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Crecimiento espiritual de Jesús

Crecimiento espiritual de Jesús

Una Meditación

Una correcta interpretación de las Sagradas Escrituras
* el sentido literal
* la forma literaria
* el área pretendida
* racionalizaciones

Tal vez tenemos la impresión de que Jesús no necesitó pasar por el proceso de profundidad espiritual. Semejante idea es incorrecta. Por todos los indicios que encontramos en los evangelios, dicha noción es contradictoria, máxime cuando hay un planteamiento explícito de que creció en gracia y sabiduría. (Lucas 2:52) Siendo humano en todo el sentido de la palabra, Jesús necesitó reflexionar, incorporar nuevas experiencias a la visión de sí mismo, reforzar sus ideales y nutrir su corazón y su mente con nuevos conceptos. Jesús fue el líder religioso más vibrante, abierto, sensitivo, entusiasta e inquisitivo que jamás haya vivido. En su humanidad, como la creemos, es en quien "expresó Dios lo que es en sí mismo" (Hebreos 1:3), y que refleja también la incontenible energía de Dios. Al mismo tiempo, siendo uno de nosotros, Jesús "Aún siendo Hijo de Dios, aprendió en su pasión lo que es obedecer". (Hebreos 5:8) Es precisamente esa necesidad de sufrir lo que sería un descubrimiento perturbador para él.

Presentimientos angustiosos

Dado que los evangelios narran eventos de una forma sistemática, en lugar de cronológica, es difícil trazar la secuencia exacta de incidentes que llevaron a dicho descubrimiento. Es posible que el confrontamiento con los escribas y Fariseos haya comenzado todo. Jesús rehusaba aceptar la interpretación farisaica del descanso del Sábado. Curó gente en Sábado. Cuando sanó a un hombre que estaba parcialmente paralizado, "ellos (los escribas y Fariseos), furiosos, se consultaban qué podrían hacer en contra de Jesús." (Lucas 6:11) La Ley disponía la pena de muerte para quien transgrediera el Sábado, así que lo que tenían en mente era matarlo. El conocimiento de esta amenaza se hizo más palpable para Jesús cuando supo la noticia de la muerte de Juan el Bautista. Se retiró a un lugar solitario para reflexionar y orar. Allí, en presencia de su Padre, debió emerger en él la inescapable conclusión: "Si continúo mi ministerio de esta manera, seguramente me matarán."

"Pero sepan que Elías ya vino, y no lo reconocieron, sino que lo trataron como se les antojó. Y también harán padecer al Hijo del Hombre." (Mateo 17:12)

Es fácil hablar de eso ahora, pero para Jesús dicha revelación debió ser sobrecogedora. La hostilidad de los escribas le dolía hondamente. La posibilidad de tener que enfrentarse al dolor y la humillación le angustiaba. Y, sobre todo, surgía amenazante la posibilidad del fracaso. ¿Acaso no había escapatoria? ¿Hacía qué dirección quería dirigirle el Espíritu? ¿Cómo mantenerse íntegro en su misión? ¿Cómo podría asegurarse de que se establecería el Reino, sin importar lo que a él le sucediera? Jesús necesitó reexaminar toda su postura, sus motivos e ideales, sus sentimientos y pensamientos. Cuando, en oración y lucha interna, aceptó su inminente muerte como parte de su misión, él estaba, de hecho, profundizando su vida espiritual. Él aprendió, creció en gracia y sabiduría, se volvió más fiel y verdadero a sí mismo.

Tratar de entrar en la mente de Jesús no es fácil, obviamente. Necesitaríamos sobresimplificar los pensamientos y emociones que tiraban de él en todas direcciones. Ciertamente en Nazareth, mientras se preparaba para su misión, debió llegar a su mente la posibilidad de encontrar oposición. Pero si para propósitos de nuestra reflexión simplificáramos un poco las cosas, podríamos decir que la integración del sufrimiento en su patrón de pensamiento marcó en Jesús un nuevo e importante paso en su vida interior. ¿Qué le permitió llegar a ese paso? ¿De qué fuente extraería las imágenes y conceptos que le harían ver su misión desde esta perspectiva? La respuesta es simple y directa: de las sagradas escrituras. O en términos modernos, del Antiguo Testamento. Es ahí donde cobra importancia en nuestra discusión el análisis del progresivo auto-entendimiento de Jesús.

El himno del sufriente siervo de Dios (Isaías 52:13 – 53:12) seguramente moldeó el pensamiento de Jesús. Pero otros textos del Antiguo Testamento son igualmente importantes. El siguiente incidente es revelador:

"Ocho días después de estos discursos, Jesús llevó consigo a Pedro, a Santiago y a Juan, y subió a un cerro a orar. Y mientras estaba orando, su cara cambió de aspecto y su ropa se puso blanca y fulgurante. Dos hombres, que eran Moisés y Elías, conversaban con Él. Se veían resplandecientes y le hablaban de su partida, que debía cumplirse en Jerusalén." (Lucas 9:28-31)

¿Qué pasó en aquella solitaria colina? ¿Por qué aparecieron Moisés y Elías?

Modelos y aliados

Moisés y Elías, nos dicen los comentaristas, representaban la Ley y los Profetas. Jesús debía cumplir a cabalidad ambas cosas. Es así. Pero este tipo de observación pasa por alto el aspecto psicológico de este acontecimiento. Jesús fue al monte a orar. Su mente estaba cargada con lo sobrecogedor de su futuro sufrimiento. La determinación de vivir su misión "hasta la muerte" le mantenía en pie de lucha, pero necesitaba clarificar su visión y fortalecer su resolución. Por eso fue a orar. Y mientras oraba, buscaba ejemplos del inspirado pasado que pudieran ayudarle, que le mostraran cómo responder al desafío. A su mente vinieron Moisés y Elías.

Jesús rememoró cómo Moisés conoció a Dios en la zarza ardiente, cómo fue enviado a sacar al pueblo elegido de Egipto. El vio, en su mente, cómo Moisés protestó: "¿Quién soy yo para ir...?" (Éxodo 3:11). Revivió las luchas que tuvo Moisés con el Faraón y los problemas que tuvo con su pueblo:

"Dijo a Yahvé, ‘¿Por qué tratas mal a tu siervo? ¿En qué te he desagradado para que hayas echado sobre mí la carga de todo este pueblo? ¿Acaso he concebido a todo este pueblo y lo he dado a luz? ¿Y ahora tendría que llevarlo en mi regazo como la nodriza lleva al niño de pecho, hasta la tierra que prometiste a sus padres?" (Números 11:11-12)

Jesús sintió la decepción de Moisés cuando la gente fabricó el becerro de oro, y su exasperación, angustia y coraje. Mas después de todo esto, y a través de ello, experimentó el regocijo de Moisés, al permitírsele estar cerca del Padre. Vio lúcidamente cómo Moisés, también en el tope de una montaña, experimentó la presencia de Dios.

"Yahvé le contestó: ‘Toda mi bondad va a pasar delante de ti, y yo mismo pronunciaré ante ti el Nombre de Yahvé. Pues tengo piedad de quien quiero, y doy mis favores a quien los quiero dar’. Y agregó Yahvé: ‘Pero mi cara no la podrás ver, porque no puede verme el hombre y seguir viviendo. Mira este lugar junto a mí. Te vas a quedar de pie sobre la roca y, al pasar mi Gloria, te pondré en el hueco de la roca y te cubriré con mi mano hasta que yo haya pasado. Después, sacaré mi mano y tú entonces verás mis espaldas; pero mi cara no se puede ver." (Éxodo 33:19-23)

Y entendió Jesús que esa era la cercanía al Padre que llevó Moisés hasta el fin de su misión.

Entonces, pensó en Elías. De cómo tuvo que huir de su patria durante la sequía. De cómo enfrentó a los profetas de Baal en el Carmelo. De cómo luego de su victoria sobre ellos, Elías tuvo que huir una vez más. Lo vio allí, acostado a la sombra de un árbol en el desierto, diciendo a Dios: "Ya basta, Yahvé. Toma mi vida, pues yo voy a morir como mis padres". (I Reyes, 19:4) Pero de nuevo vio consolación en ese encuentro de Elías con Dios. Allí, en la cueva de la montaña sagrada de Dios, Elías experimentó la presencia de Dios.

Entonces, el Señor pasó y envió un viento embravecido que partió las colinas y las rocas – pero el Señor no estaba en el viento. El mismo dejó de soplar, y entonces hubo un terremoto – pero el Señor no estaba en el terremoto. Cuando el mismo pasó, hubo fuego – pero el Señor no estaba en el fuego. Cuando el mismo acabó, se oyó entonces el suave susurro de una voz. Cuando Elías la escuchó, se cubrió la cara con su manto, salió y se paró a la entrada de la cueva. (I Reyes 19:11-12)

En esa experiencia, supo Jesús lo que dio energías a Elías para seguir su misión.

Éxtasis y resolución

Jesús mismo cayó en trance. "En presencia de ellos, Jesús cambió de aspecto: su cara brillaba como el sol y su ropa se puso resplandeciente como la luz." (Mateo 17:2) La presencia de Dios lo envolvió, tal y como había pasado con Moisés y Elías. Y Jesús sintió la confirmación que esos dos grandes profetas habían sentido. Oyó al Padre decir: "Este es mi Hijo, el Amado; éste es mi Elegido; a él han de escuchar." (Mateo 17:5) De esa manera, el Padre le reafirmó como el nuevo Moisés y como su servidor mesiánico, y le dio a Jesús la conducción y apoyo que necesitaba. De ahora en adelante, resueltamente se dirigiría a Jerusalén a enfrentar el desafío cara a cara. Su encuentro con Moisés y Elías le ayudaría a lograrlo.

En esta etapa, siendo nosotros producto de este tiempo, nos preguntaríamos: ¿Acaso aparecieron Moisés y Elías a Jesús en forma física? Tal vez fue así. Parece igualmente posible que Jesús tuviera un encuentro espiritual con ellos. Su conversación con Moisés y Elías pudo haber sido un encuentro muy intenso y personal, tanto así, que sintió como si estuvieran allí físicamente. Jesús contó a sus tres apóstoles sobre esta experiencia, y posteriormente en la tradición se formuló como si ambos profetas hubieran estado como personas visibles. Encontramos un desarrollo similar en las historias de la tentación, que fueron recontadas por Jesús en forma de las conocidas parábolas, y luego llevadas a los evangelios como eventos narrados. Esta forma de interpretar el encuentro de Jesús con Moisés y Elías no minimiza la importancia histórica del relato de la transfiguración. Independientemente de que Jesús hablara con ellos en forma visible o espiritual, el resultado es el mismo: fue confortado y fortalecido por lo que ellos habían experimentado. Y, tal como les pasó a ellos, Jesús se sintió tan lleno de la cercanía de Dios hacía él, que en ese momento pudo aceptar en confianza su muerte. Pedro da esta confirmación a la esencia de la experiencia de la transfiguración:

"...les hablamos porque nosotros contemplamos su majestad, cuando recibió de Dios Padre gloria y honra, y desde la magnífica Gloria llegó sobre él esta palabra tan singular: ‘Este es mi Hijo muy querido, éste es mi Elegido.’" (II Pedro 1:16-17)

El rol del pasado

De este acontecimiento en la vida de Jesús podemos aprender muchas cosas. Vemos que debemos aumentar y profundar su entendimiento y compromiso. Encontramos también que las escrituras le proveyeron la inspiración que necesitaba. Es al revivir las experiencias de Moisés y Elías, que Jesús preparó a sí mismo para la revelación especial que el Padre tenía para él.

Texto tomado de "Ancient Prophets on My Mountain", en Inheriting the Master’s Cloak por John Wijngaards, Ave María Press, Notre Dame 1985, págs. 83-88.

John Wijngaards
Traducción: Ivelisse Colón-Nevárez

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