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Ivelisse Colón Nevárez

Ivelisse Colón Nevárez OFS

Mi historia…

Como la vida misma, esta historia estará siempre bajo construcción…

Retrato de Ivelisse por ella misma

Fue en un soleado día de abril de 2001. Conducía por la autopista a mi trabajo a tiempo parcial, y aunque mis manos estaban en el volante, mi mente divagaba en los pensamientos más recientes. El trabajo del día, mi situación de desempleo parcial, la enfermedad de tanto mi madre como de mi abuelo. Pero sobre todo, pensaba sobre Dios, en lo que Él trataba de decirme, desde hacía sólo un mes atrás. En ese día de abril, sea lo que Él estuviera diciéndome, a mi mente y a mi corazón, a pesar de que no era definitivo, era lo suficientemente claro para yo dar una respuesta.

“Bueno, ¿por qué no hacerlo? ¿Qué tengo que perder? Intentémoslo, pues…”

Si se preguntan a qué me refería, era que comenzaba a sentir, por primera vez en mi vida, el llamado al sacerdocio.

Mientras crecía, y mis ideas.

Tenía solo once años cuando por primera vez pensé sobre el futuro de mi vida. Deseaba hacer muchas cosas en mi vida: trabajar en los Estudios Disney en animación, montar caballos de carreras, escribir cuentos, e incluso ser una monja. Hacía tan sólo un año antes que había hecho la Primera Comunión. Y mientras me dedicaba a estudiar en la escuela como cualquier chiquilla, buscaba canalizar mis tempranas inquietudes religiosas al formar parte de las Hijas de María, en mi parroquia local de entonces.

Desde tal edad, me di cuenta de que yo era diferente del resto de los niños y las niñas. A ellas les gustaba jugar con muñecas, mas yo prefería leer, dibujar, jugar con plasticina, con caballitos de juguete y libros. Me negué por voluntad propia, a decir palabras obscenas, a pesar de que todos los demás lo hacían. También descubrí que no aceptaba muchos prejuicios comunes de la gente, como creer que los hombres y las mujeres son irremediablemente diferentes y que ellos son superiores a nosotras. Tampoco aceptaba cosas como el racismo y el odio a la gente que piensa distinto a uno.

Rechazo a todo.

Con todas estas ideas en mente, llegué a la adultez. Entré en la Universidad de Puerto Rico, a estudiar artes plásticas, dejando a un lado las otras opciones que estudiaba en mi infancia.

En cuanto a la vida religiosa, ya tenía en ese momento profundas dudas sobre qué podía hacer la fe por mí. Cuando ya era muy mayor para continuar en las Hijas de María, sentía que no estaba feliz con todo la Iglesia y con sus enseñanzas sobre las mujeres. Líderes religiosos del momento de mi País, de todos los credos, incluyendo de mi propia Iglesia, decían cosas negativas sobre las mujeres, insistiendo en nuestra inferioridad y en nuestros “roles” en la maternidad y el trabajo hogareño. Sentía que la Iglesia actuaba en complicidad con toda esa misoginia generalizada, y no quise ser parte de eso. Entonces, dejé de asistir a la Iglesia.

¿Sería que, inconscientemente, pensaba que dicha misoginia era culpa de Dios, por la forma en que las mujeres eran presentadas en la Biblia? No estaba segura… no podía encontrar respuestas a mis preguntas, y no había nadie que me ayudara.

Tampoco estaba feliz con lo que la sociedad pensaba sobre las nosotras. Veía que éramos discriminadas sistemáticamente en todo lo que uno podía imaginar. Se nos culpaba por el aumento en la criminalidad, por trabajar fuera de la casa. ¡Se nos culpaba incluso de ser violadas o golpeadas por aquellos que se supone nos amaran y protegieran! De nuevo, sentía que no podía ser parte de ese esquema, y caí en una situación en la cual estaba completamente alejada de todo y de todos. Sobretodo, me sentí increíblemente sola.

Un fallido intento de vivir la “vida de mujer según la sociedad”

Durante mis últimos años de Universidad, llegué a pensar si estaba equivocada sobre mi visión de la vida. ¿Sería posible el trato igual entre hombres y mujeres? ¿Acaso era muy radical en mis creencias? ¿Debía darme la oportunidad de vivir de acuerdo a las reglas de la sociedad?

Cuando me gradué de la Universidad y comencé a trabajar en arte gráfico para impresos en serigrafía y, más tarde, haciendo anuncios para un periódico local. Entonces, conocí a un joven que era veterano de la Fuerza Aérea de Estados Unidos; había regresado a Puerto Rico para estudiar ingeniería eléctrica. Nos enamoramos y dos años después, nos casamos en una ceremonia civil. Todo fue muy bien los primeros dos años, y alimenté la esperanza de tener hijos y vivir la “vida normal” que, como mujer, se esperaba de mí.

Pero luego de esos dos años, todo se alejó de lo normal, cayendo en un círculo vicioso de violencia verbal, desconfianza y rechazo, entre otras cosas. Dos años más tarde, la relación terminó en la misma sala de Tribunal en que comenzó, con un divorcio civil. Estaba sola de nuevo, descorazonada y sin autoestima.

Regresé a mi familia y me dediqué a trabajar excesivamente, como una forma de olvidar el pasado. Por un tiempo, funcionó. Pero un año después, cuando perdí de mala manera la amistad de un querido amigo de la Universidad, mi mundo se vino abajo. La tristeza, desesperanza y soledad eran demasiado para mí. Así fue que caí…

… en el fondo del barril.

Me sentía bien mal. Me la pasaba todo el tiempo triste. Ya nada me estimulaba o importaba. Todo lo que quería hacer era dormir, comer y trabajar. Perdí la perspectiva del futuro de mi vida. Deseaba sólo llegar a vieja y morir como toda anciana.

Mas llegó un momento en que no quise seguir así, y busqué ayuda. El doctor me diagnosticó depresión química, y me sometí al tratamiento indicado. Me sentí mejor, pero no estaba completamente “curada”. Una pieza faltaba en el rompecabezas. Me preguntaba qué era. Cuando lo descubrí, no fue gran sorpresa para mí, después de todo.

Dios estaba fuera de mi vida.

“Redescubriendo” a Dios.

Las antiguas preguntas sobre por qué la gente y la Iglesia veían a la mujer de la manera en que lo hacían, regresaron a mi mente. Nunca había tenido respuestas para dichas preguntas; pero en ese momento, decidí encontrarlas. Me di cuenta de que estaba alejada de Dios, así que decidí hacer algo al respecto, y le di a Él, como diríamos, una “segunda oportunidad”. Deseaba saber si dichas actitudes sobre las mujeres son por Su voluntad, o si las mismas son el resultado de la cultura humana, como sospechaba desde mi infancia.

Compré una Biblia y comencé a leerla diariamente. Leí sobre las dos historias de la Creación, sobre cómo los judíos trataban a las mujeres y cómo ellos nos veían. Leí también libros sobre historia griega y romana, y sobre cómo los musulmanes nos trataban. Encontré muchas similitudes entre los judíos y el resto de las culturas mencionadas. Fue bien curioso encontrar que casi todas las sociedades nos trataban de la misma mala manera.

Mas cuando me tocó leer el Nuevo Testamento, en particular las versiones del Evangelio, descubrí lo distinto que era Jesús con nosotras. Cómo nos amaba y defendía. Cómo nos enviaba a anunciar la Buena Nueva. Cómo nos dejaba servirle y ayudarle. Fue una gran experiencia para mí.

Estaba convencida que todo lo dicho o hecho contra las mujeres no era voluntad de Dios. Aún no tenía las palabras y la prueba concreta para expresarme sobre ello. Mas por el momento, me conformaba con seguir estudiando y descubriendo. Estaba feliz con el sólo hecho de pensar que Dios me guiaba en el proceso. Mi fe aumentaba.

Con el tiempo, me di cuenta de que este caminar, Dios, el Todopoderoso, se reveló a mí tal cual es: una entidad amorosa, misericordiosa, que toma más en consideración nuestras almas, nuestro amor y nuestra fe, más que nuestros cuerpos. Alguien para quien todos somos iguales, sin importar si somos hombres o mujeres. Dios formaba nuevamente parte de mi vida.

Como dije antes, había dejado de ir a la Iglesia. Por algunos años, tuve poco o ningún contacto con ella, excepto por noticias que leía en los periódicos. Mas ocurrieron varios eventos importantes que hicieron que volviera a ella.

Regreso a casa.

Era el año 1999. Nuestro primer y único Cardenal renunciaba a su posición como Arzobispo, por haber alcanzado la edad máxima, y otra persona fue seleccionada para sustituirlo. Por mera curiosidad, observé la ceremonia de instalación por televisión, y luego de escuchar el sermón predicado por el nuevo Arzobispo, un fraile franciscano relativamente joven, sentí que él haría muchas cosas buenas por la Iglesia, por su interés en el diálogo, el ecumenismo, la promoción de nuestra cultura y la defensa de nuestro ambiente. Me sentí identificada con esos temas, lo que luego me hizo ir a misas presididas por él, para escuchar y meditar sobre sus prédicas.

La mayoría de esas misas se celebraban en la Catedral de San Juan Bautista, una basílica menor de casi 500 años, en el Viejo San Juan. Antes de las ceremonias, exploraba el lugar y visitaba sus diversas. Me sentía como en casa. Era una sensación muy confortable, como si alguien invitara a quedarme allí. Terminé “adoptando” esa Catedral como mi parroquia, aunque yo vivía en otro pueblo; con el tiempo, sería mi segundo hogar. Fue el comienzo de mi regreso a la Iglesia.

Un año más tarde, en febrero del 2000, los líderes cristianos de mi País convocaron una marcha, para demandar el cierre de la Base Naval de Estados Unidos en Vieques, una pequeña isla-municipio al este de Puerto Rico, que había sufrido bombardeos y prácticas militares en su territorio desde 1941, afectando a la población civil. Tal vez sobre 100,000 personas marchamos juntas. Fue la primera vez en mi vida que participé en un evento así. Me dio alegría ver que las iglesias no se conformaban con sólo predicar en las cuatro paredes de un templo, sino que salían afuera, a denunciar las injusticias. Y lo hacían unidas, en un verdadero gesto ecuménico.

Meses después, fui a un concierto que se celebró dentro de la Catedral, en honor a San Juan Bautista. El mismo fue un hermoso despliegue de música puertorriqueña y canciones típicas y con mensajes cristianos. Una finalizado el espectáculo, el Arzobispo, quien organizó el evento, dio un mensaje sobre el arte, los artistas y la Iglesia. Para ese tiempo, con los muchos problemas que tuve por mi depresión, había dejado de dibujar y escribir. Pero luego, mientras meditaba sobre el mensaje dado por el Arzobispo, me di cuenta que mi actitud no era la correcta; que el arte, en todas sus manifestaciones, es un regalo de Dios, un talento que puede y debe ser utilizado al servicio de Dios, la Iglesia y la sociedad humana entera. Lentamente, comencé a practicar nuevamente el dibujo y la escritura. Con el tiempo, incluso desarrollé sitios de Internet, mostrando parte de mi trabajo. ¡Gracias, Dios, por darme esos regalos!

Finalmente, en algún momento durante ese tiempo, encontré en mi casa un libro que perteneció a mi hermana menor, que ella dejó atrás cuando se casó y se mudó a Estados Unidos. Era una biografía de San Francisco de Asís. Había oído de él cuando era niña, pero el libro me ayudó a recordar y aprender más, al descubrir que el santo y yo compartíamos muchos puntos de vista de Dios, la religión y la vida. Ayudar a la Iglesia a reconstruirse y reformarse, interactuar con personas de otras creencias, defender el medio ambiente y llevar una vida simple y sin pretensiones de riqueza ni poder, eran parte de mis ideas y a la vez, también parte del carisma de lo que significa ser franciscano. Me interesó aprender más sobre esta única forma de vida y cómo ella influenció en la Iglesia.

Todas estas cosas que me ocurrieron me ayudaron a acercarme más a la Iglesia y a volver a sentir parte de ella. Pero todo ésto, a pesar de ser importante, era sólo la punta del témpano. El evento que cambiaría mi vida, y mi relación con la Iglesia, estaba por ocurrir.

“Womenpriests”: el primer contacto.

Para fines del 2000, me quedé sin trabajo, y mi situación económica se volvió desesperante. Mi madre tenía que ayudarme con mis gastos, teniendo ella sus propios problemas financieros. Decidí no permitir que dicha situación dañara mi fe renovada. Por el contrario, lo tomé como una prueba de mi paciencia. Una prueba realmente dura.

Dedicaba parte de mi tiempo libre a navegar la Internet, a explorar e investigar sobre todo. Una noche, navegaba la Red y pensaba sobre temas relacionados con la mujer y lo femenino. De repente, una idea llegó a mi mente, y sólo por curiosidad, escribí la frase “women+priests” en el motor de búsqueda, para revisar si alguien investigaba o estudiaba sobre mujeres como sacerdotes. El primer enlace que apareció estaba relacionado a un sitio cuyo URL era www.womenpriests.org.

Quedé asombrada con lo que encontré. ¡Alguien estaba estudiando seriamente el tema! Mientras leía los diversos artículos, noté que muchos de ellos trataban sobre temas interesantes para mí, sobre la influencia de la cultura y las supersticiones en las doctrinas de la Iglesia. Descubrí la existencia de grupos que trabajaban activamente por el sacerdocio femenino y libros sobre la materia. Tuve también la oportunidad de leer documentos oficiales del Vaticano sobre el tema y de encontrar otros recursos relacionados en la Red.

Finalmente, encontraba respuestas a mis preguntas de toda la vida, sobre mujer y religión. Entendí finalmente por qué las mujeres eran tratadas de la manera en que lo fueron. Comprendí que no fue Dios el autor de los roles de la mujer y su posición en la sociedad y la religión; fuimos nosotros, los humanos, los verdaderos autores. Nosotros y nuestras supersticiones, miedos e ignorancias. Yo sabía esto todo el tiempo, en mi corazón y en mi mente, pero no me era posible expresarlo en palabras que pudieran entenderse. En ese momento, ya comenzaba a estarlo.

Primeras nociones del llamado.

Desde el momento en que comencé a leer sobre este tema del sacerdocio femenino, comencé a interesarme por el sacerdocio mismo. Leía artículos sobre el sacerdocio y la vida y trabajo de los sacerdotes. Empecé a imaginar cómo funcionaría una mujer sacerdote en la Iglesia y cómo la gente la recibiría y trataría.

Continué yendo a la Iglesia, aunque aún sólo en ocasiones especiales. En las misas, trataba de imaginar cómo sería una mujer celebrando; mentalmente, sustituía al verdadero sacerdote por la imagen de una mujer haciendo exactamente lo mismo que él. Lo encontré muy natural. No vi nada de malo en eso.

También pensaba en mi propia situación. Acababa de aceptar un nuevo trabajo, el cual me ayudaría mucho con mi situación económica. Debía viajar todos los días, en medio de inmensas congestiones de tránsito (les llamamos tapones), muy comunes en mi País.

Tenía, y aún tengo, el hábito de pensar en cualquier cosa y en tener “conversaciones mentales” con gente imaginaria, mientras conduzco. En muchas de esas “conversaciones”, pensaba mucho sobre Dios. Consideraba seriamente dejar atrás los aspectos negativos de mi vida, y dar a Dios la oportunidad de moldearme, de hacerme su instrumento para el plan que Él tuviera reservado para mí.

Entonces, pensaba en mí. Me dio curiosidad en imaginarme siendo yo sacerdote. Al principio, me parecía gracioso imaginarme llevando vestiduras clericales y ejerciendo labores sacerdotales. Mas poco tiempo después, ya esas imágenes no me daban gracia; se volvieron algo muy serio.

Pues es entonces que llegamos al principio de esta historia. Como ya dije antes, en ese día de marzo, empezaba a entender lo que el Señor quería de mí. Le dije que lo intentaría – no era una respuesta total y definitiva para Él, pero era un comienzo. No tenía ni idea por cuál camino me dirigía el Señor y qué me mandaba hacer – sólo sabía que el mismo duraría toda una vida, y que la cambiaría para siempre.

Los primeros pasos.

Sentía, sin embargo, que aún con todo lo que hacía para estudiar y volver a la Iglesia, aún no era suficiente. Si realmente estaba siendo llamada al sacerdocio, era obvio que debía estar trabajando más.

Primero, comencé a asistir semanalmente a misa en la Catedral. ¿Cómo podría ser un buen sacerdote si uno no ama la misa ni la Iglesia? Dado que los domingos eran para mi madre, quien descansaba ese día de cuidar a mi abuelito enfermo, asistía yo entonces los sábados por la noche. Me di cuenta de que en la Catedral había necesidad de lectores. Me ofrecí de voluntaria y fui aceptada, y pronto ya leía todos los sábados.

Fue muy bueno, porque en el pasado de la Iglesia, los lectores eran parte de lo que se conocía como las Órdenes Menores, que incluía exorcistas, sacristanes y acólitos, funciones llevadas a cabo sólo por hombres en preparación al sacerdocio. ¡Gracias a Dios que las mujeres pueden proclamar la Palabra desde el púlpito!

Segundo, decidí aprender más aún sobre las mujeres sacerdotes y el sacerdocio mismo. Compré libros y folletos sobre sacerdocio, y exploré más aún el sitio Womenpriests.org. Encontré que la sección en español del sitio de Internet tenía muy pocos documentos traducidos, así que contacté al administrador de la página, le hablé de mi vocación y me ofrecí como voluntaria para ayudar a traducir. Desde entonces, he traducido textos para el sitio, lo que me ha ayudado grandemente en mi discernimiento vocacional.

Esto dio paso a una insaciable sed de lectura y aprendizaje. Pasé muchas noches enteras leyendo y leyendo, pensando y meditando sobre lo que leía. Releía la Biblia para corroborar detalles. Examinaba documentos de Roma y de diversos teólogos(as), tanto a favor como en contra de la ordenación de las mujeres. Aún leo hoy día, pero no con la furia de esos meses. ¡Era como si quisiera estudiar un bachillerato en teología en sólo unos cuantos meses!

Tercero, a medida que discernía sobre la vocación sacerdotal, me preguntaba qué tipo de sacerdote sería, si diocesano o religioso. Los diocesanos obedecen directamente al obispo, mientras que los religiosos viven en comunidades establecidas, en órdenes religiosas. Como para entonces me entusiasmaba San Francisco y su vida, deseaba participar de su espiritualidad. Decidí que sería un “sacerdote religioso” y pertenecer a alguna orden franciscana. ¿Pero a cuál? Me llamaba la atención la Orden de los Frailes Menores, a la cual pertenecía el Arzobispo, pero ya sabía que no aceptarían mujeres. Y no me sentía llamada a la vida monástica, así que no podría pertenecer a la Orden de Santa Clara. Mas había oído sobre la Orden Franciscana Seglar, en la cual laicos(as) seguían la espiritualidad de San Francisco. Encontré una fraternidad a la cual pertenecer, la San Antonio de Padua, en una parroquia en Río Piedras, y comencé mi formación.

Casi un año después, descubrí para mi sorpresa que lo que me ocurría, le había pasado también a Santa Catalina de Siena. Ella deseaba ser un fraile dominico, para predicar y salvar las almas. ¡Incluso deseaba disfrazarse de hombre para ese propósito! Su plan no prosperó, así que eventualmente entró en la Orden Tercera de Predicadores, como una manera de lidiar con su vocación sacerdotal. ¡Qué pequeño es el mundo!

Una “visión”.

Fui en agosto de 2001 a la Catedral, para ver la ordenación de dos jóvenes diáconos – era la primera ordenación a la que asistía. Me senté anexa al pasillo, para observar cuidadosamente la procesión. Apostaría que había cientos de sacerdotes, por lo larga de la procesión.

En un momento dado, muchos de ellos quedaban a mi izquierda, esperando por que empezara la procesión. Yo los miraba en silencio, cuando de repente, sucedió: en medio de ellos, vi una figura vestida con alba y estola blancas, con el cabello oscuro y largo. Cuando miré con más cuidado, ¡vi que era yo! ¡Yo era parte de la procesión! En menos de un segundo, aquello se fue, y la procesión comenzó.

Aun medito sobre aquella “visión”. ¿Sería real o sólo producto de mi imaginación? ¿O era un mensaje? Sólo el tiempo dirá.

La gente y las mujeres sacerdotes.

Soy socia del Ateneo Puertorriqueño, una organización centenaria que trabaja a favor de la cultura, historia, arte y literatura puertorriqueñas, entre otras cosas. En agosto de 2001, el Ateneo comenzó una serie de seminarios de historia, relacionados a las luchas de Puerto Rico por proteger su identidad, contra la invasión del imperio estadounidense, en 1898. El primero de dichos seminarios trató sobre la resistencia pacífica de un grupo llamado los Hermanos Cheo, contra los ataques del protestantismo hacia las prácticas de nuestra religiosidad católica popular, especialmente, la veneración de los santos y sus imágenes.

Luego de la conferencia, la historiadora que hizo la presentación, hizo preguntas y comentarios al público. Llamé la atención sobre el hecho de que la primera persona perteneciente a ese grupo, que se atrevió a defender públicamente a la Iglesia, fue una mujer llamada Eugenia, tomando en consideración que a las mujeres no se les permitía ni predicar ni hacer muchas cosas en la Iglesia de entonces. No puedo recordar cómo, pero el tema de las mujeres sacerdotes salió a relucir. La gente que habló, expresó mucho entusiasmo a favor del sacerdocio femenino, al punto de que deseaba que hubieran mujeres sacerdotes, ¡incluso mujeres papas! Así que la gente apoya a las mujeres sacerdotes, pensé, y me sentía feliz, aunque aún no me sentía entonces preparada para hablar al mundo de mi llamado.

Algún tiempo después, hablé sobre mi llamado a una amiga protestante. Ella me dijo que tal vez Dios deseaba que yo ayudara a reformar mi Iglesia. En ese momento encontré semejante comentario muy pretencioso. ¿Yo, una reformadora? ¡No, que va!

Pero más tarde, pensé que a lo mejor ella no estaba equivocada. Recordé una visión que tuvo San Francisco, dentro de la iglesia de San Damián, que estaba en muy mal estado. Francisco oraba frente a un crucifijo grande. Desde la cruz, Jesús le habló y le dijo: “Francisco, reconstruye mi Iglesia, que está en ruinas.” El Santo creyó que Jesús se refería a la Iglesia física, así que comenzó a reconstruir San Damián y a la pequeña Porciúncula. Más tarde, Francisco se dio cuenta de que Jesús realmente se refería era a los vicios de la Iglesia de su tiempo: poder, riqueza, guerra, Inquisición, cacerías de brujas, etc. Cuando el Santo predicaba sobre la pobreza y la imitación a Jesús al vivir su Evangelio, estaba, tal vez sin saberlo, reformando la Iglesia. Tal vez yo esté llamada a exactamente lo mismo, como franciscana, en cuanto al sacerdocio femenino. A reformar la Iglesia, mostrándole que las mujeres SÍ son llamadas al sacerdocio, viviendo una vida sacerdotal, actuando y viviendo la vocación sacerdotal, en la mejor manera posible.

Una oración.

Un día de noviembre del 2001, visité mi Catedral para orar. Fui a la imagen del Cristo Nazareno (un Cristo cargando la cruz), una de mis favoritas. Le pedía al Señor discernimiento y ayuda. Casi por impulso, saqué una pequeña libreta de mi mochila, y en ella, con gran inspiración, escribí la siguiente oración:

Señor Jesucristo, quisiera dejarte una petición…

Siento que me llamas a tu servicio. Acógeme, Señor, en mi discernimiento, que tenga el valor para seguir Tu voluntad. Ilumina mi mente y mi corazón con Tu Sabiduría Divina, para que tenga más deseos de seguir Tu camino.

Además, ilumina las mentes de aquellos que te sirven y dirigen Tu Iglesia, para que entiendan Tu Obra Redentora, que es para todos por igual. Que comprendan que todos, hombres y mujeres, somos iguales para Ti, y permitan prontamente que mujeres como yo, puedan servirte como sacerdotes.

Gracias, Amén.

A mis lectores les pido que usen la oración y la recen cada vez que se acuerden de nosotras, y las que se sienten como yo, la hagan suya.

Tentaciones.

Para ese tiempo, trabajaba como artista gráfico en unas oficinas en Santurce, un barrio de la capital, San Juan. Cerca de mi trabajo, había una parroquia en la cual celebraban misa todos los mediodías. Deseosa de recibir la Palabra y el Cuerpo de Cristo diariamente, iba a pie a esa parroquia. Justo frente a ella, se localizaba la iglesia principal de los episcopales de Puerto Rico.

A veces, me detenía frente a dicha iglesia, a meditar. Cada día que pasaba, veía más oposición en mi Iglesia hacia las mujeres sacerdotes, y sabía que en la Episcopal sí ordenaban mujeres. Buscaba en la Internet información de esa iglesia. Y había descubierto la existencia de iglesias católicas independientes, que por las razones que fueran, se habían separado de Roma, y en las cuales también ordenaban mujeres.

Llegué a preguntarme si en realidad perdía mi tiempo luchando contra Roma, y si debía tratar de seguir la voluntad de Dios para conmigo en otro credo. Después de todo, sabía, gracias a las enseñanzas del Concilio, que nuestra Iglesia no era la única fuente de salvación. Pensaba que tal vez Jesús me entendería y me aceptaría en otra iglesia.

Pero meditaba y concluía que ya esas iglesias resolvieron sus problemas con las mujeres; al menos, en lo que a la ordenación de mujeres se refiere. Si me iba, ¿quién lucharía por mi Iglesia, quién aún tiene esa necesidad? Las palabras de mi amiga protestante resonaban en mi mente. ¿No será eso lo que quiere la Curia Romana, que las mujeres se vayan a otro lado? ¿Qué tiene más valor, quedarse a luchar o retirarse y dejarlo todo? Recordaba a Jesús en el Huerto de Getsemaní; no quería morir, más aceptaba mansamente la voluntad de su Padre. ¿No debiera hacer yo lo mismo, quedarme y dar la batalla, aún sabiendo lo que voy a sufrir?

Además, ¿para qué? ¿Para tener peleas doctrinales con esas iglesias todo el tiempo? ¿Para practicar una fe que en realidad no siento ni defiendo, mientras en mí, por toda la vida, lo que latirá sería el corazón de una católica romana? Sería como vivir una doble vida, o como lo expresan los transexuales, ser de un género viviendo en el cuerpo de otro.

Al final, no cedí ante esta tentación. Es mi Iglesia la que necesita. No sentí que lo correcto fuera abandonarla. Que el Señor permita que siempre sea fiel a ella, aún en la fiel disidencia.

El sí definitivo.

En marzo del 2002, fue el primer aniversario de mi llamado. Sabía que era un momento importante, pero no tenía idea de qué hacer. Busqué en la Internet, y encontré que organizaciones que luchan por la ordenación de las mujeres celebran el 25 de marzo como el Día Mundial de Oración por la Ordenación de las Mujeres. En Puerto Rico no hay grupos en apoyo a la ordenación femenina aún, mas opté por ir a la Catedral a hacer algún gesto de oración. Después de todo, ese día era también la Anunciación a María, el momento en que el Arcángel Gabriel anunció a María que ella sería la madre de Jesús.

En mi computadora, preparé un arte ilustrando a Cristo con Marta y María de Betania, cuando él las visitó a su casa. Añadí una cita del Evangelio según San Lucas, 10:38-42, que lee como sigue:

Yendo de camino, entró Jesús en un pueblo y una mujer llamada Marta, lo recibió en su casa. Tenía ésta una hermana de nombre María, que se sentó a los pies del Señor para escuchar su palabra. Marta, en cambio, estaba muy ocupada con los muchos quehaceres. En cierto momento, se acercó a Jesús y le pregunto: “Señor, ¿no se te da nada que mi hermana me deje sola para atender? Dile que me ayude.”

Pero el Señor le respondió: “Marta, Marta, tú te inquietas y te preocupas por muchas cosas. En realidad, una sola es necesaria. María escogió la parte mejor, la que no le será quitada.”

Añadí al arte una pequeña oración por las mujeres sacerdotes. Compré una vela grande y la envolví con el arte que imprimí de mi computadora. La llevé a la Catedral para la Misa de la Anunciación. La encendí y dije algunas plegarias; la dejé entonces a los pies de la imagen del Cristo Nazareno (un Cristo cargando la cruz), una de mis favoritas en la Catedral.

No sé cómo, pero la vela desapareció más tarde sin dejar rastro. Nunca supe quién la quitó; tal vez alguien a quien no le gustan las mujeres sacerdotes. Aún así, estaba agradecida. Daba gracias a Cristo por haberme llamado. Feliz de que podía confiar en Él, a la manera de San Francisco, y dejarlo todo por Él. Me pidió hacer algo por la Iglesia, y me dio una razón para vivir. Así que mi anterior “lo intentaré”, se volvió un definitivo “¡SÍ!”.

Mi primera Misa Crismal.

Fue en el 2002 que escuché por primera vez sobre las Misas Crismales, en las cuales los óleos sagrados para los enfermos, catecúmenos y futuros ordenados, son consagrados por el obispo local, y en donde él y sus presbíteros renuevan sus votos sacerdotales. Fui sola a la Misa Crismal de mi Arquidiócesis, en una inmensa iglesia en el pueblo de Carolina. Estaba tan repleta de sacerdotes, diáconos, religiosos(as) y laicos(as), que hubo que colocar sillas afuera del templo y poner pantallas gigantes para que la gente pudiera participar del culto eucarístico. Como fui temprano, pude sentarme cerca del altar mayor.

La Misa comenzó, y me sorprendí de ver tantos sacerdotes, y triste de ver que no había ninguna mujer entre ellos. En el momento de la consagración del pan y del vino, todos los sacerdotes subieron al altar; apenas cabían en el espacio disponible. Todos ellos se unieron al Arzobispo en la consagración, hablando todos a la misma vez. Entonces, sucedió: no sé por qué, pero todos los religiosos, religiosas y laicos y laicas comenzaron también a recitar la plegaria eucarística, ¡como los sacerdotes! Tal vez pensaron que podían hacerlo, porque todos los sacerdotes lo hacían. El punto es, ¡que encontré hermoso ese gesto! También me les uní a los no ordenados y ordenados en la plegaria. Creí que ese sería el único momento del año en que todos los “sacerdotes” de la Iglesia, ordenados o no, se unían en la plegaria eucarística, como el verdadero Cuerpo de Cristo. Fue una inmensa experiencia.

Me enamoré de las Misas Crismales, y he ido a todas desde entonces. En la Misa Crismal de este año 2004, vi que los laicos y religiosos no se unieron a los sacerdotes en la plegaría eucarística; tal vez sintieron que hacían lo incorrecto. Mas yo aproveché y en silencio, me uní a los sacerdotes en la renovación de sus votos, renovando a su vez mi llamado al sacerdocio y la promesa que hice a Jesús un año después de mi primera Misa Crismal, de que me prepararía para ser sacerdote, lo mejor que pudiera.

Mi carta al Arzobispo.

Decidí entonces ser más activa en la Iglesia. Empecé a asistir todos los sábados, desde temprano, a ayudar en todo lo que hiciera falta en la Catedral. Continuada formándome para poder profesar en la Orden Franciscana Seglar y a participar más en sus actividades.

Me di cuenta que en la Catedral no había monaguillas. Pensé entonces, “Yo podría ser monaguilla, y así podría servir en el altar”. Seguro, sólo que para entonces tenía ¡34 años! Sin embargo, al ver que la mayoría de los monaguillos eran adultos también, pensé que debía intentarlo. Pregunté al Rector sobre ello. Él no pareció estar muy seguro de aceptarme por mi edad, así que me sugirió que escribiera a mi párroco, el Arzobispo, y le pidiera permiso.

Mientras meditaba en qué escribirle, recordé que en el sitio womenpriests.org había leído algo sobre lo que puede hacer una mujer que se sintiera llamada al sacerdocio, y una de las cosas que menciona es hablar con el párroco y/o el obispo sobre la vocación de una. Así que decidí no tan sólo pedir autorización para ejercer como monaguilla, sino también expresarle mis ideas y sentimientos sobre mi llamado al sacerdocio, y le envié la carta.

Mi Arzobispo es un hombre muy ocupado que suele viajar mucho, pero varias semanas después, recibí una respuesta. Como podrán imaginar, él me insistió en la doctrina oficial de Roma, pero como buen franciscano que es, no se dirigió a mí de manera hostil. Por el contrario. Me habló de probar mi vocación como religiosa y de consultar con mi director espiritual sobre el tema. No me dijo que me olvidara del tema, sólo que buscara consejería. ¡Y sí me concedió el permiso para ser monaguilla!

Comencé a prepararme de inmediato. No ha sido un camino fácil, ya que sólo he podido ejercer el oficio de manera esporádica e incompleta. Pero aún así, aprendí mucho, y me siento muy útil cada vez que puedo estar en el altar, bien cerquita de mi Señor, y eso me hace muy feliz.

Finalmente, contesté la carta que me envió el Arzobispo. Le dije que estaba muy agradecida por su autorización y por su comprensión a mi situación, pero que continuaré estudiando y discerniendo sobre mi llamado. Ojalá algún día pueda tener una audiencia con él sobre esta materia.

Mi profesión a la OFS.

En Octubre de 2002, como todos los años, mi fraternidad de la Orden celebró el Triduo en Honor a San Francisco. La Fraternidad profesaría sus nuevos miembros en la misa del 2 de octubre. Ese día, luego de trabajar arduamente, fui rápido a buscar a mi madre y apenas llegué a tiempo para la ceremonia.

Luego de la homilía, el fraile Capuchino que celebraba la misa, llamó a los profesantes y comenzó la ceremonia de profesión. Hicimos nuestras promesas para trabajar en la Orden; entonces, el sacerdote nos dio a cada uno de los profesantes un crucifijo, que simbolizaba nuestra entrada en la Orden. Es ahí que me di cuenta de que ya no era una laica más, sino una que ya pertenecía a una orden religiosa.

Entonces, no sé por qué, pero me sentí tan emocionada (o tal vez tan llena del Espíritu Santo), que comencé a llorar. Y seguí llorando de alegría durante toda la misa. Estaba inmensamente feliz. Nuevamente recordé a Santa Catalina y su decisión de ser terciaria dominica. Sabía que andaba por buen camino.

El ministerio extraordinario de comunión.

Cuando era jovencita, fui a una misa en la parroquia del pueblo de mis padres, en Morovis. Recuerdo que una vez finalizada la plegaria eucarística y llegada la hora de distribuir la comunión, el sacerdote dio aun diácono y a varios laicos copones llenos de pan consagrado. Me sorprendí al ver que una mujer estaba entre ellos. Pensé, “qué bueno ver mujeres distribuyendo la comunión”. No sabía entonces que esos laicos son lo que hoy llamamos ministros extraordinarios de la comunión, personas que ayudan a distribuir la comunión en las misas y llevan la misma a enfermos y envejecientes que no pueden asistir a misa.

Luego de mi profesión a la OFS, en mi parroquia solicitaron voluntarios que desearan prepararse para ministros extraordinarios de la comunión, ya que el Arzobispo interesaba tener un grupo que ayudar en las misas grandes, especialmente donde asistiera mucha gente. Pensé que dicho ministerio me acercaría más al sacerdocio, ayudando a los sacerdotes y a los enfermos y envejecientes. Comencé a estudiar, por todo un año, en el instituto teológico laico local. Estoy ansiosa de ser instalada y comenzar lo antes posible.

El segundo año.

En marzo de 2003 comenzó el segundo año de mi sí al Señor. De nuevo, estaba sola y sin nadie que me acompañara en tan importante fecha. Pero pensé en San Francisco, cuando recibió a sus primeros discípulos, que se dijo: “El Señor me ha enviado hermanos.” Así que pensé que gente buena me acompañaría en el futuro en este largo caminar.

La tarde del 25 de marzo, luego de arduo día de trabajo, fui a la Catedral. Estaba cerrada, pero por ser una voluntaria activa, uno de los ayudantes del Rector la abrió para mí y me dejó estar sola dentro de ella. Me tomé tiempo en rezar el Rosario y de ponderar sobre mi situación. Recorrí todo el interior de la Catedral, meditando. Visité el altar mayor y las capillas. Fue un hermoso momento, como estar a solas con Jesús.

Meditaba sobre mi llamado. Me dirigí a Jesús Sacramentado, oculto dentro del sagrario, con la esperanza de ser escuchada. Le dije: “Sé que has estado llamándome, y que siempre he tratado de escucharte y obedecerte, y de hacer todo lo necesario para cumplir con tu llamado. Me estoy preparando: estudiando, leyendo, aprendiendo del ejemplo de buenos sacerdotes, tratando de mejorar mi conducta y tratando de ser ejemplo para otros, entre otras cosas que sólo Tú conoces. Pero llegará el momento en que estaré lista para el oficio, como las vírgenes sabias que tenían sus lámparas llenas de aceite, esperando por la llegada de su novio. ¿Qué pasará entonces? No podré hacer nada sin el Sacramento, y esos señores de Roma no quieren nada con nosotras; no nos aman en realidad. Pero tengo fe en ti, y sé que proveerás. Abrirás puertas y me enseñarás caminos a seguir. No tengo poder para lidiar con ellos, pero Tú sí, y si llamas a mujeres, sabrás qué hacer.”

La referencia de las vírgenes sabias la tomé del Evangelio según San Mateo, 25:1-13:

Entonces el Reino de los Cielos podrá ser comparado a diez jóvenes que salieron con sus lámparas para recibir al novio. De ellas, cinco eran descuidadas, y las otras, previsoras.

Las descuidadas tomaron sus lámparas como estaban, sin llevar más aceite. Las previsoras, en cambio, junto con las lámparas llevaron sus botellas de aceite. Como el novio demoraba en llegar, todas terminaron por quedarse dormidas.

Pero al llegar la medianoche, alguien gritó: “¡Viene el novio, salgan a recibirlo!” Todas las jóvenes se despertaron inmediatamente y prepararon sus lámparas. Entonces, las descuidadas dijeron a las previsoras: “Dennos aceite, porque nuestras lámparas se están apagando.” Las previsoras dijeron: “Vayan mejor a comprarlo, pues el que nosotras tenemos no alcanzará para ustedes y para nosotras.”

Mientras iban a comprarlo, vino el novio, y las que estaban preparadas entraron con él a la fiesta de las bodas, y cerraron la puerta.

Cuando llegaron las otras jóvenes, dijeron: “Señor, Señor, ábrenos.” Pero él respondió: “En verdad, no las conozco.”

Por eso, añadió Jesús, estén despiertos, porque no saben el día ni la hora.

Las mujeres llamadas al sacerdocio debiéramos preocuparnos más por estar listas y preparadas para cuando Jesús venga por nosotras. Él proveerá. Ya sea si algún día recibamos el Sacramento o si sólo abramos puertas para las que vengan después de nosotras, Él proveerá. Eso es lo más importante de todo.

¿Y qué hay en el futuro?

¿Han leído alguna vez la biografía de San Francisco? ¿Saben lo que los franciscanos llamamos la Noche de Espoleto? Cuando joven, iba a participar como cruzado en una batalla. Una noche, en un sueño, Dios le visitó, y le preguntó a dónde iba. Francisco le contestó que a Abulia, a pelear por el Papa. Dios le preguntó entonces: “¿Quién te puede compensar mejor, el Señor o el siervo?” Cuando Francisco contestó que el Señor, Dios nuevamente le preguntó: “Entonces, ¿por qué sirves al siervo y no al Señor?” Francisco entonces preguntó: “¿Qué tengo que hacer?” Dios le mandó regresar a su pueblo natal, Asís, y que allí lo entendería todo. Francisco obedeció y regresó a su casa.

Dios no le dijo a Francisco Sus planes para él; no tenía ni idea de su futuro. Él sólo aceptó la voluntad de Dios, y dejó todo por Él. Y eso le permitió ser el gran santo que todos amamos y tratamos de imitar.

Las mujeres llamadas al sacerdocio enfrentamos el mismo dilema. La Curia Romana nos dice que nuestro llamado es producto de las luchas por la emancipación de la mujer, consecuencia del feminismo, y que no tiene valor; que debiéramos obedecer ciegamente a Roma y rechazar el llamado al sacerdocio ministerial. Pero la Curia Romana es una servidora de Dios, y a la vez, el Señor llama a las mujeres al sacerdocio. ¿A quién debemos obedecer las mujeres entonces, al Señor o al siervo?

A pesar de que siempre permaneció fiel a la Iglesia, la actitud de San Francisco de obedecer a Dios, viviendo fielmente el Evangelio y su insistencia de vivir en la más absoluta pobreza le trajo problemas con la Curia de su momento, hacia él, sus hermanos y sus Órdenes. Pero sus ideas fueron eventualmente aceptadas por la Iglesia y ahora, los ideales franciscanos de paz, ecumenismo y una vida simple, son altamente apreciados, aún por no católicos en todo el mundo.

Para mí, la respuesta a la pregunta de a quién debo servir, no fue fácil. Pero Francisco me dio una idea de qué hacer. Dios es la autoridad suprema; ni los Papas están sobre Él. Decidí seguir a Dios, dejar que Él me guíe, y me proveerá, si me mantengo fiel. Por eso permanezco en la Iglesia, y estar en ella, el día en que por fin las mujeres podamos ser sacerdotes católicas romanas.

Que sea la voluntad de Dios.

Ivelisse Colón Nevárez, OFS

3 de mayo de 2004,
Día de los Apóstoles Santiago el Menor y Felipe.

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