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Racionalizaciones

Racionalizaciones

Una correcta interpretación de las Sagradas Escrituras
* el sentido literal
* la forma literaria
* el área pretendida
* racionalizaciones

Regla 4. Debemos distinguir entre los dichos substanciales del autor de las racionalizaciones y razonamientos populares en los que expresa sus propias opiniones humanas

Hay una gran diferencia entre razón y racionalización. Es posible que tengamos muy buenas razones para nuestras actitudes y acciones. Pero a veces nos hacemos tontos solos. No queremos admitir que nuestras motivaciones reales son irracionales. Entonces inventamos razones espúreas. A esto se le llama “racionalización”: es decir, el producir razones plausibles para explicarnos a nosotros mismos o a otros un comportamiento cuya motivación real es distinta y desconocida o inconsciente. La racionalización es una característica eminentemente humana. ¿Será posible que las Sagradas Escrituras sean tan humanas que contengan “racionalizaciones populares, espúreas”? La respuesta es: sí. Porque nada humano le es ajeno a las Escrituras.

Discutiremos la racionalización en cuatro pasos:

  1. La cara humana de la Palabra de Dios.
  2. Racionalizaciones acerca del castigo divino.
  3. Imputar a Dios hostilidad hacia otras naciones.
  4. Racionalizaciones en Pablo.

1. La cara humana de la Palabra de Dios

La Sagrada Escritura es un ejemplo de la lo divino trabajando la salvación a través de medios y formas humanos.

“Así como la sustancial Palabra de Dios se volvió humana en todas las cosas ‘excepto en el pecado’ (Heb 4,15), así las palabras de Dios, expresadas en lenguaje humano se vuelven en todo como el lenguaje humano, excepto en el error.”

Pío XII, Divino Afflante Spiritu, Denz. 2294 (3229-3230).

Habiendo Jesucristo predicado todo el día se sintió cansado. Necesitaba comer y beber para recuperar sus fuerzas. Jesús conocía en su cuerpo todas las limitaciones humanas. ¡El también sólo contaba con dos manos y dos pies! Tampoco podía estar en dos lugares al mismo tiempo. Podía sufrir todas las enfermedades y padecimientos que afectan a la gente. Incluso escogió morir como nosotros lo hubiéramos hecho en circunstancias similares. Todos estos hechos demuestran cuán verdaderamente el Hijo de Dios se volvió humano. Sin embargo todas estas limitaciones humanas no le restan de modo alguno su infinita divinidad. ¡Dios quiso salvarnos a través de que su Hijo asumiera la naturaleza humana! Este principio de “lo divino actuando a través de lo humano” opera igualmente en los sacramentos instituidos por Jesús. Un sacerdote puede provenir de cualquier nación, sector social o medio intelectual. El sacerdote puede haber perdido un ojo o una mano, puede tener hábitos nocivos o incluso ser un pecador. Sin embargo, cuando consagra o cuando perdona los pecados, Dios efectivamente lleva a cabo la salvación a través de él. La hostia en el altar puede ser cuadrada o redonda, puede ser de trigo canadiense o nigeriano, puede saber dulce o salada, sin embargo, después de la consagración ¡contiene efectiva y realmente a Jesucristo mismo! En otras palabras, Dios trabaja a través de medios humanos. Las verdaderamente reales limitaciones humanas de los medios no disminuyen de ningún modo la salvación divina que se lleva a cabo a través de ellos.

Este principio teológico de la encarnación debe ser reconocido también en la Sagrada Escritura. Aquí también, Dios lleva a cabo la salvación a través de medios verdaderamente humanos. Los libros inspirados son verdaderamente humanos, del mismo modo que el cuerpo y el alma de Jesús y los sacerdotes de Jesús y los sacramentos son verdaderamente humanos. Las palabras de la Biblia conllevan todas las limitaciones de las palabras humanas: se hablan en lenguajes particulares; son incompletas e inexactas; son imperfectas en su estilo y su contenido. Los autores inspirados, también, preservan todas las características típicas de la gente ordinaria: desplegaron su

propia y limitada manera de pensar, tenían sus particulares intereses y preferencias; entendieron y expresaron la verdad con mucha confusión y con un cierto grado de autocontradicción. Sin embargo, a pesar de ser verdaderamente humano, Dios real y efectivamente transmite su propio mensaje a través de ellos! Mientras mejor conocemos los libros sagrados, mejor apreciamos cuán humanos son. Pero esto no puede ser tomado como argumento en contra de sean inspirados, del mismo modo de que la verdadera humanidad de Jesús sea argumento en contra de su verdadera divinidad.

Encarnación quiere decir condescendencia. El infinito amor de Dios lo llevó a encarnar el mensaje divino en las palabras inspiradas de las Escrituras. Dios quiso hablarnos de un modo verdaderamente humano. La invitación de Dios a la humanidad no debe llegarnos en abstractas tesis dogmáticas. En cambio, Dios quiso hablarnos al corazón. Quiso discutir con nosotros, persuadirnos, amenazarnos y rogarnos. Quiso hablarnos como un padre le enseña a sus hijos. Las racionalizaciones, el uso de opiniones personales y razonamientos espúreos en el curso de la conversación son un aspecto de la humanidad de las Escrituras.

2. Racionalizaciones acerca de los castigos de Dios

En la antigüedad los Israelitas estaban firmemente convencidos de que cada desastre debía ser explicado, de un modo u otro, como un castigo por algún crimen específico. Leemos, por ejemplo, que hubo una hambruna durante el reinado de David. Se consultó un oráculo divino que afirmó: “Saúl y su familia son culpables de homicidio; ordenó la muerte del pueblo de Gabaón”. David realizó mayores pesquisas y encontró que Saúl, 10 años antes, había ordenado la muerte de algunos gabaonitas. David entonces se acercó a los gabaonitas y les preguntó qué era lo que querían que hiciera.

“Dénsenos siete varones de sus hijos, para que colgarlos al SEÑOR en Gabaa de Saúl, el escogido del SEÑOR. Y el rey dijo: Yo los daré.” (2 Sam 21,6).

David estuvo de acuerdo. Arrestó a siete de los hijos de Saúl y los entregó. Los gabaonitas los colgaron y dejaron que sus cuerpos se pudrieran frente al santuario de Gabaa. Después de varios meses los cuerpos fueron bajados y enterrados. “Después se aplacó Dios con la tierra.” (2 Sam 21:14).

Cuando leemos un pasaje así, debemos tener mucho cuidado al interpretarlo. Parecería como si fuera Dios quien quería venganza por el pecado de Saúl: “el SEÑOR le dijo: Es por Saúl, y por aquella casa de sangre; porque mató a los gabaonitas.” (2 Sam 21:1), y finalmente, “Después de eso, Dios contestó sus plegarias.” Pero sabemos por muchos otros ejemplos de que es un error pensar así. Lo que encontramos en episodios como estos no es una revelación lineal sino un registro de cómo pensaba la gente en ese tiempo (en este caso alrededor del año 1000 A.C.) acerca de Dios. ¡Sería un error considerar inspirada su racionalización! El pensamiento de Dios a este tipo de pensamiento se aclara en otros pasajes. Los antiguos hebreos estaban convencidos que Dios castigaba a los hijos por los pecados de los padres. “yo soy el SEÑOR tu Dios, fuerte, celoso, que visito la maldad de los padres sobre los hijos, hasta la tercera y cuarta generación, de los que me aborrecen” (Exodo 20,5). En el ejemplo de la hambruna presentado

La reacción de Dios ante tal mentalidad se aclara en otros pasajes. Los antiguos hebreos estaban convencidos que Dios castigaba a los hijos por los pecados de los padres. “No los adorarás ni los servirás; porque yo, el SENOR tu Dios, soy Dios celoso, que castigo la iniquidad de los padres sobre los hijos hasta la tercera y cuarta generación de los que me aborrecen” (Exodo 20,5). En el ejemplo de la hambruna mencionado anteriormente, ellos pensaban que Dios quería castigar a los hijos de Saúl por el pecado de su padre. Pero Dios corrigió esta idea muy clara y específicamente. El profeta Ezequiel (580 A.C.) declara a profundidad que las personas ser castigadas por sus propios pecados o recompensados por sus propias virtudes. En relación a los pecados de los padres no escatima sus palabras:

“Y vosotros decís: “¿Por qué no carga el hijo con la iniquidad de su padre?” Cuando el hijo ha practicado el derecho y la justicia, ha observado todos mis estatutos y los ha cumplido, ciertamente vivirá. El alma que peque, ésa morirá. El hijo no cargará con la iniquidad del padre, ni el padre cargará con la iniquidad del hijo; la justicia del justo será sobre él y la maldad del impío será sobre él.” (Ezequiel 18:19-20).

El mismo principio también se establece como regla general de la Ley:

Los padres no morirán por sus hijos, ni los hijos morirán por sus padres; cada uno morirá por su propio pecado. (Deuteronomio 24,16)

¡Esto nos da mucho que pensar! Cuando los inocentes hijos de Saúl fueron ejecutados en razón del crimen de su padre, esto no era lo que Dios estaba pidiendo. Fue lo que los Israelitas pensaban que quería. Era su racionalización. Y, no olvidemos que a este imaginario deseo de Dios ellos le atribuían la hambruna. Pensaban: esta hambruna se debe deber a algún crimen que hemos cometido, sino ¿porqué habría Dios de castigarnos? Ah, debe ser la injusticia de Saúl hacia Gabaón. Si castigamos a los hijos de Saúl, Dios estará satisfecho y nos quitará el castigo. ¡Era otra racionalización!!

Ahora sabemos que este modo de pensar está equivocado. La hambruna no es un castigo de parte de Dios. No estuvo contento con el asesinato de los hijos de Saúl. Lo único que podemos decir es que Dios toleró este tipo de pensamiento hasta que encontró el momento apropiado para corregirlo de una vez por todas. Pero atención ¡encontramos racionalizaciones bien asentadas en las Escrituras!

Encontramos una historia similar en 2 Samuel donde una epidemia es atribuída a que David realizó un censo de la gente. “He pecado en gran manera por lo que he hecho. Pero ahora, oh SENOR, te ruego que quites la iniquidad de tu siervo, porque he obrado muy neciamente” David reza (2 Samuel 24,10). Pero en la narración del mismo evento en 1 Crónicas, es Satanás quien es culpado.

“Y se levantó Satanás contra Israel e incitó a David a hacer un censo de Israel” (1 Cro 21:1).

Aquí también encontramos el mismo proceso de racionalización y presuposición de causas. Cuando ocurría una epidemia, la gente buscaba a su alrededor por un culpable. Decidieron que tenía que ser el que David levantara un censo. Más tarde, ¡se convencieron que Satanás tenía que estar involucrado! Pero levantar un censo seguramente que no es un pecado. En el relato sacerdotal del viaje de Israel a través del desierto, que fue escrito siglos después, el censo del pueblo es prescrito como deber.

[El Señor dijo a Aarón] Haz un censo de toda la congregación de los hijos de Israel por sus familias, por sus casas paternas, según el número de nombres, todo varón, uno por uno; de veinte anos arriba, todos los que pueden salir a la guerra en Israel, tú y Aarón los contaréis por sus ejércitos. (Números 1,2-3).

De nuevo llegamos a la misma conclusión: a pesar de lo que los contemporáneos de David pensaban, la epidemia no era un castigo de Dios a David por levantar un censo. Sus racionalizaciones no fueron correctas. Cuando Jesús y sus discípulos caminaban afuera del Templo de Jerusalén, ocurrió un caso similar. Los apóstoles vieron a un hombre ciego de nacimiento – un tema de discusión interesante para los judíos. Ya que, teniendo un defecto de este tipo como castigo por un pecado, no sabían a quién atribuírselo. Los apóstoles le remiten el caso a Jesús:

“Y sus discípulos le preguntaron, diciendo: Rabí, ¿quién pecó, éste o sus padres, para que naciera ciego? Jesús respondió: Ni éste pecó, ni sus padres; sino que está ciego para que las obras de Dios se manifiesten en él.” (Juan 9,2-3).

La ceguera no se debía al pecado de nadie. Miles de personas nacen con la vista defectuosa o con alguna otra incapacidad. Esto no es a causa del pecado. Estaríamos equivocados si buscamos alguna explicación sobrenatural. Se debe a errores de la naturaleza. Sin embargo, la ceguera del hombre sentado afuera del templo sirvió un propósito. “para que las obras de Dios se manifiesten en él.”

3. Imputarle a Dios hostilidad hacia otras naciones

Los israelitas y los moabitas vivían uno al lado del otro como enemigos jurados. El rey Mesha de Moab reporta en su famosa estela [830 A.C.] como venció a los pueblos israelitas, matando hombres, mujeres y niños como “retribución para Chemosh”, su dios. Los israelitas les dieron igual tratamiento a Moab, parecería, ya que leemos que David “derrotó a Moab, y los midió con cordel, haciéndolos tenderse en tierra; y midió dos cordeles para darles muerte, y un cordel entero para dejarlos vivos. (2 Samuel 8,2).

Tal enemistad es, quizás, suficientemente natural en las sociedades humanas. Pero ¿qué debemos pensar de leyes divinas que parecen inculcar un odio de este tipo? Lo que pasaba realmente es que la hostilidad de Israel hacia sus vecinos era proyectada a Dios. Ellos racionalizaban que Dios rechazaba a este pueblo completamente. Con respecto a Moab y a Ammón, la ley deuteronómica prescribe:

“Ningún amonita ni moabita entrará en la asamblea del SENOR; ninguno de sus descendientes, aun hasta la décima generación, entrará jamás en la asamblea del SENOR,... Nunca buscarás su paz ni su prosperidad en todos tus días.” [Deuteronomio 23,3.6].

Una actitud igualmente irreconciliable se impone en relación a los amalequitas. Recordando la oposición de Amalec durante el viaje en el desierto la Ley dice:

“Por tanto, sucederá que cuando el SEÑOR tu Dios te haya dado descanso de todos tus enemigos alrededor, ... borrarás de debajo del cielo la memoria de Amalec; no lo olvides.” (Deuteronomio 25,19).

A Moisés se le dice “hiere a los medianitas” (Números 25,17). Josué debe jurar destruir a toda la población de las ciudades que conquista (Josué 8,2). Saúl es rechazado como rey por perdonar a algunos (1 Samuel 15,17-24). ¡El odio inflexible hacia otras naciones se racionaliza como un mandato y un deber! Deuteronomio 7,2 resume con estas palabras: “los destruirás por completo. No harás alianza con ellos ni te apiadarás de ellos”. Este espíritu de inmisericorde hostilidad ¿está en armonía con el mandamiento de que “amemos a nuestro prójimo como a nosotros mismos”?

Cuando los nobles del rey Zedequías conspirar contra la vida de Jeremías, el profeta clama al Señor. Podemos simpatizar con sus sentimientos cuando pide la maldición del Señor contra sus enemigos. Le pide a Dios que les envíe hambruna, espada, peste y malhechores contra ellos. Y Jeremías no se detiene en desearles daños materiales solamente, sino continúa:

“No perdones su iniquidad ni borres de tu vista su pecado” (Jeremías 18,23).

Que la humanidad exprese esos sentimientos puede ser fácilmente entendido. Pero el mismo tipo de oración se encuentra en los Salmos – ¡en oraciones que se suponen deben ser ejemplares y especialmente agradables a Dios! Súplicas tales como las que siguen parecen ajenas al amor al prójimo que sabemos que es la voluntad de Dios:

Los israelitas que rezaban de este modo racionalizaban que Dios estaba de su lado. Es humano, pero no es correcto. De hecho, estos versículos son tan ofensivos para nuestra sensibilidad cristiana que, en la reforma litúrgica del Vaticano II, han sido omitidos del breviario. ¿No es suficiente esto para demostrar que la racionalización es parte de las Escrituras y que debe ser tratada con mucho cuidado efectivamente?

4. Racionalizaciones en Pablo

Pablo frecuentemente utiliza las racionalizaciones, usualmente cuando quiere discutir algún punto y aduce todo tipo de razones que le vienen a la mente, algunos más apropiados que otros. Es claro, a partir de los mismos dichos de Pablo en esos casos que no quiere enseñar estos razonamientos por sí mismos: solo son “pensamientos” para subrayar un punto.

Daré cuatro ejemplos famosos de las epístolas de Pablo. Siempre encontraremos la estructura: (a) punto principal, (b) razones y racionalizaciones.

A pesar de que algunas de estas cartas puedan haber sido escritas por discípulos de Pablo, les daremos el tratamiento de paulinas, ya que utilizan el mismo rasgo característico de racionalización.

En Tito 1,5-13 el punto principal es obviamente la preocupación acerca de “muchos indisciplinados (en Creta). . . .a los cuales es preciso tapar la boca” (vs. 10-11). El autor continúa:

¿Es que el autor inspirado enseña que es cierto que los cretenses son siempre mentirosos, malas bestias y panzas holgazanas? Obviamente no. El autor solamente añade una racionalización humana.

En Romanos 1,18-32 Pablo describe la corrupción moral en el mundo grecolatino. El punto principal que quiere enseñar es que el mundo estaba lleno de “corrupción y maldad” (vs. 18). Entre las razones que aduce están las siguientes:

1. Deberían saber acerca del Uno Creador, en cambio, se han vuelto idólatras (vs. 19-23)

El tercer ejemplo que Pablo da, acerca de la homosexualidad, es claramente una racionalización: una referencia popular a los bien conocidos excesos en círculos helenísticos que escandalizaban a la gente común. Sin embargo, este texto obviamente no puede ser usado para condenar la homsexualidad como tal. Es solamente hasta nuestros días que se ha descubierto que 10% de la gente nace con tendencias homosexuales, ¡y Pablo no tenía en mente entrar al delicado campo de guía pastoral para homsexuales de nacimiento!

En 1 Cor 11,2-16 el punto principal de Pablo es que quiere que las mujeres se cubran el pelo con un velo cuando asistan a la asamblea cristiana. Para recalcar este (más bien trivial) punto aduce muchas racionalizaciones:

Esta claro que Pablo está simplemente apilando razones una encima de otra, las cuales él mismo se da cuenta que son racionalizaciones. Es por eso que es inexcusable tomar algunas de estas racionalizaciones, especialmente nos. 3-5 para implicar una enseñanza inspirada acerca de la sumisión de la mujer al hombre. Sin embargo, esto fue lo que hicieron los Padres de la Iglesia, las abogados canónigos, los teólogos e incluso se repite implícitamente en los últimos documentos de Roma acerca de la ordenación sacerdotal de las mujeres!

En 1 Tim 2, 11-15 el punto principal es que “las mujeres aprendan en silencio en completa sumisión” (vs. 11). Pablo luego añade sus razonamientos:

Lo que obviamente tenemos aquí es un montón de racionalizaciones, expresando una práctica (1) y luego razones bíblicas (2 y 3) basadas en una interpretación rabínica prejuiciada: hombre y mujer fueron creados ambos al mismo tiempo a imagen y semejanza de Dios (Génesis 1,26-27) y Adán fue igualmente culpable (Génesis 3,6-7.16-19). Desafortunadamente, ¡las racionalizaciones se toman para apuntalar una discriminación permanente e imperecedera contra las mujeres!.

La regla de la “racionalización” está estrechamente relacionada a las otras reglas:

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Traducción: Luisa Elena Calderón Lelo de Larrea


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