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Frances Scott

Frances Scott

La niñez revela características de nosotros, antes de que nos demos cuenta de ellas. Esto es así, tanto en mi llamado bautismal como en mi llamado al sacerdocio ministerial. Nací en 1970, en California, Estados Unidos. Mis padres eran británicos, maestros de profesión, y ambos, sinceros católicos. Su fe era honesta y tradicional, y criaron sus cuatro hijos en una parroquia igualmente devota y tradicional.

Eventos en mi vida temprana indicaron mi natural predisposición a Dios y a la Iglesia. Mis hermanos organizaban “misas”, en las que mi hermano menor “presidía” y yo permanecía perpetuamente como lectora, el único rol “aceptable” para mí.

Mi cumpleaños cayó en mayo y el de mi hermana, un mes después. Cuando era niña, solía usar el dinero que me daban de regalo para comprar un obsequio para mi hermana, a pesar de que se me estimulaba a gastarlo en mí. No podía imaginar conservar mis regalos sólo para mí, mientras alguien más podría hacer uso de ellos.

En mis años de escuela, mis dos hermanos varones eran servidores del altar, algo que mi corazón infantil ansiaba, pero nunca podría, porque en aquel entonces no se permitía a las niñas servir como acólitos en mi parroquia. Nuestros padres nos sentaban en primera fila, y pasaba cada mañana de cada domingo mirando la sacristía desde el banco, preguntándome qué habría tras la puerta entreabierta. Estaba igualmente intrigada con la liturgia que cada semana se presentaba ante mis ojos. Tuve una vida de oración tan rica como lo permitía mi niñez. Oraba “dentro de mí”, a un Dios paradójicamente amoroso y aterrador.

En octavo grado, en mi colegio parroquial, fui electa al rol gubernamental estudiantil de velar por los “asuntos religiosos”, mayormente ayudando a preparar misas para todo el colegio. Era un rol natural para mí, aunque era constantemente molestada por mis compañeros y decían de mí en la graduación “que probablemente sería una monja”. Ese mismo año, nuestra clase fue confirmada, y estaba muy emocionada en tener posesión de ese sacramento de la manera que me fuera posible, aunque no estaba preparada para el reto que representaba una vida dedicada a Cristo.

Dios bendijo mis años adolescentes, sin embargo, con la duda – o el reto – necesario para convertir mi fe infantil en una madura. Desde la silla donde cantaba como parte del coro cuando niña, recordaba que siendo parte del coro y servir como lectora era la única manera en que podía ayudar a dirigir la liturgia. La rabia y la desilusión por la exclusión de las mujeres en nuestra Iglesia, llenaban mi corazón. Sólo ahora, como adulta, puedo entender que Dios me estaba llamando a seguir un camino que, eventualmente, me llevaría a presidir y predicar en la misa. Estaba molesta con Dios por haberme creado mujer, y lloré muchas veces por ello.

Para el tiempo en que estaba en la escuela superior, era una humanista secular, dejando la oración, la importancia de la Iglesia y la esperanza, para una vida futura. Mas aún seguía buscando y cuestionando todo aquello que pudiera dar sentido al vacío que había en mi corazón. En mi segundo año, expresé mi interés en estudiar filosofía en la universidad, pero presté atención a los consejos de otros, que me indicaban que estudiara algo “más práctico para una mujer” y escogí educación, una decisión de la cual nunca me arrepiento. A través de los cursos en teoría educacional y ciencias sociales, aprendía destrezas prácticas que me serían de gran utilidad en mi ministerio pastoral.

Durante mis cuatro años de universidad, me acercaba tímidamente al concepto de Dios, con la esperanza de evitar el dolor de ver a las mujeres excluidas del Sacramento del Orden y, honestamente, convertirme en una persona más justa y amorosa. Aún en ese trayecto, ansiaba profundamente a Dios, orando al “Dios desconocido”.

Mientras vivía en la Polonia post-comunista con un pariente, veía a la religión sólo como una expresión cultural. La fuente de “agua viva” que debiera burbujear en cada cristiano, estaba seca. Era católica por fuera, culturalmente, pero por dentro estaba vacía, y me sentía más vacía, a medida que me daba cuenta que nadie nunca preguntó sobre mi fe, mi vida de oración, mi rol en la Iglesia. Yo no contaba para nadie.

Cuando regresé a Estados Unidos en 1993, decidí hacer una maestría en historia polaca y servir en la comunidad académica. Poco sabía que me encontraría con dos entidades que me catequizarían ese año de escuela graduada.

No sé qué me llevó a visitar las oficinas de una parroquia cercana o qué me movió a conversar con el pastor, pero alguna fuerza mayor que yo me dirigió a una vibrante comunidad parroquial, una que adoraba unida, que socializaba unida, que servía unida al necesitado, que estudiaba unida las escrituras, que oraba unida. Asistía regularmente a las actividades parroquiales y repuse muchos años de alejamiento de la fe, orando, aprendiendo, estudiando, yendo a retiros y conociendo a otros y sus testimonios de fe.

Mi segundo “catequista” fue la historia polaca en sí. Los mártires y santos de Polonia – tanto conocidos como desconocidos – me dieron su testimonio de fe en Dios, a través de libros, artículos, poemas y biografías, que hambrienta e incondicionalmente devoraba mientras estudiaba. En invierno, durante la celebración de la eucaristía dominical, en el momento de acción de gracias, me rendí a Dios a través de Jesucristo, por el resto de mi vida. Ahora me doy cuenta de que necesitaba confirmar mi llamado bautismal, antes de que el Espíritu Santo pudiera proceder con mi formación al ministerio.

En la primavera, escribí en mi diario que si las mujeres pudieran ser sacerdotes, “tendría mucho de qué pensar, seriamente.” “Me encantaría servir como líder en la Iglesia,”, concluí para el momento en que cumplía 24 años.

La euforia por la caída del comunismo ya había bajado un poco, y la necesidad de una facultad de historia centro-europea no era lo que yo esperaba. En un acto del Espíritu Santo, defendí mi tesis y firmé un contrato con una escuela superior católica esa misma semana, la semana antes de comenzar las clases.

Enseñar historia de Estados Unidos fue, intelectualmente hablando, fácil, pero eran los cursos de sacramentos, escritura y justicia social los que me intrigaban. Me di cuenta de que era hacia el ministerio parroquial adonde me dirigía el Espíritu Santo. En dos años, me convertí en directora de catequesis en una pequeña parroquia. Fue a través de este ministerio que escuché el llamado del Señor a un ministerio de por vida, en la Iglesia. Fui aceptaba como estudiante de teología en el seminario local y comencé cursos muy necesarios y mi formación a tiempo parcial, mientras me dedicaba por completo a mi ministerio de catequista.

En los primeros dos años, sin embargo, estaba plagada de confusión sobre mi identidad. Por un lado, apreciaba mi estilo de vida célibe, y por otro lado, sentía la necesidad de casarme. Por un lado, tenía la agenda tan cargada como la de cualquier sacerdote (con retiros y eventos juveniles los viernes por la noche y los sábados), y por otro lado, se me decía que los empleados laicos de la Iglesia eran esencialmente “trabajadores de 9 a 5, con menos compromiso hacia la Iglesia que los sacerdotes.” Por un lado, estudiaba teología al tiempo que mis compañeros varones se preparaban para el sacerdocio, aunque yo no pudiera presentarme como candidata al programa de formación sacerdotal. Estas dificultades las llevaba de tiempo en tiempo a Dios, quien yo creía era la fuente y el animador detrás de mi llamado al servicio sacramental en la Iglesia.

Dios aparenta operar independientemente de nuestro concepto del tiempo, y al mismo tiempo, dentro de él. Durante el transcurso del año, tuve encuentros con personas de la comunidad que confirmaban – una a una, como una orquesta – mi llamada al sacerdocio. Estaba en la casa de una feligresa, discutiendo catecismo con su hijo, cuando me dijo abiertamente, “eres alguien de quien me encantaría escuchar una homilía”. Internamente, estaba aturdida y no me di cuenta de que Dios pudiera ser tan directo. Los adolescentes me preguntaban, “Frances, ¿por qué no puedes oír mi confesión?” y “Frances, ¿por qué no puedes celebrarnos una misa?”.

En un servicio con adolescentes, almorcé con un sacerdote que servía de chaperón del grupo y que acababa de conocerme. Durante la comida, dijo “Creo que tú podrías tomar mi lugar algún día. ¿Te estás preparando para predicar?”. Para aquél tiempo, me topé con una compañera de estudios de teología en un supermercado. Ella me dijo, “Frances, no puedo imaginar que no seas ordenada. Es por lo que eres, cualquiera te vería en ese rol.”

Por supuesto, no todos podrían. A pesar de que yo mantenía mi llamado lo más privadamente posible, cuando alguien tocaba el tema de manera sincera, compartía con esa persona mi experiencia, un profundo llamado a ser instrumento del amor, del perdón, de la sanación y la gracia de Dios, – un instrumento de la presencia de Dios – sacramentalmente. Aunque a veces he encontrado quien tratara de descorazonarme o disuadirme, evitaba polémicas y discusiones.

A veces, sin embargo, buscaba escapar de la carga de este tan secreto y a la vez tan claro llamado. Me encerraba en la cultura polaca, un pasatiempo mío entonces. Aún en esas circunstancias, Dios seguía buscándome – cuando yo escuchaba a una polaca divorciada en un baile típico, cuando dirigía a grupos polacos a la oración, cuando daba toda mi atención y confianza a un anciano polaco-americano.

Esa no fue la única situación en la que comprendí que el llamado era demasiado fuerte para ser negado. Mientras servía en una institución de salud mental por un semestre, a través del seminario, me encontré con la más severa hambruna espiritual que había visto. Abuso, pobreza, crimen y adicción, mezclados con enfermedades mentales, que producían una atadura debilitadora en los espíritus de tanta gente ordinaria y buena.

Muchos necesitaban que orara con ellos o simplemente, que les escuchara. Deseaban que se les diera esperanza, a través de las escrituras y los sacramentos. Una paciente me dijo en una ocasión que si ella no pudiera confesarse con una mujer (por haber sido abusada por un hombre), se iría de la Iglesia. Sentí con gran fuerza que Dios me usaba como canal de gracia, amor y perdón, pero que yo podría hacer más – y precisamente ser más – sacramentalmente.

Empecé a desarrollar, de una forma más intencional, una sacramentalidad para mi ministerio y mi vida. Comencé a leer lo más que podía sobre sacerdocio, el rol del obispo, la historia del ministerio en la Iglesia, y la teología de la mujer en el ministerio. Mi vida de oración se profundizó, especialmente en la oración por el bienestar del pueblo de Dios, en la Liturgia de las Horas y en la lectura diaria de la Palabra, los que me conectaron más íntimamente con la Tradición y la universalidad del Cuerpo de Cristo. Tomo cada oportunidad – ya sea en el auto o mientras espero en fila, por ejemplo - para reflexionar teológicamente a manera informal y dialogar día a día con Dios, sobre lo que es esencial para el cristiano. En la liturgia, oro para que pueda proclamar, con mi vida, el Evangelio que no se me permite proclamar en la liturgia… y que algún día, podré.

A través de los años, he compartido mi historia de cómo escuché la voz de Dios, llamándome a servir a la Iglesia como sacerdote, con aquellos que han pedido oírla. Muchos me han dado su apoyo. No tengo una plataforma ni una agenda, ni guardo ningún resentimiento contra los líderes de la Iglesia, en cuyos hombros descansa la decisión terrenal sobre la ordenación de la mujer. Sólo tengo experiencias que he vivido, el llamado que he escuchado y que ha hecho eco en mi corazón y a través de las voces de otros, para servir como sacerdote.

Frances Scott, Estados Unidos de América

Traducción: Ivelisse Colón-Nevárez

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