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Otras Cuestiones sobre la Ordenación de las Mujere
CAPÍTULO NOVENO

Otras Cuestiones sobre la Ordenación de las Mujeres

por Mª José Arana

1. Mirando hacia atrás

El corto tramo de historia y problemas que hemos recorrido nos permite entrever una parte mínima de la tensión y forcejeo constante, a veces soterrado y disimulado, a veces estridente, entre hombre y mujer en el interior de la Iglesia. Las motivaciones, argumentos, leyes..., para alejar a las mujeres del poder eclesial y concretamente del sacerdocio han sido continuos y las manifestaciones de superioridad y hasta de desprecio de un sexo hacia ‘el otro’ se dejan ver, en general, sin el menor rubor, como ya hemos ido comprobando en los capítulos anteriores.

La necesidad de argumentar y legislar sobre las mujeres es insistente, excluyéndolas y reduciéndolas al silencioso espacio de lo doméstico-eclesial. Se parte de una antropología un tanto arbitraria y jerárquica, basada en Aristóteles, sobre la supuesta inferioridad femenina y superioridad viril, que ha estado vigente, también en la Iglesia, durante demasiados siglos. No podemos decir que la misoginia haya estado ausente ni de la exégesis bíblica ni de la simbología ni de los razonamientos legislativos. Sin embargo, las teorías contra la ordenación de las mujeres muy pocas veces son leídas y repensadas desde esta realidad - aunque sabemos que una hermenéutica histórica mínimamente seria ha de realizarse siempre desde todos los condicionantes que circundan el hecho examinado.

Evidentemente este problema del sacerdocio forma parte de otros aspectos culturales, históricos, antropológicos, eclesiológicos, sociológicos, éticos..., mucho más básicos y generalizados en la sociedad civil y eclesiástica, pero cuyo común denominador de principio es uniforme y cuyas consecuencias también se concretizan en la ausencia histórica de las mujeres en las esferas públicas, con las repercusiones que ya conocemos.

El asunto del sacerdocio femenino no es pues algo aislado, las raíces son bien profundas y las consecuencias también. Está dentro y afecta a toda una cuestión relacional, simbólica y ecuménica en el sentido totalizante de la palabra, Oikumene. Hemos contemplado algunas características y repercusiones en la simbología, a continuación lo veremos desde otros aspectos relacionales y ecológicos.

2. Contemplando el presente: "Y dominad la tierra". La crisis ecológica.

Ya cada vez son más fuertes los gritos con los que nos alerta la naturaleza. El deterioro progresivo del Planeta comienza a inquietarnos seriamente. La contaminación, desertización, salinización de la Tierra y de las aguas, el crecimiento de los agujeros de la capa de ozono, el ‘efecto invernadero’, ‘la lluvia ácida’, ‘las mareas negras’, las desapariciones masivas de las especies animales y vegetales más diversas..., se han convertido en expresiones y noticias tristemente familiares y son síntomas de enfermedad y agotamiento terráqueo. La paciente Naturaleza está exhausta y comienza a mostrar su rostro dolorido y desgarrado por el dominio y la opresión humana, por esta civilización orgullosa del progreso y bienestar logrado.

Las llamadas enfermedades de nuestro tiempo son síntomas de la precaria salud del Planeta. Porque es ésta una situación de deterioro auténticamente planetaria e interrelacionada.

No cabe duda de que hay múltiples causas que han ido gestándola. Pero la visión del Cosmos como algo jerarquizado, vertical y piramidal, en la que el hombre, varón y además occidental, está en la cúspide, por encima de todos los seres creados para ‘dominarlos’ y apropiarse de ellos, provoca divisiones irreparables entre la Humanidad y el resto de la Creación y dentro de la Humanidad misma (1). Porque desde la pretendida ‘superioridad’, se justifica irresponsablemente el ‘dominio’ incontrolado y la devastación más salvaje para el propio beneficio. Se convierte a la Naturaleza en esclava del hombre y desde ahí se autoriza todo sometimiento, atropello y explotación. Sin embargo, y esto es alarmantemente palpable, "las sociedades que únicamente se preocupan de crecer y expansionarse son, a la larga, incapaces de subsistir porque le exigen demasiado a la base humana y a su base natural, destruyendo éstas y arruinándose a sí mismas" (2). Se está produciendo un desequilibrio básico insostenible y depredador. La crisis que se establece es evidente; no es ninguna exageración decir que la supervivencia de la humanidad, de la creación, está en peligro.

3. La crisis ecológica y cultural está implicando también la crisis patriarcal

Pero además, claro está, esta comprensión jerárquica y piramidal no escalona sólo los peldaños entre lo humano y ‘lo otro’, sino que el escalafón afecta y clasifica a las personas y las separa injusta y brutalmente en clases sociales, cantidad de dinero y poder, razas diferentes (superiores e inferiores), pueblos más o menos desarrollados y, por supuesto, y no menos demoledoramente, en sexos; el uno por encima del otro, para beneficio de uno. La ‘naturaleza inferior’ de las mujeres está claramente subordinada y queda, como tal, bien presente en la conciencia y subconsciente colectivo patriarcal. El varón blanco y occidental, en su superioridad, se constituye en centro y en omnipotente ‘medida de todas las cosas’, y desde ahí controla el poder. Se establece así el androcentrismo.

Evidentemente esta apropiación de la naturaleza y de los seres, animales, personas..., produce un desequilibrio básico y no pocas veces violento, porque dominar es una forma inequívoca de apropiarse y de destruir. Todo está interrelacionado.

A mí no me suele gustar hacer listas o apartados de ‘virtudes y defectos masculinos y femeninos’; de las antiguas, las fabricadas por los varones, ya conocemos las injusticias y resultados; las nuevas, hechas desde otro ángulo, a la larga podrían resultar igualmente arbitrarias y simplistas. Sin embargo, no creo que sea casual el hecho de que el tipo de valores y de relaciones de cuya falta adolece la sociedad, el mundo, estén mucho más en consonancia con el ‘modo de ser mujer’ y matriarcal: cosmomorfismo, comunalismo, intuición, valores transpersonales, afectivos, religioso-familiares, etc., y que los que imperen sean los tenidos secularmente como masculinos y patriarcales: antropomorfismo, individualismo, desarraigo, secularización, agresividad, competitividad, racionalismo... (3).

No es casualidad tampoco el hecho de que precisamente la civilización, tradicionalmente identificada con lo masculino, acuse una desconexión acelerada con la Naturaleza y con la Tierra, identificada desde los tiempos ancestrales con la Mujer, Madre fértil. Esta ruptura es de capital importancia.

Desgraciadamente ‘el malestar de nuestra cultura’, ‘el malestar colectivo’, ‘el malestar religioso de nuestra cultura’, etc., no son slogans ingeniosos ni títulos literariamente logrados por buenos pensadores, sino que condensan una situación generalizada y planetaria que afecta a toda la Humanidad. "E1 malestar colectivo -dice P. Duvigneu- ocupa el puesto de lo que debería ser el bienestar colectivo. La biosfera se ha convertido en la tecnosfera, a menudo hostil al hombre" (4).

Algunos estudiosos, antropólogos, filósofos varones, ciertamente aún muy pocos (vgr. Thomson, Pestolazza, Ortiz de Osés, Mayr, etc.) delatan ya el hecho de que la sociedad patriarcal ha amenazado y "saqueado" el mundo ancestral y simbólico matriarcal, naturalista, y que este hecho desemboca, según ellos, en un empobrecimiento básico y en lo que llaman el "malestar de nuestra cultura", porque "tanto una agresión desde fuera como una represión desde dentro de esta estructura matriarcal-naturalista provoca en el cuerpo social, dentro y fuera, un perceptible malestar" (5).

El ecofeminismo lo delata también abiertamente y examina los esquemas simbólicos, psicológicos, éticos, paradigmáticos..., que se establecen descompensatoria y destructivamente entre los seres humanos, sexuados, y entre éstos y la Creación, y contemplan sus consecuencias (6).

En terminología china hablaríamos de la descompensación radical entre el Yang (masculino) y el Yin (femenino). En realidad, dicho en un lenguaje u otro, lo que se establece es una relación asimétrica, desigual y distorsionada entre los sexos, razas, seres, basada en el poder y la sumisión, y que perjudica a amo y a esclavo, a la totalidad, aunque a los primeros les resulta más difícil reconocerlo. Los frutos ya los estamos recogiendo. Se acusa un desajuste generalizado, imparable y devastador que arremete incluso contra la Naturaleza. La distancia acelerada entre el hemisferio Norte y el Sur, ricos y pobres..., sería sólo una parte, por cierto la más sangrante y dolorosa, eso sí, pero no la única, de las consecuencias y problemática que implica la dominación incontrolada. Las guerras o cualquier tipo de violencia irracional, ‘las purificaciones étnicas’..., el colonialismo y neocolonialismo encuentran sus raíces en el afán incontrolado de poder y de bienes económicos. Es la constante disputa por tener y dominar.

Es lógico que la discriminación más fuerte esté localizada en las mujeres que, además, muchas son negras o de cualquier otro color, pobres y pertenecientes a pueblos subdesarrollados y/o enfrentados. Ellas acarrean silenciosa y doblemente, en sí mismas, el dolor y las injusticias de este mundo y además sus posibilidades de defensa son bien reducidas: son las auténticamente privadas de voz.

Es necesario que captemos la centralidad del problema relacional en nuestro mundo, y por lo tanto, implicado, el de la relación Hombre-Mujer. La comprensión errada del mandato "dominad la Tierra" desde una visión jerárquica de la realidad, oprime a las mujeres y devasta el mundo. Es un problema global de liberación humana y como tal hay que entenderlo y plantearlo. Es un problema que se extiende a toda la creación que gime y sufre a la espera de ser liberada (Rom. 8, 23).

Un varón, Harvey Cox, lo expresa certeramente: "pienso que la destrucción de la Naturaleza lo mismo que la continuidad del dominio masculino están, hoy en día, íntegramente ligadas a un estado de ánimo igual, ansioso de lucro, que nos priva de relaciones profundas y de la experiencia directa" (7).

4. La crisis de la masculinidad

Y he querido finalizar el apartado anterior con la cita del pensamiento de un varón porque, ciertamente, no todos los varones se sienten cómodos atrapados en su imagen dominadora, adoptando modelos de una virilidad casi caricaturesca, recibidos del pasado, ahogando expresiones, emociones y sentimientos totalmente legítimos pero que pudieran ser tenidos como femeninos..., empobrecidos así en la esfera afectiva y emocional, en la relación y la comunicación.

Sin embargo algunos, aún una minoría más lúcida, son perfectamente conscientes de ello; otros comienzan apenas a despertar. Prevén un cambio y lo asumen como reto y tarea comunitaria, conjuntamente con las mujeres.

El primero que me lo comunicó, hace ya varios años, fue un joven e inteligente amigo mío. Para él la reflexión feminista, además de una necesidad indeclinable para las mujeres, era también un detonante para una toma de conciencia de la inconsciente opresión masculina. Enmarañados en su propio rol, cliché e imagen, en las ‘virtudes masculinas tradicionales’y ahí, empobrecidos, los varones buscan su propia liberación. A1 final, me explicaba, ellos son los más necesitados.

Pero esta consciencia evidentemente no está aún generalizada, y, como toda herida no desvelada, supura y se cobra víctimas. Así pues, detectamos en la civilización occidental una auténtica crisis de la masculinidad, en general no confesada, mostrada en la aparición del ‘hombre blando’, débil, pasivo, ‘afeminado’, en contraposición al ‘hombre duro’, el ‘macho’, ambos una especie de caricatura pero que, por desgracia, tienen excesivas concreciones en el hombre, varón, de carne y hueso, occidental, moderno, e incluso podemos decir que son productos típicos de nuestra civilización. Todo esto va cuestionando la masculinidad y descubriendo su crisis.

Porque los varones no sólo comienzan a interrogarse, aún veladamente, por su propia identidad, sino que sufren una profunda inseguridad, desajuste y desconcierto. El modelo vigente se está rompiendo, produciendo un dolor a menudo inconfesado. Se empieza a hablar del "malestar masculino", se inician estudios psicológicos, biológicos, los "Men’s Studies", las revistas especializadas, e incluso surgen los Movimientos de liberación masculinos, especialmente en los países nórdicos y anglosajones (8); las novelas también lo dejan sentir... Comienza una penosa y necesaria desmitificación de la masculinidad, generalmente no acabada de formular, que anuncia un final de era cultural y que debe abocar a una reconciliación, interior y exterior, profunda. Porque, como constata Elisabeth Badinter: "Cuando los hombres tomaron conciencia de su desventaja en la naturaleza (se refiere a la fertilidad), crearon un paliativo cultural de gran envergadura: el sistema patriarcal. Hoy en día, obligados a decir adiós al patriarca, deben reinventar al padre y la virilidad que comporta. Las mujeres que observan a esos mutantes con ternura, contienen la respiración" (9).

5. Una creación reconciliada exige un nuevo paradigma en las relaciones de la humanidad

La profunda sanación de la que están necesitadas las relaciones humanas, la curación ecólogica -totalizante, inclusiva- pasa por un proceso teológico, psíquico y espiritual hondo, que afecte a hombres y mujeres y a toda la creación (10). Exige un cambio, una conversión relacional radical. Convoca a la reciprocidad masculino-femenina desde el re-conocimiento mutuo, desde la diferencia plural. Es un proceso arduo, trabajoso y gratificante a la vez, que conduciría a una nueva relación terapéutica e igualitaria, desde unos valores nuevos, desde una experiencia espiritual honda que se deja abarcar por el Dios de la vida. Es indudable que este cambio incidiría en una clara mejora de nuestras relaciones con Dios.

Desde la ética y la teología se reclama más y más la misericordia, la piedad, la fidelidad, la ternura, la vulnerabilidad, la compasión..., actitudes y virtudes todas ellas tenidas como bien "femeninas", que apuntan a la esperanza de una posible curación global. El "derecho a la misericordia", la "solidaridad compasiva", la "ética de la piedad"..., expresan algo más que un vago deseo en algunos sectores. Todo ello es signo de una sensibilidad nueva que emerge aún tímidamente de una llamada a sustituir la agresividad (masculina) por la compasión solidaria y comunitaria (femenina), donde el espíritu de colaboración sustituya al de orgullosa competición.

Se vislumbra la necesidad de un cambio espiritual y cultural que afecte profundamente a las relaciones y comunicación humanas; una forma dialogal cualitativamente distinta. Es un paso de la verticalidad a una vivencia más horizontal y solidaria de las relaciones; el paso de la "complementariedad" a la alteridad y reconocimiento de la diferencia.

Las mujeres tienen aquí una aportación indeclinable que hacer para el bien de toda la creación y de la humanidad completa, pero es necesario que su voz sea escuchada y su compañía aceptada y comprendida.

Una ética realista, seria y universal, reclama un cambio básico, una conversión total en las relaciones ya muy deterioradas y empobrecidas, como primer instrumento de paz y concordia en la justicia. Las mujeres no pedimos ningún favor ni limosna, exigimos el restablecimiento de unas relaciones igualitarias y fraternales, queridas por Dios, "hombre y mujer los creó" y a las que toda la creación tiene derecho, y ofrecemos la mano de la reconciliación. Esto es mucho más que una reivindicación interesada, es una denuncia alertadora y urgente para el bien de toda la humanidad, de toda la creación. Porque el cielo nuevo y la tierra nueva escatológicos pasan por el anticipo de unas relaciones nuevas.

En palabras de Juan Pablo II: "la mujer no puede convertirse en objeto de dominio y de posesión masculina" (M.D.).

Al varón no le beneficia en absoluto seguir siendo dominador, por el contrario le envilece; a la mujer, tampoco, el ser dominada e instrumentalizada.

Es un trabajo conjunto, solidario, de liberación, que no se puede realizar en solitario. Es un aprendizaje arduo y comunitario que debemos hacer todos/as.

El movimiento "Femmes et hommes dans l’Eglise" ha acuñado y profundizado un término particularmente sugerente y expresivo: "el partenariado", un modelo paradigmático de unas relaciones hombre/mujer no jerarquizadas, más comunitarias y que sin miedos ni dominaciones se reconocen en alteridad y reciprocidad. El fundamento teológico está en el misterio de la Encarnación. En Ella Dios mismo se hace solidario, "partenaire", con los seres humanos, y establece unas relaciones nuevas en alteridad (11).

Éste es un esfuerzo urgente que hay que realizar, porque, además, una Humanidad mutilada y descompensada no sólo no beneficia a nadie sino que está abocada a la autodestrucción y al desequilibrio neurótico.

6. La Eucaristía, signo y lugar de una humanidad nueva y reconciliada

La Iglesia, santa y pecadora, participa también ampliamente de los desajustes estructurales y ambientales que hemos contemplado. La discusión sobre el sacerdocio femenino afecta tanto a las estructuras de poder y gobierno eclesiales como a su sacramentalidad, vida y misión, y su revisión supone un primer paso imprescindible y urgente para posibilitar un cambio radical y relacional del que Ella está también muy necesitada. Precisamente porque "la cuestión del sacerdocio se inscribe, como el elemento más espectacular, en un contexto más amplio, que es la pervivencia en la Iglesia de una mentalidad fuertemente patriarcal" (l2).

La Eucaristía podría y debería ser el lugar real y simbólico de la reconciliación y del reconocimiento, y signo de esa Humanidad nueva, visible, verdaderamente Cuerpo de Cristo.

Las mujeres, ciertamente, son transmisoras y cuidadoras de la vida, "guardianas de la vida" (Juan Pablo II), de la vida entera y total, es decir también de la vida del Espíritu que, al final, es la que unifica toda vida. Así pues, es particularmente doloroso y contradictorio sentir su ausencia en la comunicación y administración precisamente de la vida sacramental de la Iglesia, fuente de Vida y Salvación.

Además, "en la Eucaristía -dice San Ireneo- la Iglesia ofrece al Creador lo que es parte de su Creación", "es muy importante -continua Max Thurian- ver reconciliados en la Eucaristía el orden de la Creación y el de la Redención" (13). Pero el "orden de la Creación", como veíamos, lo estamos sustituyendo con nuestro pecado por un "justificado" desorden jerárquico y dominador de penosas consecuencias. Estos dones de la Creación, simbolizados en el pan y el vino, sabemos que están absolutamente mal distribuidos en el mundo a causa del egoísmo humano. Las mujeres, acostumbradas a repartirlos y muchas veces a "multiplicarlos", saben bien de la dolorosa escasez en más de dos tercios de las mesas del mundo... No sería una concesión a una simbología más o menos romántica el aceptarlas plenamente en la ofrenda de estos dones amasados con lágrimas, también con las de las mujeres, para que el Espíritu (Ruah femenino) los transforme en Cuerpo y Sangre de Cristo entregado para la Salvación del mundo. Éste es el acto cósmico y reconciliador de la Humanidad con Dios y con el universo.

"La Iglesia tiene necesidad, hoy, de recuperar la visión cósmica, ecológica, positiva y optimista de la Eucaristía y celebrarla en una liturgia que exprese la alegría del cielo en la tierra y la espera del festín en el Reino de Dios" (14). Sin embargo no es fácil, entendiendo el aspecto cósmico y ecológico como lo hemos explicado anteriormente, que esto se realice expresiva y significativamente mientras existan discriminaciones dentro de Ella; es decir, su visibilidad y significación no será clara hasta el día en que la Iglesia ensanche la mesa eucarística del altar y considere ahí a las mujeres no sólo como comensales de pleno derecho sino reconociendo en ellas la posibilidad de que, como María, hagan presente a Cristo en el mundo, transformando los dones creados en su Cuerpo para la reconciliación de este mundo dividido. En ese Cuerpo está asumida la Humanidad entera que Cristo ha querido reconciliar bajo la Cruz.

El festín eucarístico podría ser así mucho más claramente un signo y anticipo de aquellas relaciones igualitarias y fraternas del Reino que en Él se proclama.

Pero retomemos a María, la de Betania, realizando aquel gesto profético y sacramental sobre el Cuerpo de Jesús, ungiendo a Cristo Rey, Sacerdote y Profeta, "como se realiza en los sacramentos". Esa unción fue recibida por el mismo Jesús sacramental y litúrgicamente, como "memoria", " en memoria de ella ", y anuncio que anticipaba su muerte, como la Eucaristía que fue instituida precisamente para anunciar y rememorar la muerte del Señor. María ungía y preparaba así su Cuerpo para el gran sacrificio que las mujeres, junto a su Madre co-oferente, presenciaron activamente bajo la Cruz. Ellas, verdaderos testigos de la "gran Misa del Mundo", pueden decir con toda verdad: "anunciamos tu muerte" y, cumpliendo el mandato del mismo Jesús: "proclamamos tu Resurrección".

La auténtica comunión con Cristo nos sitúa en comunión con toda la Creación de la que Él es Alfa y Omega. Es el ágape, relación de amor y constitutivo de justicia.

Quisiéramos que la Eucaristía, presidida y animada por hombres y mujeres, fuera verdaderamente el lugar simbólico y expresivo de esa anhelada reconciliación humana, en la que hombres y mujeres, re-conocidos, re-encontrados mutuamente, se solidaricen por completo en la Iglesia para salvación del mundo y como signo y anuncio de una creación pacificada. Porque "la Humanidad no puede reconocerse a sí misma más que en la perfecta identidad de lo masculino y lo femenino como imagen de Dios" (15), y lo que es mucho más serio, difícilmente Dios podrá reconocerse en una Humanidad partida.

7. Otras cuestiones respecto al sacerdocio femenino

Además se pueden aportar otras razones para incluir a las mujeres en el orden sacerdotal o presbiteral e incluso diaconal; por ejemplo, la enorme escasez de sacerdotes, especialmente, aunque no sólo, en los países del Tercer Mundo, y todo lo que esto comporta. También los varones laicos acuden en mucho menor número a la Iglesia y son aún menos los que se comprometen en tareas eclesiales y apostólicas. Son éstas unas cuestiones pastorales de máxima urgencia y que necesitan soluciones efectivas y no "parches". Pero, ¿sería ésta otra situación que empuje solamente por necesidades inmediatas? Es verdad que se está tratando de subsanar el "bache" pero, ¿por qué las mujeres, y especialmente las religiosas, están realizando unas tareas de "emergencia" sin ser verdaderamente reconocidas? Porque, como decíamos en otro apartado, ni siquiera se les reconoce oficialmente en el Derecho Canónico la posibilidad de ser lectoras, acólitas ni cualquier otra función.

Ésta es otra flagrante contradicción eclesial; ¿por qué se les permite el quehacer y no se les otorga el reconocimiento?... Es cierto que las mujeres realizan estas funciones con entusiasmo apostólico y, en general, están demostrando no sólo un gran sentido de responsabilidad, abnegación y espíritu de servicio, sino que las afrontan desde una gran intuición espiritual y una sensibilidad creativa y profunda.

A pesar de todo es un hecho el que la Iglesia se empobrece clamorosamente por la carencia de una aportación femenina más plena y corresponsable, no sólo a niveles pastorales, sino también en la teología y la liturgia, en el gobierno eclesial, en las estructuras...; se acusa realmente esta falta de mujeres en las decisiones, orientaciones, espiritualidad, en el ser mismo de la Iglesia. Todas ellas son razones importantísimas y es necesario tenerlas muy en cuenta en un mínimo realismo eclesial. Las mujeres no son ni mejores ni peores que los varones, son diferentes y desde ahí han de aportar para el enriquecimiento del Cuerpo total de Cristo. La falta de esta aportación produce un desnivel.

Sin embargo, y como hemos ido comprobando, las razones para la ordenación de las mujeres tocan más el fondo y brotan de una visión más completa y justa del Evangelio y son una llamada desde la necesidad de un auténtico reajuste de las relaciones humanas, hombre y mujer, razas, pueblos.... que la Iglesia, desde una profunda escucha del Espíritu, debe ayudar a reconducir, empezando, claro está, por una modificación radical en sí misma, por razones de coherencia y efectividad real.

Cierto que la ordenación de las mujeres no significaría la "panacea de todos los males", pensar así sería simplista e incluso injusto e irreal. Pero, por supuesto, es el paso primero, visible, eficaz y absolutamente indispensable para recomenzar la "comunidad de iguales que Jesús quería" (l6), en una "casa común" más acogedora, que debe ser la Iglesia, y un tipo de relaciones más cálidas, cercanas e igualitarias, de las que nuestro mundo, universo e Iglesia tanto necesitan. La ordenación de las mujeres supone una primera y básica integración en una estructura, que después deberá ser consecuente con el paso realizado.

Consecuentes todos/as, cierto, hombres y mujeres, en una tarea compartida que supone mucha comprensión, valentía, escucha, sabiduría y amor..., fidelidad y apertura al Espíritu de Dios, que, eso sí, nunca ha negado su asistencia, impulso y energía..., y que está siempre activo en el mundo y en la Iglesia. Él es la fuente más profunda de vida y de relación.

8. En diálogo ecuménico

En un diálogo ecuménico en el sentido total de la palabra, es decir, con toda la Creación y, por supuesto, con las otras confesiones cristianas, la mayoría de las cuales ya ordenan a las mujeres como pastoras; éste puede y debe ser también camino de búsqueda y de reconciliación. Éste será el tema de la segunda parte del libro.

Pero no quiero dejar de constatar un hecho ecuménico que me parece importante. En mayo de 1989, se encontraron en la Asamblea de Basilea las diferentes confesiones cristianas, incluidos los católicos, bajo el lema "paz con justicia"; un valiente y religioso compromiso de las Iglesias en la salvaguarda e integridad de la Creación, un aliento de esperanza desde una escucha comunitaria del Espíritu. La cuestión de las mujeres no estuvo ausente. Todas las Iglesias presentes reconocieron el pecado de sexismo imbricado en ellas mismas y propusieron unas líneas de conversión. Creo que es muy útil recordarlas tratando de comprender el alcance real de sus implicaciones y pedir que no queden en bellas proclamaciones:

Convertirse a Dios significa, en la actualidad, comprometerse a superar:
- Las divisiones entre hombres y mujeres en la Iglesia y en la sociedad.
- El escaso aprecio y la mala comprensión de la indispensable contribución de las mujeres.
- Los papeles y estereotipos que ideológicamente se señalan para hombres y mujeres.
- La negativa a reconocer las capacidades de las mujeres en la vida y en los procesos de toma de decisión en las Iglesias.
Para entrar en una nueva comunidad de hombres y mujeres en la Iglesia y en la sociedad, en la que las mujeres compartan la plena responsabilidad a todos los niveles con los hombres y aporten libremente sus talentos, sus percepciones, sus valores y sus experiencias (17).

Es un deber de las mujeres recordar, promover y patentizar todas estas ideas, porque hay que llegar a consecuencias valientes y coherentes y para que se opere el cambio que deseamos, y esto por amor a la Iglesia, por amor a la Humanidad, aunque, a veces, resultemos incómodas.

A modo de breve conclusión

Un obispo norteamericano, en visita pastoral, preguntó a los chicos y chicas que se preparaban para la confirmación: "¿Cuántos sacramentos hay en la Iglesia Católica?" Una chica respondió con convicción: "Son siete sacramentos para los chicos y seis para las chicas" (l8). El obispo quedó muy desconcertado, aquello era demasiado claro, no esperaba tal respuesta y le faltaban las palabras...

A veces lo evidente descoloca y desconcierta. Quizás a lo largo de estas páginas lo que ha quedado más de manifiesto es sencillamente la constatación de que algo no funciona y de que podemos encontrar otros datos diferentes y otras perspectivas.

Pero como bien sabemos, el Espíritu no permanece inactivo ni en la Iglesia ni en nuestros corazones.

 

 

1. R. M. RADFORD RUETHER, New Woman, New Earth: sexist ideologies and Human Liberation, San Francisco 1975; A. PRIMAVESI, From Apocalipse to Genesis, Ecology, feminism and christianity, Kent 1991; J. MOLTMANN, La justicia crea futuro. Política de paz y ética de la creación en un mundo amenazado, Santander 1992; M. HEBRARD, Feminité dans un nouvel âge, París 1993, y otros.

2. J. MOLTMANN, o.c. p. 26

3. Cfr. A.ORTIZ OSES/F.K.MAYR, EI Matriarcado Vasco, Bilbao 1981, pp. 73 y otras.

4. P. DUVIGNEU, La sinthèse ècologique, París 1980, p. 331

5. A. ORTIZ DE OSES/F. K. MAYR, o. c. p. 71

6. Además de las obras citadas, V. S. STAYING ALIVE, Women, Ecology and development, London 1989; R. M. RADFORD RUETHER, Reweaving the World: the emergence of Ecofeminism, San Francisco 1989...

7. H. COX, L’Appel de l’Orient, Seuil 1979.

8. El primero nació en los Estados Unidos, 1969, en Alemania surgió otro en 1972, y después otros con nombres semejantes a "Movimiento de Liberación del hombre (varón)".

9. Para ver a fondo este tema particularmente importante: E. BADINTER, XY la identidad masculina, Madrid 1993; J. P. SIMONEAU, Repertoire de la condition masculine, Québec 1988; J. DEBBERT, A Mans’s Place: Masculinity in transition, New York 1979; C. CASTELAIN-MEUNIER, Les hommes aujourd’hui. Virilité et identité, Acropole 1988; M. HEBARD, o. c., etc.

10. R. M. RADFORD RUETHER, Gaia and God: An Ecofeminist Theology on Earth, San Francisco 1992.

11. Cfr. los boletines Femmes et hommes dans l’Eglise, 68 rue de Babylone 75007 París.

12. R. AGUIRRE, La comunidad de iguales y diferentes que Jesús quería, Sal Terrae, marzo 1993.

13. Adv. Haer. IV, 18, 4, citado por M. THURIAN, el Misterio de la Eucaristia, un enfoque ecuménico, Barcelona 1983, p. 33.

14. Ibidem.

15. G. LAFONT, Dios, el tiempo y el ser, Salamanca 1991, citado por T. LEÓN, "Sacramentos", AA.VV. Diez mujeres escriben teología, Estella 1993, p. 343.

16. Título del artículo citado de R. AGUIRRE, Sal Terrae, o.c.

17. Documentación de la Asamblea Ecuménica europea, Basilea, 15-21 de mayo de 1989, Madrid 1990.

18. New Women, New Church, WOC, 1993.

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