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LA EXPERIENCIA DE LAS ORDENADAS
CAPÍTULO QUINTO

La Experiencia de las Ordenadas

por María Salas

Como hemos visto, muchas Iglesias cristianas admiten a las mujeres a la ordenación, algunas incluso desde el siglo pasado. En todo este tiempo ellas y sus comunidades han ido acumulando una rica experiencia. En varias reuniones ecuménicas se ha hablado de recoger dicha experiencia a través de un análisis metódico; sin embargo, que nosotras sepamos, este proyecto nunca ha sido llevado a término.

Dentro de los límites de nuestras posibilidades hemos querido consultar a varias mujeres ordenadas de diversas Iglesias y países de Europa para conocer sus puntos de vista sobre la cuestión. Con este fin hemos enviado un cuestionario a diferentes pastoras con las que hemos podido contactar directamente o a través de amigos comunes.

Recibimos 25 respuestas de 6 países diferentes: Austria, España, Francia, Gran Bretaña, Irlanda, Suiza, procedentes de Iglesias distintas: Anglicana, Presbiteriana, Metodista, Evangélica y Luterana. A través de estas respuestas se perfilan líneas comunes que vamos a tratar de exponer.

1. Tiempo de ordenación

El tiempo que llevan ordenadas es muy variable, desde una pastora que fue ordenada en 1947 hasta otra que ha recibido las órdenes el año 1993. Por lo tanto la situación vivida y la experiencia acumulada son muy distintas. Lo más frecuente es tener de 4 a 6 años de antigüedad.

Sin embargo, en su mayoría, aun contando las que llevan poco tiempo en esta situación, son mujeres adultas con gran experiencia de trabajo en su comunidad. Algunas, como las anglicanas, no han podido acceder al ministerio hasta muy recientemente, otras no han sido aceptadas antes o no tenían los estudios requeridos. Una afirma expresamente que es una vocación tardía.

2. Condiciones requeridas

Casi todas contestan que se les han exigido las mismas condiciones que a los colegas varones. Otras especifican los estudios requeridos y los realmente cursados, porque, en ciertos casos, las interesadas tienen más titulación de la exigida. Es difícil comparar las respuestas ya que en cada país las titulaciones llevan una terminología diferente. En su mayoría tienen estudios de rango universitario.

Casi todas han sido presentadas o recomendadas por su comunidad local porque así lo exigen las normas de sus Iglesias. Además de los estudios realizados en los centros correspondientes, casi todas han superado un período de prueba más o menos largo, de hasta dos años en algunos casos. Varias han debido pasar una o más entrevistas con su obispo o con una comisión de selección.

El hecho de que sean elegidas por su propia comunidad hace que previamente se hayan dado a conocer por su dedicación y trabajo.

3. Funciones que ejercen

Todas afirman unánimemente que tienen las mismas competencias que sus colegas varones, algunas incluso lo enfatizan al escribir "exactamente las mismas".

Es un fenómeno curioso porque, al contestar otras preguntas del cuestionario, resulta que en todos los casos aparece algún reparo. Puede explicarse esta aparante discrepancia entendiendo que en teoría tienen asignadas las mismas funciones, aunque la práctica va por otro camino, lo que no resulta demasiado sorprendente porque en el mundo de la mujer éste es un hecho muy frecuente. La mujer ha adquirido legalmente todos los derechos pero la discriminación sigue actuando por los caminos más diversos.

Las desigualdades se notan especialmente en dos aspectos: en el acceso a los cargos de responsabilidad y en el menor estímulo que recibe la mujer.

En el primer aspecto, las pastoras en general son destinadas a comunidades menos importantes y dentro de ellas se les encomiendan los sectores desfavorecidos: ancianos, amas de casa, enfermos, etc. Pocas veces son responsables de parroquias y mucho menos acceden a cargos de mayor responsabilidad. En general, son auxiliares de pastores varones o trabajan en comunidades marginales. Podría entenderse el fenómeno por la relativamente menor experiencia de las mujeres, dadas sus fechas de ordenación, pero una afirma taxativamente que colegas más jóvenes han sido destinados a puestos más cualificados.

La mayoría se quejan de no ser tenidas en cuenta ni en los debates ni a la hora de tomar decisiones. Se quejan también de verse obligadas a demostrar su valía y competencia en una forma que no se les exige a los varones.

La falta de suficiente estímulo y apoyo aparece en casi todos los cuestionarios. Viene consignada como carencia y como aspiración. Estas pastoras sienten que no tienen las mismas oportunidades que sus colegas varones y que en muchos casos su Jerarquía las admite pero no las sostiene adecuadamente. Experimentan la sensación de tenerse que abrir camino por sí mismas, de ser toleradas más que deseadas.

Un problema adicional para las casadas es la necesidad de tener que soportar, además, las cargas familiares casi en exclusiva. Desean que se distribuya mejor el trabajo en la comunidad porque, al ser las auxiliares del pastor, recaen sobre ellas demasiadas tareas.

Una expone que este problema sería también de los pastores casados si de verdad quieren cumplir con sus obligaciones familiares. Lo que sucede es que a la mujer se le exige mayor dedicación a la familia y las ausencias del hogar de la esposa y de la madre se ven más negativamente que las del esposo y del padre.

4. Aceptación

Todas se sienten aceptadas por su comunidad. Algunas califican esta aceptación de extraordinaria y una de "abrumadora". Otra dice que la consideran "su ministro".

Respecto a la aceptación de los colegas varones las respuestas son más matizadas. En general se sienten bien acogidas por ellos. Algunos son "particularmente atentos, a menudo los que tuvieron dudas iniciales". Pero hay excepciones, los fundamentalistas de algunas Iglesias cuestionan la autoridad de las mujeres.

Varias exponen que en su Iglesia (la Presbiteriana) algunos hombres están intentando persuadir a la Asamblea General de la conveniencia de volver atrás en la decisión de ordenar mujeres.

Una se lamenta de que en su comunidad dos clérigos no comulgan cuando ella cerebra.

5. Motivaciones

Las respuestas a esta pregunta presentan una peculiaridad digna de destacarse. En ningún momento se expresa ni se trasluce el menor síntoma de deseo de poder ni de espíritu reivindicativo de unos derechos que no se reclaman.

La mayoría habla de "llamada de Dios"; "fuerte llamada de Dios"; "convicción de que Dios me llama"; "gradual aceptación de que Dios quería de mí esta forma de mostrar mi fe"; "la seguridad de que Dios me lo pide"; "un tirón ineludible".

Se expresa también el deseo de comunicar la fe a otros: "el deseo de ayudar al pueblo a encontrar la fe en Dios y la experiencia de su presencia en la vida cotidiana"; "pasión por la Palabra y deseo de trasmitirla; "deseo de revelar al Dios del amor, teniendo a Jesús como ejemplo de cómo y quién debe ser revelado"; "deseo de comunicar el Evangelio de la reconciliación en la dividida Iglesia de Irlanda".

Queda patente el espíritu de entrega y de servicio. Tampoco se expresan intempestivos sentimientos de humildad que a veces esconden el sentimiento de saberse colocado en un nivel superior. Para estas mujeres todo parece sencillo.

6. Lo que reciben

Estas pastoras aprecian el privilegio de poder celebrar los sacramentos; el de estar con el pueblo, en nombre de Cristo y de la Iglesia, en sus momentos de crisis; el de encontrarse con la gente a un nivel más profundo; el de vivir intensamente el servicio y el de compartir.

Algunas valoran las mayores posibilidades que tienen para realizar estudios sistemáticos, de poder emplear tiempo en el estudio de la Biblia, de profundizar ciertas materias, de aumentar sus conocimientos.

Otras, por el contrario, piensan que la ordenación no añade apenas nada ("so very little"). La ordenación, explican, no me hace diferente, me da mayor responsabilidad de seguir a Cristo en el servicio a Él y a los otros.

No aparece aquí tampoco el, por algunos tan temido, afán de poder, deseos de incrustarse en los altos niveles eclesiásticos, ni la lucha por ningún privilegio.

Simplemente se muestra un anhelo de ser útil, de servir. Naturalmente esto no quiere decir que no puedan existir otras motivaciones ocultas o ignoradas, pero no parecen ser las más relevantes.

7. Lo que aportan

Las pastoras piensan que aportan fundamentalmente dos cosas: amistad y experiencia de vida. Les parece que ellas establecen lazos de amistad más fácilmente que los varones porque han vivido una experiencia de marginación que les ayuda en su relación con el pueblo. Por otra parte, son más capaces de apelar a los sentimientos y no sólo al razonamiento. Ofrecen amor, alegría, paz.

La experiencia de su vida les hace también más cercanas a los problemas cotidianos de las personas, más prácticas y más realistas.

Varias dicen que están atentas a hacer la liturgia más accesible y viva, menos estereotipada. Procuran que sea coherente con la predicación. Hacen esfuerzos por prestar atención al ambiente: flores, colores, objetos, música y gestos.

No falta quien afirma que no aporta nada especial el hecho ser mujer sino simplemente el servicio de su personalidad individual con sus cualidades propias.

Se plantea así a nivel práctico y de experiencia lo que algunas autoras han planteado a nivel de reflexión teórica. ¿Aportarán las mujeres algo nuevo al ministerio ordenado?

Martine Millet, de la Iglesia reformada de Francia, plantea la cuestión en estos términos: ¿hay una manera específicamente femenina de ejercer el ministerio? Piensa que la pregunta resulta embarazosa. Convencida como está de que cada uno, hombre o mujer, ejerce su ministerio con todo lo que es, en su plenitud de ser humano, con sus debilidades y sus cualidades, le parece difícil establecer categorías por razón del sexo. Y deja la cuestión abierta, considerándose incapaz de responder a la pregunta (l).

Pero ella misma atisba una posible respuesta al recordar que el ministro varón ha sido considerado a menudo como el pastor, el guía, el ejemplo, el padre... La mujer pastora induce a imágenes diferentes. Probablemente existe menos distancia desde el principio de la relación.

Quizá esta diferencia no se deba tanto a la especificidad femenina cuanto al papel que tradicionalmente se atribuye a la mujer. Si los ministros varones no fueran educados para ejercer de jefes y la comunidad no les atribuyera esta prerrogativa las diferencias no serían tan notables.

Hasta aquí la voz de las pastoras consultadas. No parece preciso añadir ningún comentario, porque cualquier cosa que dijéramos echaría a perder el frescor de estas manifestaciones.

8. Consideraciones finales

Este breve recorrido por el mundo de las Iglesias cristianas a fin de conocer la situación del acceso de las mujeres al sacerdocio dentro de ellas, ha dado ocasión para hacer ciertos descubrimientos que consideramos importantes.

En primer lugar hemos comprobado que el movimiento ecuménico ha realizado un serio estudio y una reflexión profunda sobre el ministerio en general y sobre el ministerio femenino en particular. Estudios que en la mayoría de los casos no han sido traducidos al castellano y cuyos textos originales no se encuentran fácilmente en España, ni siquiera en las bibliotecas de tipo religioso.

En este estudio y reflexión, las teólogas y los teólogos han ido acercando posiciones no por forzar la deseada unidad sino por haber descubierto la parte de verdad que se encuentra siempre en el interlocutor por lejano que parezca. Aunque es bien cierto que, según decía el que fue Secretario General de Fe y Constitución, Lukas Vischer, "los acuerdos hechos por los teólogos de nuestros días progresan tan de prisa que las Iglesias no pueden seguirlos".

Así, puede ocurrir y ha ocurrido que acuerdos suscritos por teólogos católicos, representantes oficiales de la Iglesia Católica, sean después rechazados por Roma. Y sin llegar a tanto, los avances penosamente conseguidos en reuniones ecuménicas tardan mucho tiempo en llegar a las bases de las respectivas confesiones.

Se ha hecho evidente que el acceso de las mujeres al ministerio ordenado ha sido lento y difícil, aun en las Iglesias que no tienen objeciones teológicas en contra, lo cual demuestra que las circunstancias históricas y sociológicas tienen un peso tan fuerte como las razones doctrinales. Ello nos obliga a ser cautos en nuestras argumentaciones.

Hemos descubierto también que, a pesar de las apariencias, la situación de la mujer en las diversas Iglesias cristianas no es tan diferente como se puede imaginar, puesto que en ninguna de ellas se ha logrado la plena equipareción con el varón. Por ello el Consejo Ecuménico lanzó en 1988 el Decenio Ecuménico de Solidaridad de las Iglesias cristianas con las mujeres, uno de cuyos objetivos es alentar a las diferentes confesiones para que abandonen las prácticas discriminatorias respecto de las mujeres. Ha trascurrido más de la mitad del plazo y, hasta ahora, según uno de los promotores, parece que han hecho más las mujeres por el Decenio que las Iglesias por las mujeres.

Quizá la mayor satisfacción de este contacto con el mundo ecuménico es haber conocido a varias docenas de mujeres pastoras con una fe sólida y una energía fuera de lo común.

Están bien preparadas intelectual y humanamente, se dedican a su trabajo con entusiasmo y se entregan a él con alegría. Preparan las celebraciones con esmero y predican unas homilías breves casi siempre pero llenas de sentido. Algunas han sufrido persecución en los antiguos países del Este europeo, en sus propios cuerpos, en sus familias y en su vida profesional civil. Son verdaderas mártires de la fe y cuentan su experiencia con una sencillez que estremece.

Son mujeres alegres, muchas de ellas felizmente casadas y con hijos. Otras viviendo un celibato libremente asumido, aunque en un principio fuera impuesto por decisión exterior.

Nos parece importante esta constatación para alejar la posible imagen de mujeres reivindicativas y agresivas que algunos pueden haberse hecho a través de ciertas informaciones. Por supuesto que existirán también mujeres pastoras rutinarias y sin ilusión, lo contrario sería angélico, pero hablamos de nuestra experiencia.

Su ejemplo puede servir de estímulo a las mujeres que, dentro de la Iglesia Católica y fieles a ella, desean encontrar nuevos caminos con espíritu de apatheia, como recomienda Elisabeth Bher-Sigel desde la altura de sus juveniles 84 años.

1. MILLET, M., op. cit.

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