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Soline Vatinel

Soline Vatinel

Soline Vatinel contó la historia de su vocación en un seminario sobre la ordenación de la mujer, organizado en Dublin, Irlanda, el 25 de marzo de 1995 (Lea "Mujeres – ¿Compartir total en el ministerio de Cristo?, BASIC 1995, págs. 39-45). Ella es la fundadora de la Campaña católica irlandesa por la ordenación de las mujeres BASIC (= Hermanos y Hermanas en Cristo, siglas en inglés).

Aquí publicamos la historia con el permiso de la autora y de BASIC.

Orígenes

I want to proclaim God's love!

Soy francesa, nací en 1956, en una familia católica. Mi madre era una persona de fe, quien enfermó de cáncer cuando yo tenía siete años. Ella fue catequista y recuerdo a los niños sentándose a la mesa de nuestro comedor, dibujando escenas del Evangelio y mi madre explicándoselo a ellos.

Su muerte, cuando yo tenía doce años, fue una experiencia profunda que desafió mi fe. Hasta entonces, creía que el amor de Dios protegía del sufrimiento. Cuando vi el ataúd de mi madre bajar a la tumba, me preguntaba dónde estaba Dios, y las palabras de Marta vinieron a mí (fui educada por el Evangelio más que por el Catecismo, y estoy agradecida de eso). Las palabras fueron: "Si hubieras estado aquí, mi madre no habría muerto.”

Tomó tiempo de mi adolescencia lidiar con su muerte. Dos años después, adopté un lema, tomado del Evangelio de San Juan, y estoy contenta porque me ayudó a sostenerme desde entonces. Son palabras que Jesús dijo a los apóstoles.

"Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz. En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo.” (Juan 16:33)

La muerte de mi madre significó también largos feriados de verano y un padre que no sabía qué hacer con su hija. No tenía hermano mayor. Entonces pasó, ya sea coincidencia o “incidencia de Dios”, que alguien iba a Irlanda con varios estudiantes. Llegué por primera vez a Irlanda, a Tullow en el condado de Carlow, en el verano de 1969, el año de los “Problemas”. Pienso que fue que una niña maltrecha se enamoró de un país más maltrecho aún.

Mi vocación

Amaba tanto a Irlanda, que iba cada verano allí. Cuando estaba tomando mis exámenes finales, decidí que iría a estudiar a Irlanda. Fui en 1973 a estudiar historia en la Universidad de Trinity, ¡y aún sigo ahí 22 años después!

Como adolescente, tenía un fe activa y estaba involucrada en la escuela con grupos de estudiantes, reflexionando sobre el Evangelio. Era una niña muy despreocupada, llena de entusiasmo por estudiar en una ciudad extragera, aunque algo tímida.

Al final de mi primer año en la universidad, tuve una experiencia que, aunque pasó hace 20 años, quedará conmigo para siempre. Cambió el curso de mi vida. Fue una profunda experiencia del amor de Dios, no en el intelecto, no en la mente, fue real, estaba rebosante de amor. Esta es la única manera en que puedo describirlo, y pienso que lo subestimo. Fue una sobrecogedora percepción del amor de Dios, no sólo para mí, sino para el mundo entero; no había forma de responder a tan tremendo amor. No podía guardarlo para mí; tenía que compartirlo con otros.

Entonces, muy rápidamente, vino a mí la noción de ser llamada al sacerdocio. Fue muy perturbador. No había surgido en mí la idea de mujeres siendo sacerdotes y nunca la había confrontado. Nunca quise ser monaguilla. Había aceptado el hecho de que Dios llama a los hombres al sacerdocio; Dios llama a la gente para hacer diferentes cosas. No veía mi vida en términos del sacerdocio y cuando vino el llamado a mí, pensé que estaba al borde de – y no es una palabra fuerte – la locura.

Pasé un tiempo en el Hospital San Patricio y terminé más tarde en la unidad de intensivo del Hospital Jervis Street, con una sobredosis. Fue el capellán de la universidad quien me llevó allí. Fue un profundo grito de ayuda para tratar de entender algo que nadie podía ayudarme a entender. Los capellanes fueron muy amables, buenos hombres, y estoy agradecida por lo que ellos hicieron en los cuatro años que estuve en la universidad y después de graduarme. Pero el concepto de una mujer llamada al sacerdocio era algo que no podía imaginar y yo luchaba por mi cuenta contra algo que no podía reconciliar con la visión que tengo de mí misma.

Fue una lucha muy solitaria y lo que recuerdo de aquellos años es la oración “No me llames; tu Iglesia no me quiere.” No tenía la fe de María de Nazareth que diría “Sí” a lo imposible. La Iglesia no quería niñas como yo y yo no quería que Dios me llamara. No tenía ningún curso de teología, a pesar de que, como parte de mis cursos de historia, estudié la Reformación. Así fue que entré en la teología y lidié con eso también.

Logré terminar los cuatro años – no entraré en detalles. Hubo también un peregrinaje a Asís; creo que San Francisco me ayudó en el camino. Mi fe permaneció; eso en sí fue un milagro. Iba a misa todos los días y creo que la Eucaristía salvó mi vida. Más que mi fe, mi propia vida.

Violencia de parte de la Iglesia

Jackie Hawkins habló del sacerdocio como un bebé, un bebé que se abortó espontáneamente o que la institución desea que se aborte. No creo que sea muy fuerte hablar de que las llamadas al sacerdocio son abortadas en las mujeres. Es la vida de Dios plantada en el corazón de las mujeres la que es abortada. Es la peor clase de violencia. No es visible y por tanto, puede ser ignorada y cuando de ella se habla, es silenciada.

La llamada permaneció en mí a través de mi matrimonio, un feliz matrimonio con Colm, y dos hermosos niños, dos hijos que están siendo cuidados, durante este seminario, por una buena suegra. Pero la llamada al sacerdocio jamás se fue. Se hizo subterránea; fue más profunda. Estudié teología y ministré como consejera matrimonial, pero nunca me sentía plena. Nunca respondí totalmente al llamado. Se hizo más profundo y fuerte.

Todos los años, cuando la Iglesia exhortaba al sacerdocio en el Domingo Vocacional, era como una herida siendo reabierta. Tenemos una Iglesia clamando por sacerdotes pero no del género incorrecto, del género femenino.

Ya en 1990, era demasiado. El bebé estaba vivo y pateando y quería nacer. No fue abortado, pero por la gracia de Dios, aún estaba allí. Y en 1990, con gran dolor, porque los partos nunca son fáciles, el bebé vino al mundo.

Me sorprendió y sorprendió a los que conmigo estaban – Colm y Eamonn, quien había sido uno de los capellanes en Trinidad y que aún seguía conmigo. El llamado vino en gran dolor, con días y semanas de llanto por el dolor prolongado, como el dolor de una mujer cuando está dilatando en el parto. El dolor despedazaba mi corazón. Debía decir que sí a algo muy grande, y yo era muy pequeña. Aún así, vino y vino con vida.

No fue el final de dolor. Después de eso, debía hablarlo; debía compartirlo con los vecinos, los amigos, los obispos, la gente en el poder. Había más dolor y suponía un encuentro real con la cruz.

Compartiré con ustedes un corto poema que escribí hace tres años, “Una mujer de sufrimiento” – que habla sobre el dolor.

Su actual contexto es éste. Escuchaba como amiga a una jovencita que había sido abusada sexualmente por un hermano mayor y que por eso, pasó gran parte de su vida – creo que sobre 10 años – en el Hospital San Juan de Dios, tratando de lidiar con la profunda violación de la que fue objeto.

Escuchándola a ella, su dolor y sentido de violación resonó profundamente en mí. No he sido abusada sexualmente, pero he sido profundamente abusada espiritualmente por mi propia Iglesia, la Iglesia que yo tanto amo. Estoy agradecida de esta joven, por ponerme en contacto con esa experiencia.

Para el tiempo en que escribí el poema, me pidieron que contara mi historia. Traté, desde el principio, empezar por mi niñez, pero no pude. Era muy doloroso y no podía hablar de ello. Pero el poema vino, y fue todo lo que pude decir.

Una mujer de sufrimiento

Como objeto de curiosidad o rechazo
ella cuelga,
ensangrentada y golpeada;
su dignidad removida,
crucificada en la cruz de su llamado.
Sobre su cabeza está escrito:
“Mujer sacerdote”.

La turba ciega se burla y se mofa,
escupe a Dios, la Escritura y la Tradición
en su cara;
“Dios escoge sólo hombres.”
“Eres una neurótica, que te examinen la cabeza.”
“No tienes humildad, quieres poder.”
Si tan sólo ella pudiera repudiar,
confesar su engañada arrogancia.
Muchos se alejarían,
pocos quedarían a su lado.
Por dieciocho años
ella ha estado atada,
su feminidad ridiculizada,
su juventud menguada
en una agonía sin fin.
Sólo el silencio responde los gritos de su corazón roto.
Desamparada de la Iglesia,
desamparada de Dios.

A través de sus lágrimas
lo vee a su lado,
al Cristo gentil y amoroso
que la llamó, aún siendo niña
a servirle.
Ensangrentado y golpeado,
crucificado en la cruz de Su llamado,
y aún sonriente:
“Mujer, ellos no me recibieron,
y no te reciben a ti,
porque ellos no aman suficiente.”

El poema iba a ser publicado en una revista católica el año pasado, pero luego de la carta del Papa, la junta editorial dijo que no.

Evidentemente, el dolor es demasiado perturbador para ser dicho.

Mujeres que son crucificadas

Ilustré el poema con una imagen que hice con las pinturas de mis niños, pero el único color que salió fue el negro. Pinté una mujer crucificada. Está desnuda, como lo estaba Jesús en la Cruz. Estaba estudiando en Milltown y puse la imagen en el tablón de expresión. La quitaron de allí. Nada más obsceno que una mujer colgando en la cruz.

Más tarde, hablé con el Arzobispo de Dublin sobre mi llamado al sacerdocio. Yo no mencioné la palabra cruz, pero él la mencionó y me dijo: "Sólo un hombre puede estar en la cruz."

Hay muchas mujeres crucificadas, como la mujer que aún permanece en el Hospital San Juan de Dios. Hay muchas maneras de sufrir y María, al pie de la Cruz, estaba en la Cruz con su Hijo. Este es el dolor que la Iglesia no quiere escuchar, porque produce profundas preguntas.

Drawing by Soline Valentin

No terminaré con mis propias palabras, sino con las palabras de una mujer que no fue crucificada, sino tiroteada en una pequeña aldea del Perú, hace cuatro años. Era una hermana religiosa, Sor Irene McCormack, y en la última edición sabatina del "Irish Times", se recordó su juicio público y ejecución por Sendero Luminoso.

Una testigo del ministerio de la mujer

Pocos meses antes de ser fusilada, ella escribió una carta que fue publicada. No quedaron sacerdotes en esa aldea. Ella fue dejada allí, escogida para quedarse con la gente a quienes Dios le había confiado. Ella bautizaba y celebraba para ellos, pero no había Eucaristía. Vinieron a ella, esa gente peruana y le dijeron: “Danos la Eucaristía.” Ella no quería. No era ordenada, era mujer y Dios no llama a las mujeres, pero ella comprendió y escribió: “Me liberaron para ejercer el ministerio de la Eucaristía entre ellos.” Cito de ella:

“Nuestra preocupación de que la única realidad es la científica y la empírica, nos dificulta aceptar la validez del simbolismo. No sólo es una contradicción a la proclamación de Jesús de que no hay distinción entre hombre y mujer, sino una falta de apreciación a las necesidades de los aldeanos, tanto los nuestros como los del mundo, que nuestra Iglesia continúe negando su ministerio oficial, que es por naturaleza la ‘comunión’. Como en nuestras pequeñas comunidades cristianas, aquí arriba en los Andes, nos reunimos en memoria de Jesús, no hay poder o autoridad en la tierra que pueda convencerme que Jesús no está personalmente presente.”

“Estoy agradecida por estos meses que terminaron sin la “Misa Oficial” y en la cultura donde estaba experimentando nuevos símbolos que me regalaron una nueva apreciación de la Eucaristía.”

(tomado de Compass: A Review of Topial Theology, vol. 25(4), 1991, págs. 33-35.)

Irene McCormack murió. Derramó su sangre después de dar la Sangre de Cristo a esa gente que ella amaba.

Estoy muy agradecida que de hayan querido escuchar esas voces que han sido silenciadas. BASIC nació del inmenso dolor, pero también de la compasión de dos hombres, un sacerdote y mi propio esposo, que vieron el dolor y no se apartaron de él.

Soline Vatinel

25 de marzo de 1995.

Actualización

Después de nueve felices años, salí del grupo matriz de BASIC en la Asamblea General del pasado mes de abril. Ya no estoy buscando la ordenación para mí. “Dios ha sido amable conmigo.”

Soline Vatinel

24 de junio de 2002, fiesta de San Juan Bautista.

Traducción: Ivelisse Colón-Nevárez

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