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IGLESIAS ORTODOXAS: RECHAZO CASI ABSOLUTO
CAPÍTULO SEGUNDO

Iglesias Ortodoxas: Rechazo Casi Absoluto

por María Salas

1. Postura oficial

Las Iglesias ortodoxas son varias y autocéfalas, es decir, no reconocen una autoridad superior común a todas sino que cada una tiene su propia autoridad suprema. Además, existen entre ellas notables diferencias, puesto que viven en culturas muy dispares y en situaciones tan diversas como las que se derivan de ser Iglesia oficial en Grecia, minoritaria en Egipto, solamente tolerada en Rusia durante muchos años, dispersa en Occidente, etc.

Sin embargo, respecto a la ordenación de mujeres, parecen mantener una postura de rechazo monolítica y unánime. Por lo menos esto muestran los documentos oficiales y las declaraciones públicas. Elisabeth Behr-Sigel, teóloga ortodoxa, nacida en 1907 en Estrasburgo, que ha sido profesora en París en el Instituto S. Sergio y en el Católico, se queja de que "los ortodoxos parecemos a menudo los adversarios más inflexibles de un sacerdocio femenino" (l).

2. Argumentos oficiales y autoridades

Los argumentos que las Iglesias ortodoxas esgrimen para no ordenar mujeres son bastante semejantes a los esgrimidos por la Iglesia Católica durante muchos siglos, argumentos que han sido analizados en la primera parte de este libro.

La diferencia es que, en el caso de la Ortodoxia, a primera vista, hace el efecto de que no hay avance ya que casi no aparecen teólogos y/o teólogas que reflexionen y emitan sus opiniones sobre la cuestión.

El teólogo Evangelos Theodorou, de la Iglesia bizantina, en un artículo sobre el que volveremos más adelante (2), recoge algunos de los testimonios clásicos que se utilizan para excluir a la mujer del sacerdocio. En primer lugar, cita a varios Padres de la Iglesia. A S. Ireneo, que rechaza el sacerdocio de la mujer porque Eva fue la causa de la caída del género humano. A Tertuliano, del que cita en latín el texto clásico completo: "No se permita a la mujer hablar en la Iglesia, ni tampoco enseñar, bautizar, ofrecer el sacrificio ni reivindicar aquella función sacerdotal que es propia del varón". A Orígenes, que les prohíbe predicar pero les permite enseñar a otras mujeres, especialmente a las jóvenes. A S. Epifanio, que aduce una prueba muy utilizada aún hoy: "si la mujer hubiese sido llamada al sacerdocio también María habría tenido funciones sacerdotales en el Nuevo Testamento... Pero no tuvo esta gracia".

Theodorou añade textos del Didascalia y de las Constituciones Apostólicas que prohíben expresamente a la mujer enseñar en público y bautizar. Y esto por una razón: "si la cabeza de la mujer es el hombre no es justo que el resto del cuerpo esté sobre la cabeza".

A estos y otros testimonios suma Theodorou la autoridad casi canónica alcanzada en Occidente por el Decreto Graciano. Todo ello y otros argumentos parecidos han contribuido a excluir a la mujer del sacerdocio.

Pero, aunque Theodorou no lo dice expresamente, sabemos que el rechazo de la Iglesia ortodoxa no se debe sólo al peso del pasado. Aún en nuestros días aparecen defensores nuevos de esta postura de rechazo con argumentos similares o actualizados con cierto ingenio.

Evdokimov, uno de los autores ortodoxos más prestigiados, incluso en el mundo católico, en un libro muy conocido (3), aboga por la clara distinción entre carismas propios de la mujer y los propios del varón. Reclama una dignidad excelsa para la mujer, pero le asigna un papel de servicio oculto. El modelo de la mujer es María, y Evdokimov se encarga de recordarnos que "la Virgen no tiene nada de obispo...". Se podría replicar diciendo que quizá fuera conveniente que el obispo tuviera algo de María, puesto que está llamado a ser el padre/madre de la comunidad.

La posibilidad de que la mujer acceda al sacerdocio la rechaza Evdokimov terminantemente con esta frase lapidaria: "la mujer no puede ser sacerdote sin traicionarse a sí misma".

Para Evdokimov el sacerdocio es una función masculina de testigo: el obispo atestigua la validez de los sacramentos y detenta (la traducción española usa ese verbo) el poder de celebrarlos; posee el carisma de velar por la pureza de la tradición y ejerce el poder pastoral. En cambio, el ministerio de la mujer no se sitúa en las funciones sino en su naturaleza. Puestas así las cosas, este autor no deja el menor resquicio para que la mujer pueda acceder al sacerdocio.

3. Situación adversa para la mujer

En la comunidad ortodoxa no existe un movimiento en favor de la ordenación de mujeres. En los países en que es mayoría tampoco existe un movimiento feminista fuerte aunque en algunos una minoría de mujeres luchen duramente por su liberación.

Ello se debe a diversos factores (4). En primer lugar al hecho de que en el Este europeo, mundo propio de la ortodoxia tradicional, la mujer todavía vive en una fuerte subordinación al varón, subordinación que la mayoría de las mujeres han interiorizado, de tal forma que no sienten rebeldía ni aspiran a cambiar las cosas.

En segundo lugar, durante decenios muchos de los países ortodoxos, Rusia, Rumania, Bulgaria, han vivido bajo unos regímenes totalitarios que no toleraban la menor rebeldía ni la introducción de ideas nuevas. Como consecuencia, las mujeres, aun las más comprometidas, se enfrentaban con problemas tan acuciantes que se veían obligadas a establecer otros objetivos prioritarios más urgentes.

En cualquier caso, entre las mujeres del mundo ortodoxo, hasta ahora, no se detecta un clima generalizado de insatisfacción respecto al puesto que ocupan en sus Iglesias, un deseo de cambiarlo y una reflexión teológica que se encamine hacia esa finalidad.

Muy al contrario, en algunos encuentros de mujeres cristianas, sorprende que las ortodoxas, en general, se mantienen con los ojos vueltos al pasado y citando sólo textos y autores antiguos como si la reflexión teológica hubiera quedado anclada en un momento histórico.

Sin embargo, conocemos mujeres teólogas ortodoxas que reflexionan sobre esto y otros asuntos y representan, quizá, una corriente subterránea que en cualquier momento puede emerger incluso con fuerza. E. Behr-Sigel nos descubre que una pequeña minoría de ortodoxos, laicos y clérigos, hombres y mujeres, están dispuestos a seguir la búsqueda, sin miedo a la verdad, aun cuando ésta perturbe y altere sus formas de pensamiento.

4. Algo empieza a moverse

Por lo tanto, algo empieza a moverse en el mundo de la ortodoxia aunque no siempre salga a la superficie. El diálogo ecuménico, entablado dentro del CEI, en el que los ortodoxos han participado desde el principio, favorece esta nueva disposición, ya que cada Iglesia debe esforzarse por explicar a las otras su postura. Para ello se ve obligada a profundizar en sus argumentos y a presentarlos de forma convincente.

La primera reacción de los ortodoxos (5) ante el debate ecuménico sobre la ordenación de la mujer, propuesto por otras Iglesias cristianas, fue eludir el problema "calificándolo de inexistente e inoportuno", ya que, efectivamente, en su ambiente la cuestión ni siquiera se había planteado. Sin embargo, invitados oficialmente a responder, las Iglesias ortodoxas miembros del CEI decidieron encargar la exposición del punto de vista ortodoxo a un canonista rumano y a un teólogo de Antioquía. Ambos coincidieron en el rechazo y ambos basaron su argumentación en textos de S. Pablo, conocidos por ser particularmente adversos a la mujer.

En la reunión ecuménica de Klinghental (6) participaron ortodoxos de diferentes países: Francia, Grecia, Estados Unidos, Rumania, Suiza. Tres mujeres, dos obispos y un teólogo. Sus puntos de vista reflejan situaciones y preocupaciones diferentes entre sí.

Algunos parecen a la defensiva, como el obispo de la Iglesia copta ortodoxa que afirmó: "Aun antes de pentecostés, las mujeres participaban en la vida de la Iglesia y en su servicio. Las cuatro hijas de Filipo profetizaban. También había diaconisas y viudas. La Iglesia de hoy mantiene ininterrumpida esta tradición: tenemos mujeres que predican en la escuela dominical; tenemos diaconisas que ayudan al sacerdote en el bautismo de mujeres y en otras competencias".

Por su parte, una ortodoxa norteamericana opinó que "para nosotros, la cuestión no es tanto la ordenación de la mujer, sino poner en evidencia las cuestiones teológicas que están en juego como la antropología, la naturaleza de Dios como Trinidad, la naturaleza de Cristo y la Encarnación, la naturaleza del sacerdocio y sus funciones". Esta misma participante añadió: "Entre las mujeres ortodoxas de los Estados Unidos hay posturas extremas. Algunas sufren por las supersticiones que las consideran seres impuros, mientras otras son capaces de dar clases de religión e incluso de predicar".

En los Estados Unidos, la posición de las mujeres ortodoxas va cambiando por la vía de los hechos. Algunas han sido elegidas para formar parte del consejo parroquial local aunque no pueden acceder a niveles superiores de la organización de su Iglesia. La mayor educación que reciben ahora los laicos en las parroquias y los estudios teológicos que algunas mujeres han emprendido facilitan el proceso de cambio.

En Klighental se consideró que era urgente examinar la cuestión de la mujer en relación con el ministerio, dentro del marco más amplio de la historia de los dogmas, los primeros concilios y la realidad de hoy día, todo ello en referencia a la participación de las mujeres y los hombres en la sociedad y en la Iglesia.

Uno de los participantes ortodoxos pidió fijar la atención en dos puntos clave:

A) en la Iglesia ha habido siempre muchos ministerios, no sólo el ministerio ordenado.

B) forma parte de la tradición de la Iglesia conservar la unidad dentro de la diversidad.

Son dos puntos que el ecumenismo ha asimilado totalmente y que se reflejan en el documento base sobre el Bautismo, la Eucaristía y el Ministerio (BEM).

5. Consulta interortodoxa de Rodas

Con la intención de conseguir un acuerdo interno entre las Iglesias ortodoxas, el Patriarcado ecuménico de Constantinopla tomó la iniciativa de organizar una consulta interortodoxa para analizar el papel de la mujer en la Iglesia y la cuestión de la ordenación de mujeres (7).

La consulta se celebró en Rodas del 30 de octubre al 7 de noviembre de 1988 y en ella se elaboraron unas conclusiones de gran importancia, por varias razones:

- con mayor o menor representación, en Rodas estuvieron presentes todas las Iglesias relevantes de la ortodoxia, ya fuera con delegados oficiales o con asistentes a título particular.
- los teólogos presentes, aproximadamente sesenta, no eran sólo obispos y clérigos sino que había también laicos.
- por primera vez en la historia de la Iglesia ortodoxa, participaron 18 mujeres en una reunión de este nivel eclesial.
- las mujeres no sólo intervinieron en el debate sino que tuvieron derecho a voto, igual que cualquier participante. Alguien se encargó de hacer notar que el voto de una mujer tenía el mismo valor que el de un obispo.
- las Conclusiones, "aunque no tienen la autoridad de una declaración conciliar, son sin embargo el resultado de una tentativa seria de reflexionar sobre la cuestión de la ordenación de las mujeres, situada en el contexto más amplio de las relaciones del hombre y la mujer dentro de la Iglesia, según la voluntad de Dios que es a la vez Creador y Redentor".

6. ¿Por qué no el diaconado?

En el diálogo ecuménico se considera que las Iglesias ortodoxas podrían acercarse a las otras Iglesias cristianas que ya ordenan mujeres restaurando el diaconado femenino como punto de partida. Sobre esto no hay ninguna dificultad teológica ni pastoral aunque persisten algunas resistencias culturales y psicológicas. Incluso son todavía válidos los ritos que existen desde el segundo concilio de Calcedonia.

Evangelos Theodorou en el artículo citado más arriba (8) plantea muy rigurosamente la cuestión. El autor se centra en el estudio del diaconado femenino sin entablar polémica sobre el sacerdocio de la mujer porque, según dice, la crítica de los argumentos partidarios del rechazo sobrepasa los límites de su artículo.

Theodorou establece claramente que el diaconado femenino ha existido en la Iglesia durante muchos siglos. El testimonio de su existencia lo encontramos en los escritos de los Padres de la Iglesia, tanto de Oriente como de Occidente, en los escritos históricos, incluso en algunos no cristianos, en los cánones de los concilios, en los textos litúrgicos, en la iconografía, en las inscripciones fúnebres. Todos estos testimonios se desarrollan en la época patrística y se mantienen, aunque en declive, hasta el final de la época bizantina. En Oriente todavía hoy quedan algunos residuos de esta institución en los monasterios femeninos y en algunas comunidades aisladas.

Como nadie pone en duda la existencia histórica del diaconado femenino, tiene mayor interés el estudio que hace Theodorou para defender que el diaconado femenino históricamente fue igual que el diaconado masculino. Para demostrarlo ofrece una serie de pruebas.

Las diaconisas eran ordenadas por el obispo en una ceremonia análoga a la de los diáconos. El rito seguido era similar en todo al que se seguía en la ordenación del clero superior (diáconos, presbíteros, obispos) porque se celebraba durante la celebración litúrgica. Lo que no ocurría en el caso de las órdenes menores. Durante la celebración, la futura diaconisa se sitúa delante del iconostasio y, exactamente igual que los futuros diáconos, es conducida ante el obispo que le impone las manos diciendo sobre ella dos oraciones y no una sola como en el caso de las órdenes menores.

La ordenación de la diaconisa es diferente de la del diácono solamente en detalles mínimos, por ejemplo, mientras él apoya la frente en el altar y dobla la rodilla derecha, ella permanece de pie.

La diaconisa ya ordenada se incorpora al clero y en las ceremonias ocupa un lugar de honor, detrás del obispo, el presbítero y el diácono, y antes del subdiácono. Existen diferentes documentos que confirman esta prioridad. Durante el ofertorio se sitúa a la izquierda del presbítero en posición análoga a la del diácono que se sitúa a la derecha.

De toda su exposición, Theodorou deduce que "la ordenación de diaconisas era en la Iglesia la única clase de ordenación de mujeres, con la cual se creaba el único grado del clero femenino... Esta ordenación, respecto a la del diácono, tenía un carácter específico, porque no era promoción desde el grado inferior (subdiácono) y tampoco ofrecía la posibilidad de acceder al grado superior de presbítero u obispo".

Este autor piensa que la restauración del diaconado femenino en la Iglesia ortodoxa y en otras Iglesias cristianas puede suscitar situaciones pastorales nuevas que ayudarán a enfocar más correctamente el problema de la ordenación de mujeres.

Sería necesario aclarar, dice él, si el carisma que se pide en el rito de ordenación de la diaconisa es diferente sólo cuantitativamente del carisma del obispo y el presbítero, o se trata de una diferencia permanente, cualitativa, esencial. Una cuestión que conviene analizar mediante el estudio y la reflexión.

7. Buscar la verdad

El Metropolita Antonio de Sourge, de origen ruso y cultura científica occidental, que, bajo la jurisdicción del Patriarca de Moscú, se ocupa de la comunidad ortodoxa en Gran Bretaña, en una ocasión hacía esta recomendación a Elisabeth Behr-Sigel, que se disponía a participar en un coloquio ecuménico: "No hables en nombre de la Iglesia, sino más bien en nombre de la verdad". Y en otra ocasión: "Esto (la cuestión de la ordenación de la mujer) exige de nosotros una liberación interior y una comunión profunda con la Visión y la Voluntad de Dios, en un silencio orante" (9).

Ella ha asimilado bien estos consejos. Desde la madurez de los años y de la fe, aboga porque se profundice en el tema con espíritu de paz, de ausencia de temor y de amor a la verdad. No se trata, dice, de tener razón frente al otro sino de prestar atención a la verdad de la que puede ser portador. En el campo de la teología se debe tender también a la calma (apatheia) tan querida por los padres del desierto.

La postura oficial de las Iglesias ortodoxas sigue siendo la de no aceptar la ordenación de las mujeres, pero que algo va cambiando lo refleja la sorprendente declaración realizada por el Metropolita John de Pérgamo en la V Conferencia de Fe y Constitución, celebrada en Santiago de Compostela, en agosto de 1993: "Cuando uno ve a una mujer celebrando una Eucaristia se halla en presencia de una diferencia más que se añade a las que ya tenemos. Y no hablo de una cuestión teológica insalvable, sino más bien de una cuestión de índole psicológica, que exige un estudio teológico más profundo, sin excluir que algún día se pueda llegar a ello" . (l0)

 

 

1. BEHR-SIGEL, ELISABETH: "L’ordinazione delle donne: un problema ecumenico", en Donna e ministero. Edizione Dheoniane. Roma 1989.

2. THEODOROU, EVANGELOS: Donna e ministero. Edizione Dheoniane. Roma 1989.

3. EVDOKIMOV, P.: La mujer y la salvación del mundo. Ediciones Ariel. Barcelona 1970.

4. BEHR-SIGEL. op.cit., págs. 125-126.

5. BEHR-SIGEL, op. cit., pág. 123 y ss.

6. PARVEY, C. F., op. cit., pág.13 y ss.

7. BEHR-SIGEL, op. cit., pág.133 y ss.

8. THEODOROU, E., op.cit., pág. 104 y ss.

9. BEHR-SIGEL, op. cit., pág. 121.

10. Cita de J. Ga HERNANDO en Pastoral Ecuménica, n. 30, sept.-dic. 1993.

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