Gálatas 3, 27-28

Gálatas 3, 27-28

Una correcta interpretación de las Sagradas Escrituras
* el sentido literal
* la forma literaria
* el área pretendida
* racionalizaciones

Imagínese Usted en el mundo Greco-Romano de Pablo, dos mil años atrás. Diferencias profundas y fundamentales dividían a la sociedad. Los Griegos y los Romanos estaban convencidos de que algunos seres humanos habían sido creados para ser libres y otros para ser esclavos. Las mujeres en general eran consideradas inferiores a los hombres debido a su naturaleza, y por lo tanto debían servir a sus maridos. También los Judíos estaban de acuerdo con estas divisiones, ya que creían que representaban la voluntad de Dios, e incluso agregaron su propia división: la distinción entre los hijos escogidos de Abraham y los Gentiles.

Estos prejuicios de antaño, con sus raíces profundamente arraigadas en la estructura social y la cultura contemporánea no podrían ser erradicados de inmediato. Se necesitó un hombre como Pablo para ver claramente que Cristo había establecido una realidad completamente nueva, en la cual tales distinciones perdieron su validez. En Cristo las personas son ‘re-creadas’.

Esto es lo que escribió Pablo:

Ustedes se han despojado de su vieja naturaleza
con sus prácticas,
y se han revestido de la nueva naturaleza
la cual se renueva en un pleno conocimiento
conforme a la imagen de su Creador,
En esa imagen no hay cabida para distinciones
entre Griego y Judío, circunciso e incircunciso,
entre Bárbaro y Scita, esclavo y libre.
Lo que importa es que Cristo es todo y está en todos.

Colosenses 3, 9-11

De nada vale ser o no ser circunciso;
lo que sí vale es el haber sido creados de nuevo… Porque todos ustedes quienes han sido bautizados en Cristo
Ya no hay Judío ni Griego,
se encuentran revestidos de Cristo.
libre ni esclavo, hombre ni mujer,
porque todos ustedes son uno en Cristo Jesús.

Gálatas 6, 15; 3, 27-28

Es Cristo quien ha restituído el propósito original de la creación.

Dése cuenta que para Pablo el nuevo principio de igualdad se basa en el bautismo, puesto que en él Jesucristo ha introducido un concepto radicalmente nuevo. En la época del Antiguo Testamento solamente los hombres eran los portadores del pacto con Dios por medio de la circuncisión. En el reino de Cristo hombres y mujeres son miembros iguales porque comparten en Cristo por medio del mismo bautismo.

En el Antiguo Testamento la desigualdad era dispensada desde el momento del nacimiento.

  • · Cada hijo primogénito ‘que abría el vientre de su madre’ debía ser redimido por medio de un sacrificio especial. Las hijas no se tomaban en cuenta (Ex 13, 11-16).
  • · Todos los hijos varones debían ser circuncidados ocho días después de su nacimiento. Esta era una condición esencial para poder ser parte del pacto con Dios, y es aproximadamente comparable con nuestro rito del bautismo para formar parte de la Iglesia. Sin embargo, no existía un rito de iniciación para las mujeres que fuera equivalente a la circuncisión (Gen 17, 9-14).
  • · Todo esto era equivalente a decir que Dios había hecho su pacto con los hombres, los ‘hijos de Israel’. Las mujeres participaban en el pacto sólo de manera indirecta, por medio de sus padres y de sus maridos.

Asimismo, en la época del Antiguo Testamento, las mujeres no podían actuar independientemente en cuestiones religiosas. No tenían derechos propios como personas en el sentido amplio de la palabra.

  • · Promesas religiosas hechas por una mujer solamente eran válidas si su marido o su padre las habían ratificado (Num 30, 2-17).
  • · Las mujeres no podían ofrecer sacrificios de animales. Para ellas asistir al templo era voluntario, no obligatorio. ‘Todos los hombres deben presentarse ante el Señor tres veces al año’ (Ex 23, 17).
  • · Incluso la manera de acomodar a las personas en el templo de Jerusalén limitaba a las mujeres, a quienes no se les permitía acceso más allá del atrio exterior. Mientras que a los hombres se les permitía acceso al ‘atrio de Israel’, situado frente al recinto sagrado que contenía el altar de holocaustos, las mujeres debían quedarse atrás, en el ‘atrio de las mujeres’.

Pablo, quien había aprendido el oficio de escriba, era muy consciente de los cambios revolucionarios creados por el bautismo de Cristo, los efectos del cual él describe con gran detalle (Romanos 6, 1-23). Es muy importante, por lo tanto, que él atribuya la igualdad fundamental entre hombre y mujer a la igual participación de ambos en este sacramento. Ambos hombres y mujeres ‘revestidos de Cristo.’

Esta igualdad fundamental implica la participación plena de las mujeres en todos los aspectos ministeriales del sacerdocio. En el Antiguo Testamento, el sacerdocio estaba reservado para los Judíos y para el clan de Aarón. Por medio de la eliminación de las distinciones de raza y clase (Griego-Judío, esclavo-libre), tomar parte en le sacerdocio de Jesús sería posible para todos. Lo mismo aplica, en principio, a la distinción de género (masculino-femenino), la cual, Pablo admite, ha sido superada.

Si Pablo no admitió a las mujeres en todos los aspectos ministeriales del sacerdocio (como lo entendemos hoy en día), fue debido, como en el caso del mismo Cristo, a las fuerzas sociales que subordinaban las mujeres a los hombres.


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