aducida como dificultad a la hora de hablar de las órdenes presbiterales para las mujeres: ¿estuvieron ellas presentes en la Última Cena?

La Teología feminista va elaborando lo que se ha venido a llamar exégesis y hermenéutica de la sospecha, es decir, la investigación nos va demostrando que tenemos que "sospechar" de silencios, no sólo en los textos bíblicos -que si no con la declarada intención de ocultar, por lo menos omiten datos- sino también en la historia en general, que adolece del mismo vicio de ignorar a las mujeres y olvidar continuamente sus presencias. El lenguaje masculino, que absorbe e invisibiliza al género femenino, tampoco nos beneficia, pero es que ocurre también algo así cuando dicen los evangelistas que se hallaban "unos cinco mil hombres, sin contar las mujeres y los niños" (Mt. 14, 21). Lo peor del caso es que no siempre añaden esta explicación sino que normalmente la dan por supuesta, y se ignora a las mujeres.

Esta misma situación de incógnito aparece clara en un momento bien importante de la vida de Jesús. Según los evangelistas, las mujeres no estuvieron presentes en las tres escenas en las que Jesús predijo su Pasión y Resurrección (6). En estos pasajes no se las nombra a ellas; Jesús se dirige siempre, según los textos, a los discípulos -no sabemos si incluye "discípulas"- o a los Doce y además en secreto. Sin embargo, cuando los Ángeles se aparecen a las mujeres anunciándoles la Resurrección, lo que se les dice es que recuerden: "Acordaos de lo que os habló cuando estaba todavía en Galilea, diciendo que el Hijo del hombre tenía que ser entregado a manos de los hombres pecadores y ser crucificado y resucitar al tercer día...". No dice "lo que les dijo a ellos", sino "lo que os habló a vosotras", y "ellas se acordaron de sus palabras..." (Lc. 24, 6-8). Es decir, hay que constatar o que se silencia e incluye su presencia en esos momentos como "discípulos" o, por el contrario, que a los evangelistas se les olvidó narrar el momento en el que Jesús se lo reveló a ellas (!!!).

Los datos que hemos aportado anteriormente al referirnos a la presencia de las mujeres en los acontecimientos pascuales también apuntalan esta teoría. Las mujeres no son nombradas explícitamente como comensales de la Cena pascual; pero sabemos que, en primer lugar, no por ello se puede concluir irrevocablemente sobre su ausencia; tampoco habría que prescindir necesariamente de ellas, pues no era una costumbre contraria a las costumbres judías. Quentin Quesnell tiene un interesante artículo en el que demuestra detalladamente su asistencia al Cenáculo, subraya la calidad de discípulas de las mujeres y lo demuestra hasta por el lenguaje del Discurso, la longitud del lugar y otros datos, pero, para no alargarme, a él me remito (7). Es necesario también recordar que la Cena no fue el escenario de la institución del sacramento del Orden; lo fue, eso sí, de la Eucaristía, en la cual, afortunadamente, las mujeres pueden participar, hayan sido testigos o no de su institución.

Por otra parte, teológicamente, ¿no aparece como mucho más fundamental en el sacrifïcio eucarístico la muerte, la resurrección y la venida del Espíritu que transforma las ofrendas? Ahí, en este sacrifïcio, las mujeres sí que participaron total y activamente, y fueron instituidas como verdaderos testigos, testigos oculares, en condolencia y esperanza, testigos anunciadores del kerigma completo, y como tales pueden decir en verdad: "anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección...". Pero sin absolutizaciones sexistas, sin excluir a nadie y sin olvidar tampoco aquellas palabras de Jesús a los discípulos: "Dichosos los que no han visto y han creído" (Jn. 20, 29).

4. Las unciones sobre Jesús

Sin embargo, Juan no narra la institución de la Eucaristía como tal en la Última Cena, y éste es un dato importante; el Lavatorio de los pies es el gesto simbólico en el que muchos exégetas han visto la expresión y sentido eucarístico. Aunque a Pedro, como bien recordamos, no le fue fácil entenderlo.

Pero sabemos que una mujer ejecuta y, de alguna forma, prefigura la acción del Maestro, en la persona misma de Jesús. Abelardo, al que nos vamos a referir en lo sucesivo, con unas expresiones y mentalidad bastante distintas de las imperantes en su época, lo dice preciosamente: "El Señor llevó hasta el fin su servicio con agua puesta en una jofaina para las abluciones. Pero ella le ofreció no el agua exterior sino las lágrimas de íntima compunción". Ciertamente, continúa este autor, "de ninguno de los discípulos o de los varones sabemos que haya recibido (Jesús) estos obsequios en su humanidad" (8). Y si lo leemos en este contexto profético y eucarístico, el símbolo se llena de contenido.

Pero este signo adquiere un significado más denso aún porque la "unción" que la mujer realiza sobre Jesús, precisamente, en Mateo y Marcos, es efectuada como introducción inmediata a la Pasión, justamente antes de la "traición de Judas" y como contrapunto de ésta, subrayando la fidelidad de la mujer.

Nos vamos a dejar guiar por el mismo autor, que descubre con gran profundidad el sentido profético y sacramental del gesto: "he aquí que la mujer unge al Santo de los Santos...". "¿Cuál es esta benignidad del Señor, pregunto, o qué dignidad la de la mujer?...". "¿Qué prerrogativa la del sexo más débil es ésta, que al Supremo Cristo, ungido desde su concepción con todos los perfumes del Espíritu Santo (Is. 11, 2), le unja también una mujer y le consagre Rey y Sacerdote como se realiza en los sacramentos?...". Relaciona la unción en Betania, como ya lo hiciera el mismo Jesús, con la de la sepultura, y descubre su sentido profético en el que se anuncia y "prefigura la incorrupción futura del Cuerpo del Señor". Pero, y aquí nuestro autor hace más hincapié, también, con los sacramentos cristianos y con la unción de Cristo como Rey y Sacerdote, que cumple en sí, precisamente mediante esta unción, las profecías del Antiguo Testamento, "Daniel lo había predicho...", y sigue el texto: "Fue ungido dos veces, tanto en los pies como en la cabeza, recibió los sacramentos de Rey y de Sacerdote...". Y se asombra porque "sabemos que en primer lugar una piedra fue ungida como señal del Señor por el Patriarca Jacob. Y después, las unciones de los reyes y de los sacerdotes o cualquier otra unción, no se permitía celebrarlas sino a los varones", y parece que el mismo Abelardo teme que haya contradicciones con la práctica eclesiástica y aclara: "aunque las mujeres, alguna vez, puedan bautizar". Y continúa más adelante subrayando: "...Ciertamente, la unción de la cabeza es superior, la de los pies es inferior. He aquí que el Rey recibe el sacramento de las mujeres, el cual, sin embargo, rehusó el reino ofrecido por los varones...". "La mujer realizó el sacramento del Rey celeste, no terrestre, de Aquél que dice de sí mismo ‘mi reino no es de este mundo’. Se glorian los obispos cuando ungen a los reyes entre los aplausos del pueblo, cuando consagran sacerdotes mortales, adornados con vestidos espléndidos y, a menudo, bendicen a aquéllos que Dios maldice. Una humilde mujer, sin cambiarse de vestido, con un culto no preparado, incluso ante la indignación de los apóstoles, cerebra los sacramentos en Cristo, no a causa de su oficio de Prelado, sino por el mérito del amor". "Cristo mismo es ungido por la mujer, los cristianos por los varones, la Cabeza misma por una mujer, los miembros por los varones" (9).

Ciertamente, las unciones que las mujeres realizan en Cristo Rey, Sacerdote y Profeta, tienen un marcado carácter sacramental y profético (l0). Ahora bien, quien las efectúa en la Cabeza, ¿no las podrá significar también en los miembros, en el Cristo Místico que es la Iglesia? Porque, como hemos visto, "la unción de la cabeza es superior, la de los pies, inferior. He aquí que el Rey recibe el sacramento de la mujer, el cual, sin embargo, rehusó el reino ofrecido por los varones...".

Pero, además, "habiéndose indignado los discípulos de tal atrevimiento de la mujer..., sacó el beneficio de que en el mismo Evangelio se insertase su acción y se predicase juntamente con él en recuerdo y alabanza de la mujer que hizo esto" (Abelardo, ibid.). Esta abalanza de Jesús es clave para nuestro tema: "Yo os aseguro: dondequiera que se proclame la Buena Nueva, en el mundo entero, se hablará también de lo que ésta ha hecho para memoria suya" (Mc. 14, 9). Estas palabras, únicas en el Evangelio, son de capital importancia y se dirigen precisamente a una mujer, en el contexto de las unciones. Y son de tal importancia, no sólo porque queda inmortalizado el hecho de esta mujer, sino porque, además, son absolutamente semejantes a las palabras del mismo Jesús a las que Pablo se remite, precisamente en el pasaje de la primera Epístola a los Corintios refiriéndose a la Eucaristía. El Apóstol toma una expresión similar: "En el momento de la institución de la Eucaristía, en la Última Cena, Jesús exhortó a sus discípulos a repetir sus gestos y sus palabras, precisamente en memoria mía" (I Cor. 11, 23. 25). Los términos griegos son equivalentes y se refieren a la anámnesis. Si consideramos el relieve que se atribuye a este vocablo en el culto y la celebración eucarística cristiana y si equiparamos, como es lógico, ambas sentencias: "en memoria de ella" y "en memoria mía", nos daremos cuenta de que, ciertamente, no es casual el hecho de que, después de la realización de la unción sobre Jesús, la mujer reciba de Él la seguridad de que ese acto sería recordado precisamente "en memoria de ella". Pero, como constata Elisabeth Schussler Fiorenza, aunque la fórmula eucarística "en memoria mía" es verbalmente semejante a la afirmación evangélica "en memoria de ella", la Iglesia posterior no ritualizó esta historia de la mujer profeta, sino que la explicó de otra forma, la utilizó para presenter como voluntad de Dios el hecho de que la pobreza no puede ser eliminada (11).

Sin embargo, deberíamos recuperar esta fórmula en todo su sentido simbólico-eucarístico sacramental, en el contexto de la sangre que nos redime y alimenta y del óleo que consagra y anticipa la sepultura de Cristo. Utilizando una expresión de la teóloga ortodoxa Anca Manolache, diremos: "Esta vez, el Maestro hace una distinción neta, inesperada y singular. Nadie ha sido exaltado de esta forma por el Señor a lo largo del Evangelio. Esta mujer es el único personaje depositario de una tal anámnesis, dispuesta por Jesús mismo y en los mismos términos en los que Pablo nos hace conocer la institución de la Eucaristía" (l2).

Efectivamente, la situación de las mujeres en el Evangelio ¿podría llevar a afirmar con tanta claridad que Jesús, decididamente, no las quiso como sacerdotes de su Iglesia? ¿Está suficientemente probada esta afirmación que se repite a lo largo de los siglos en nuestra Iglesia? ¿Cuál es el texto bíblico que lo acredite y las excluya positivamente?

5. María, la madre de Jesús

La devoción popular y artística ha desarrollado y transmitido la imagen de la Piedad de María. Es el momento en el que Ella acoge, en su regazo, el Cuerpo muerto de Cristo; Cuerpo que va a ser sepultado y, desde la misma tierra, resucitado y glorificado por su propia energía y la acción del Espíritu Santo. Es un espacio contemplativo y oferente. Ofrece al Padre el Hijo sacrificado en el Gólgota para la salvación del mundo; Ella se mantuvo presente y compasiva al pie de la Cruz, con las demás mujeres, pero su presencia y su relación eran sustancialmente distintas; así, su participación e identificación en el Sacrificio redentor de Jesús es plena.

En la teología católica, no se duda en conceder a María el título de co-redentora, cooperadora de nuestra redención, especialmente por su asociación total al sacrificio supremo de la Cruz y como co-oferente con su Hijo para la salvación del mundo. En esta íntima comunión con Cristo, verdadero Mediador, participa enteramente y coopera en su entrega al Padre, hasta la consumación total en el Calvario; así pues, es verdadera "redentora del mundo" (l3). En efecto, podemos afirmar que "a causa de esta cooperación al acto principal del sacerdocio de Jesucristo, así como a la constante aplicación hecha por Nuestro Señor, supremo Sacerdote, de todas las gracias merecidas por su Pasión, María puede ser legítimamente llamada Virgo sacerdos...". Y, en otro lugar, dice el mismo autor: "La virginidad de la maternidad divina repercute, por lo tanto, en la del sacerdocio cristiano..."(l4).

Muchísimos son los pensadores que, en la tradición de la Iglesia, han profundizado en el tema. San Bernardo, San Andrés de Creta, E. Hugon y otros ahondan en esta contribución real, positiva y, en definitiva, "sacerdotal" de María a nuestra redención y salvación. Alberto el Grande la llama "coadyudadora y socia de Cristo". San Ireneo utiliza la fórmula "causa de nuestra salud" (l5). Arnaud de Chartres (s. XII) llega a decir que el sacrificio de holocausto es simultáneamente ofrecido a Dios por María y por Cristo; Jesús "in sanguine carnis" y María "in sanguine cordis" (l6). Müller habla de la "función vicaria de María en la salvación de la humanidad" (l7).

Ella verdaderamente con-cerebra con Cristo, y, en la teología más clásica, es llamada "Virgo sacerdos", co-redentora, auténtica mediadora universal e intercesora (San Alfonso María de Ligorio). Por todo ello, se le invoca como a "Reina de los sacerdotes". Santo Tomás explica cómo Cristo, verdadero Sacerdote, aplica, por mediación de los sacerdotes, las gracias y méritos de su Pasión, y María, por su mediación, también coopera (l8).

Ahora bien, el Cuerpo muerto que María sostiene es el de su propio Hijo, Carne de su carne y Sangre de su sangre verdaderamente. Nadie como Ella podría decir: "Éste es mi Cuerpo". Existe todo un contenido real, físico y espiritual en esta afirmación. Porque cuando María acepta, en su "fiat", la maternidad de Jesús, maternidad divina, es inundada por el Espíritu Santo, y entonces comienza el proceso de gestación según la carne, en las entrañas activas de María. Efectivamente, dirá la doctrina de los santos Padres, el Hijo de Dios se ha encarnado en María, ha permanecido en su seno y éste no es un receptáculo pasivo sino que Ella ha engendrado e informado al Hijo del Hombre, "según la ley de la concepción humana", como lo formula San Gregorio Nacianceno.

María es madre en el sentido total del término. El Cuerpo de Jesús participa del de su madre, se forma en María.

"Concibió en su seno y dio a luz por obra del Espíritu Santo". Ahí comienza el Sacrificio de Cristo y la colaboración de María; de ahí arranca la íntima comunión entre la Madre y el Hijo, que persevera y se profundiza a lo largo de toda su vida hasta la consumación en el Calvario y resurrección gloriosa. Por tanto, el acto de la Encarnación es ya un acto sacerdotal: Ella hace posible la venida de Jesús a este mundo. La liturgia lo expresa sobriamente: "Aquélla por la cual hemos podido recibir al autor de la vida, nuestro Señor Jesucristo" (l9).

La teología más tradicional y ortodoxa afirma que María coopera al acto principal del sacerdocio de Cristo dando su consentimiento, aceptando, desde la Encarnación, toda su vida, y, al pie de la Cruz, participando activamente en sus sufrimientos y, en ellos, en los de toda la Humanidad. El "hágase en mí" de la Madre y el "heme aquí" del Hijo van al unísono, en un mismo movimiento acatando la voluntad del Padre, para la salvación y redención del Mundo. María realiza este acto, según Santo Tomás, vicariamente, es decir, en representación de toda la Humanidad, "loco totius humanae naturae" (20); por supuesto y con razón, no se le ocurre excluir de ese acto vicario a quienes no son del sexo femenino.

Toda la vida de Cristo es un sacrificio, una Eucaristía y, como dirá Teilhard de Chardin, "la única Misa y la única comunión", que se consuman en la Cruz, porque las demás constituyen una con aquélla. María es co-oferente, co-redentora, mediadora en la gran Misa del Mundo. El Cuerpo que se entrega participa del ser físico de María, Ella lo engendró. Así pues, la afirmación "éste es mi Cuerpo" ante el Cuerpo muerto y desgarrado de Cristo, en María se cumple hasta físicamente.

Resulta muy difícil de comprender cómo una de las dificultades que exponen los autores medievales para la ordenación de las mujeres y la participación en otras potestades es que María no fue "ordenada" (Duns Scoto), no bautizó (la Didascalia), no recibió "el poder de las llaves" (Inocencio III)..., e incluso, recientemente, Müller: "Cristo colocó en este ministerio a los apóstoles, pero no a su Madre..." (2l). Claro está que, bien mirado, estas afirmaciones son, cuanto menos, un anacronismo, puesto que Jesús, como venimos repitiendo hasta la saciedad, ni ordenó a los varones ni tampoco a las mujeres ni, por supuesto, a su Madre. María, al igual que su Hijo, Jesús, fue una laica del pueblo judío. Pero, ¿para qué iba a "ordenarla"?; María era su Madre, por lo tanto, ¿quién como ella ha hecho presente a Jesús en el mundo?, ¿de quién se puede afirmar la mediación, corredención, en definitiva, sacerdocio? "Virgo sacerdos", pero, porque no fue ordenada ritualmente, ¿las mujeres no pueden ser sacerdotes?; y por eso mismo, ¿Jesús tampoco las quiso como sacerdotes de su Iglesia? ¿Qué significa medianera, co-redentora, co-oferente, intercesora? En realidad, ¿qué es el sacerdocio? Existen dolorosas contradicciones difíciles de explicar.

 

 

1. RAHNER, K. La Iglesia y los sacramentos, Edit. Herder, Barcelona 1967, p. 45.

2. Yo misma he trabajado este tema: ARANA, M. J., La Mujer en los Evangelios sinópticos, tesina presentada en la U. de Deusto, 1974, s/p.

3. H. CONZELMANN, El centro del tiempo. La teologica lucana, Madrid 1971, p. 64.

4. M. E. BOISMARD y P. BENOIT, Synopse des quatre évangiles, París 1972, p. 151. Los textos evangélicos: Mt. 27, 55-56 y 57-61; 28, 1-10 y 9-10, etc. y paralelos, Jn. 1-2 11-18; Lc. 24, 22-24.

5. ABELARDO, P, PL 178. Ep. VIII.

6. Los anuncios de la Pasión están siempre dirigidos a los Doce o a los discípulos. En el primer anuncio, se dice: "Mientras Él estaba a solas, orando, se hallaban los discípulos con Él" (Lc. 9, 18-22); "salió con los discípulos" (Mc. 8, 31; Mt. 16, 21-28). En Lc. 9, 43-45, se narra el segundo anuncio: "dijo a sus discípulos...", "No quería que se supiera, porque iba enseñando a sus discípulos" (Mc. 9, 30; Mt.17, 22-23). El tercero es más restrictivo: "Tomando consigo a los Doce, les dijo" (Lc. 18, 31)."Tomó otra vez a los Doce" (Mc. 10, 32; Mt. 20, 17) y paralelos.

7. Ibid. Los textos citados que siguen pertenecen a la misma Ep. VIII, por lo que evitaremos las citas.

8. Ibidem.

9. Ibidem.

10. Cfr. 2 Sam. 3; Ps. 132, 10, etc.

11. E. SCHUSSLER FIORENZA, o.c. p. 203.

12. A. MANOLACHE, Anotaciones sobre Marcos 14. Hojas ciclostiladas s/. p. 4.

13. Dictionnaire de Théologie catholique, París 1927, o.c. Ver María.

14. Ibidem, col. 2397, 2366.

15. Adv. H. 3, 22, 4; P.G. 7, cit. A. Muller, "Puesto de María y su cooperación en el acontecimiento de Cristo", Misterium salutis III/2, Madrid 1975, p. 959.

16. ARNAUD DE CHARTRES, De laudibus B.V.M. P.L. 189, col. 1727, cit. en Dict. Th. o.c./ "En la sangre de la carne", "en la sangre del corazón".

17. MULLER, loc. cit. p. 466

18. STO. TOMÁS DE AQUINO, Contra Gentiles, 1, IV, c. 74, 76

19. LEFEBVRE, Misal Romano, Brujas 1960, Misa de la Virgen en sábado.

20. STO. TOMÁS DE AQUINO, Summ. Th. III, q. 30, a 1.

21. A. MÜLLER, o.c. 501. Ver también R. LAURENTIN, Marie, L’Eglise et le sacerdoce, París 1953; L. BOFF, El rostro materno de Dios. Ensayo interdisciplinar sobre lo femenino y sus formas religiosas, Madrid 1979. K. RAHNER, Dicc. Teol. o.c. vv/ "María mediadora".

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