La vocación al sacerdocio y las mujeres

La vocación al sacerdocio y las mujeres

por M.a José Arana
El sacerdocio de la Mujer, Editorial San Esteban, Salamanca, 1993, p.9-13.

1. ¿Es Posible la Vocación al Sacerdocio en una Mujer?

«¡Dadme la oportunidad de poner a prueba mi vocación al ministerio!», reclamaba, emocionadamente, una de las mujeres, diácona y miembro del Sínodo anglicano, presente en uno de los últimos debates sobre la admisión de las mujeres al sacerdocio en noviembre de 1992. Y, con ocasión de esta decisión de la Iglesia de Inglaterra, no han faltado tampoco declaraciones de mujeres católicas en este mismo sentido (1). Pero la cosa no es nueva; efectivamente, muchas mujeres han sentido o sienten, lo que dicen es, no solamente un cierto atractivo, sino una interna y personal vocación hacia el sacerdocio y ministerio.

A lo largo de los tiempos, no han sido pocas las mujeres que se han encontrado muy limitadas por el hecho de no poder participar directamente en las actividades evangelizadoras. Encerradas, «honestas y recogidas», tanto en la sociedad civil como en la eclesiástica, se les impedía toda actividad «impropia de su sexo» y se les evitaba cualquier responsabilidad y credibilidad. Ya el mismo Señor recordó algo de esto a Santa Catalina de Siena (1347-1380), que debió de tener inquietudes en este sentido: «Desde pequeña he infundido en ti el celo por las almas; soñabas con ser un hombre; disfrazarte, al menos, de hombre; ir a tierras lejanas y ser fraile predicador para ser más útil para ti y para las almas...». Pero parece que ella se sentía insegura viendo las limitaciones reales que le imponía su sexo y expone sus dificultades: «Soy mujer...; ni los hombres me harán caso, ni está bien que una mujer ande entre ellos»... (2). ¿Tenía Santa Catalina una verdadera vocación sacerdotal? Es muy posible; la predicación, también en otros tiempos reiteradamente prohibida para las mujeres, de hecho, sí ha estado estrechamente ligada con el ministerio sacerdotal; pero además a través de las obras de la santa descubrimos que su teología y preocupaciones están muy orientadas en este sentido (3).

Por otra parte, podríamos encontrarnos al examinar vidas y textos de santas y místicas con que una cierta espiritualidad de la inmolación, en más de un caso, ha sido una forma y/o una sublimación de una oculta vocación sacerdotal y que incluso algunas llegan a expresar claramente. Sor Isable de la Trinidad (1880-1906) es, a mi juicio, uno de los ejemplos más claros: «... Del fondo de la inmolación silenciosa de un alma hostia —dice— brota un llamamiento misterioso y real, UNA VOCACIÓN SACERDOTAL»... (4). Su vida espiritual está centrada en ese anonadamiento de la víctima que se inmola: «... El sacerdote y la victima son seres correlativos»..., y su vocación contemplativa la descubre íntimamente relacionada con la sacerdotal: «La vida del sacerdote, como la de la carmelita»...; «Tal es como yo entiendo el apostolado de la carmelita y del sacerdote»...; «¡Qué sublime misión la de la carmelita!; ha de ser MEDIADORA»... Todas estas afirmaciones están profundamente conectadas con el centro de su espiritualidad: «Que no deje de consagrarme en el Santo Sacrificio de la Misa, para que sea una hostia de ALABANZA para gloria de Dios»... Unida a la que ella llama «Virgen Sacerdotal» se anega, llena de celo, en Cristo y, aunque feliz en su vocación contemplativa, sin embargo, deja traslucir, como un deseo incumplido, esa «vocación sacerdotal» casi secreta: «Fuera del sacerdocio no veo nada más santo en la tierra»... (5).

Algo semejante percibía en sí Santa Teresita del Niño Jesús (1873-1897) y dice con toda espontaneidad: «... sin embargo, siento en mí otras vocaciones; siento la vocación de guerrero, de SACERDOTE, de doctor, de mártir»... Experimentaba una especial satisfacción al «tener que tocar, como los sacerdotes, los vasos sagrados» (6)... En el fondo de su corazón no renunció nunca a esta real vocación, la supo integrar en su espiritualidad y vivencias, pero tampoco excuyó la intuición de que sus deseos, algún día, se pudieran realizar: «Ando con la idea de que los que lo hayan deseado en la tierra participarán en el cielo del honor del sacerdocio»(7).

Desde luego, ni por las mujeres y épocas a las que nos estamos refiriendo, ni por el contenido teológico y espiritual que expresan, podríamos interpretar que esta inclinación pudiera estar influenciada ni motivada por cuestiones de tipo reivindicativo, ni se podría aducir que vivieron «en un momento en el que las mujeres toman conciencia de las discriminaciones que han padecido en la sociedad civil, se orienten a desear el mismo sacerdocio ministerial» (ASS 69 [1977] 115). Es curioso, pero, también según el Vaticano, éstas y otras muchas no podrían ser auténticas vocaciones porque: «Tal atracción, por muy noble y compresible que sea, no basta para la genuina vocación. En efecto: ésta no puede reducirse a la mera inclinación de la mente, que podría ser simplemente subjetiva. Siendo el sacerdocio un ministerio peculiar, cuya custodia y administración ha recibido la Iglesia, la autoridad y fe de la Iglesia es tan necesaria, que se transforma en parte constitutiva de la vocación al mismo, porque Cristo eligió a quienes quiso» (AAS 69 [1977] 114).

Y sin embargo, algunas mujeres actuales la afirman de diferentes formas, la sienten y no tienen dificultad en manifestarla: «A mí siempre me hubiera gustado ser cura»...; «Siempre me he sentido interiormente vocacionada hacia el ministerio»... «Mi consagración a Dios... quedaría plenificada con el sacerdocio»... «Desde muy pequeña he querido ser sacerdote»... «Quiero ser sacerdote, no por un apetito personal, sino para desarrrollar mi compromiso serio con Jesucristo»... «Pese a todo, mantengo íntegra la ilusión por ser cura, mi vocación no la puede matar madie»... En definitiva, ocurre lo que otra señala: «Eso que en un chico se hubiera visto como signo de vocación, en una mujer provoca el comentario de “mira qué excéntrica”» (8).

Duns Scoto ya debió caer en la cuenta de las dificultades y contradicciones que entrañaba este asunto y las expresó diciendo: «La Iglesia no se hubiese arrogado el privar a todo el sexo femenino, sin culpa suya, de un acto lícito y que estuviese ordenado a la salvación de la mujer y de otros en la Iglesia, a través de ella. Esto parecería INJUSTICIA MÁXIMA no sólo para todo el sexo, sino para no pocas personas. Pero...», y aquí hace alusión a San Pablo, haciendo brotar la prohibición del apóstol de que las mujeres no enseñen (1 Tm 2, 12) de la actuación del mismo Jesús: «porque Cristo no lo permitió» (9). Y lo explica más detalladamente en otro lugar: «Porque no creo que, por institución eclesiástica o precepto apostólico, pueda suprimirse un grado útil a la salvación de una persona y mucho más a todo un sexo, por toda la vida. Si, pues, los apóstoles o la Iglesia no podrían en justicia quitar a una persona concreta algún grado útil para su salvación, si Cristo, que es su Cabeza, no lo hubiese instituido, mucho más quitarlo a todo el sexo femenino», y vuelve a insistir deduciendo de ese mismo argumento, pero sin probarlo en absoluto: «Luego Cristo, al instituir este sacramento, primeramente ordenó ésto» (10). Por cierto que el mismo Scoto vio excepción en María Magdalena, un «privilegio personal» como «apóstola», pero esta singularidad «se extingue con ella»...

Así pues, según el fraile escocés, el hecho de que Jesús no ordenara mujeres sería lo único que liberaría a la Iglesia de una real culpabilidad e injusticia. Exactamente este es el argumento que, en los diferentes escritos y declaraciones, se defiende desde Roma con más fuerza (11), por más que la Comisión Bíblica nombrada por el mismo Vaticano para estudiar estos asuntos declarara sin ambigüedad: «Como no hay en la Escritura indicios suficientes para decidir la cuestión, la Iglesia podría modificar su práctica secular y admitir a las mujeres a la ordenación sacerdotal» (12); pero habría que señalar también que el trabajo de esta Comisión apenas ha sido dado a conocer al gran público.

2. ¿Es .Evidente que Jesús no Quiso a las Mujeres como Sacerdotes ?

Antes de adentrarnos en los Evangelios es conveniente referirnos a unas afirmaciones preliminares, en nuestro caso escritas por Karl Rahner, pero que comparten otros muchos autores: «Sobre estos sacramentos (matrimonio, orden, extremaunción y confirmación) no poseemos ninguna palabra de Jesús. La autorización dada a los apóstoles para celebrar la eucaristía, no es la institución de un rito sacramental que transmita poderes oficiales... Del mandato de la anamnesis —o conmemoración de la Cena— no se sigue, pues, la sacramentalidad del orden. Así hay cuatro sacramentos sobre los que no poseemos palabra alguna de institución por Jesucristo»... (13). Y, evidentemente, si no poseemos palabra alguna tampoco conocemos ningua ordenación hecha por Jesús ni a varones ni a mujeres. Este dato es muy importante tenerlo en cuenta desde el comienzo.

También es importante tener en cuenta que en este artículo no vamos a tratar sobre la presencia de las mujeres en la Iglesia primitiva, en donde no es tan claro que realmente no existieran las mujeres ordenadas. Todo lo contrario, parece que nos tendríamos que inclinar ante la evidencia de una realidad diferente a la que se ha conocido normalmente, descolocando así teorías y planteamientos (14). Pero aquí vamos a centrarnos, exclusiamente, en los Evangelios canónicos.

La novedad que Jesús supuso para las mujeres, su relación con ellas a todos los niveles es algo en lo que, evidentemente, no podemos entrar a lo largo de estas páginas. Pero hay algo que debemos recordar: Jesús las asocia a su vida apostólica como auténticas discípulos. Quizá una expresión de Abelardo puede ayudarnos a centrar nuestro tema. Refiriéndose a las mujeres que acompañaban, «seguían y servían» a Jesús, verdaderas descípulas suyas, dice: «Para que aquí también se vea que el Señor cuando en la predicación era sustentado corporalmente por el ministerio de las mujeres y que ellas se adhirieron a Él del mismo modo que los apóstoles, como inseparables compañeros» (15). En efecto, el discipulado real de las mujeres, de las que «oían la palabra de Dios y la ponían en práctica» (Mt 12, 46-50), las que le «seguían y servían con sus bienes» (Lc 8, 1), las que pudieron llamarle ¡Rabunni! (Jn 20, 16), es de una importancia capital en el tema que nos ocupa.

Ahora bien, a la hora de legitimar a los apóstoles, a los doce, nunca ha sido invocada la presencia de los mismos en la Ultima Cena. Se exige de ellos que hubieran sido testigos —y aún aquí hay excepciones— de los principales acontecimientos de la vida de Jesús y centro del kérigma cristiano, a saber: de su Muerte y Resurrección. Es evidente que los discípulos huyeron en los momentos difíciles de la Pasión, y tampoco mostraron gran predisposición para creer a las mujeres lo que les anunciaban sobre la Resurrección; les costó aceptar su testimonio (Lc 24, 11). Sin embargo, el Discípulo Amado, presente al pie de la Cruz, salvó la situación y en él ha visto la tradición representados a los demás discípulos (Jn 19, 26). Pedro y Juan acudieron al sepulcro, por las palabras de las mujeres (Jn 20, 3); los Evangelios no narran ninguna aparición especial a Pedro, vio con Juan el sepulcro vacío y participó de las apariciones generales y así su testimonio ha podido ser válido y fundamentar, apostólicamente, la fe de los cristianos. No podemos decir que los apóstoles destacaran especialmente por su valor en esos momentos, pero, afortunadamente, las negaciones de Pedro, la traición de Judas, el abandono de los discípulos... no han «salpicado» a todos los varones de la cristiandad como antaño la caída de Eva «contaminara» a las féminas en general.

Ahora bien, está claro que las mujeres fueron testigos privilegiados de todos estos acontecimientos: se condolieron y caminaron con Jesús hasta la Cruz (Lc 23, 26-32); acabaron el «gran viaje», que habían comenzado con El, siguiéndole y sirviéndole «desde Galilea», desde los comienzos (Mc 15, 42 y par.). Estuvieron presentes en el Entierro y «vieron dónde lo ponían» (Mc 15, 47; Mc 16, 1). Recibieron el anuncio de los ángeles y fueron agraciadas con la visión del Resucitado y enviadas a los apóstoles; sin embargo, los discípulos tardaron en creerles, necesitaban el testimonio de algún varón.

Así pues, es lógico lo que Benoít dice al respecto: «Por otra parte, el hecho de la aparición otorgado primeramente a las mujeres tiene que defenderse por sí mismo. Porque tocaba en cierto modo a la preeminencia de los apóstoles, y la comunidad primitiva se hubiera inclinado más a suprimirlo que a inventarlo»(16). Algo de esto debió de ocurrir cuando Pablo parece que se olvida y ni siquiera hace alusión a ellas en un texto fundamental: «Se apareció a Cefas y luego a los doce»... después a más de quinientos, a Santiago, a todos los apóstoles e incluso al mismo Pablo; las mujeres ni aparecen ... (1 Cor 15, 5). Los evangelistas sí las nombraron, pero, ¿es una casualidad el que justo en este momento de la vida de Jesús se mencione a las mujeres? Ciertamente, parece que ante la ausencia de los varones, los escritores sagrados tuvieron que recurrir a ellas tanto para citarlas como testigos como para recoger alguna información de los Hechos. Tampoco parece extraño que estuvieran presentes en el momento de la Ascensión (Mt 28, 16), pues fueron ellas, precisamente, las encargadas de comunicar a los discípulos el lugar y momento en que habían de reunirse en Galilea, pero allí ya estaban presentes los once y ellos son los nombrados.

También me parece importante subrayar que las mujeres fueron testigos de los dos momentos en los que más claramente ha visto la tradición el símbolo y nacimiento de la Iglesia: el de la Lanzada, en la que, simbólica y sacramentalmente, el agua y la sangre del costado de Cristo expresan este Don de Dios al mundo (Jn 19, 31); y además, con los otros discípulos, recibieron el Espíritu Santo en el Cenáculo (Act, 2 ) y así, reunidas con los apóstoles y la Madre de Jesús formaron el núcleo de la Iglesia naciente bajo el impulso del Espíritu.

Pero ellas no contemplaron pasivamente todos estos misterios, sino que, como dice Abelardo, «estas santas mujeres fueron CONSTITUIDAS como apóstoles para los apóstoles, enviadas por el Señor o por los ángeles»(17)... ¡Todas ellas, y no sólo María Magdalena!

Sin embargo, permanece la pregunta tantas veces aducida como dificultad a la hora de hablar de las órdenes presibiterales para las mujeres: ¿Estuvieron ellas en la Ultima Cena?

La teología feminista va elaborando lo que se ha venido a llamar «la exégesis de la sospecha», es decir, la investigación nos va demostrando que tenemos que «sospechar» de silencios, no sólo en los textos bíblicos —que si no con la declarada intención de ocultar, por lo menos silencian datos— sino también de la historia en general, que adolece del mismo vicio de ignorar a las mujeres y olvidar continuamente sus presencias. El lenguaje tampoco nos beneficia, pero es que ocurre también algo así como cuando dicen los evangelistas que se hallaban «unos cinco mil hombres, sin contar las mujeres y los niños» (Mt 14, 21). Lo malo del caso es que no siempre añaden esta explicación, sino que normalmente la dan por supuesta, y se la ignora.

Esta misma situación aparece clara en un momento bien importante de la vida de Jesús. Según los evangelistas, las mujeres no estuvieron presentes en los tres momentos en los que Jesús predijo su Pasión y Resurrección (18). En estos pasajes no se les nombra a ellas; Jesús se dirige, según los textos, a los discípulos, o a los doce y además en secreto. Sin embargo, cuando los ángeles se les aparecen anunciándoles la Resurrección, lo que se les dice es que recuerden: «Acordaos de lo que os habló cuando estaba todavía en Galilea, diciendo que el Hijo del hombre tenía que ser entregado a manos de los hombres pecadores y ser crucificado y resucitar al tercer día»... No dice «lo que les dijo a ellos», sino «os habló a vosotras», «y ellas se acordaron de sus palabras»... (Lc 24, 6-8). Es decir, hay que constatar o que se silencia o incluye su presencia en esos momentos como «discípulos», o por el contrario a los evangelistas se les olvidó narrar el momento en el que Jesús se lo reveló a ellas (!!!).

Los datos que hemos aportado anteriormente al referirnos a la presencia de las mujeres en los acontecimientos pascuales también apuntalan esta teoría. Las mujeres no son nombradas explícitamente como comensales de la Cena Pascual; pero sabemos que, en primer lugar, no por ello se puede concluir irrevocablemente sobre su ausencia; tampoco habría que prescindir necesariamente de ellas, pues no era una costumbre contraria a las costumbres judías. Además Quentin Quesnell tiene un interesante artículo en el que demuestra detalladamente su presencia, subraya la calidad de discípulas de las mujeres y, para no alargarme, a él me remito (19). Pero es que es necesario también recordar que la Cena no fue el escenario de la Institución del sacramento del Orden; lo fue, eso sí, del de la Eucaristía, en la cual, afortunadamente, las mujeres pueden participar, hayan sido testigos o no de su Institución.

Sin embargo, Juan no narra la institución de la Eucaristía como tal en la Ultima Cena, y este es un dato importante; el Lavatorio de los pies es el gesto simbólico en el que muchos exé-getas han visto la expresión eucarística que el Evangelista percibe. Sin embargo, conocemos que la mujer ejecuta y, de alguna forma, prefigura la misma acción del Maestro en la persona misma de Jesús. Abelardo, al que nos vamos a referir en lo sucesivo, lo dice preciosamente: «El Señor llevó hasta el fin su servicio con agua puesta en una jofaina para las abluciones. Pero ella le ofreció no el agua exterior sino las lágrimas de íntima compunción». Ciertamente, continúa Abelardo, «de ninguno de los discípulos o de los varones, sabemos que haya recibido (Jesús) este obsequio» (20).

Pero este signo adquiere un contenido más denso aún porque está íntimamente relacionado con la «unción» que la mujer realiza sobre Jesús. Nos vamos a dejar guiar por el mismo autor, que descubre con gran profundidad su sentido profetice y sacramental: «He aquí que la mujer unge al Santo de los santos»... ¿Cuál es esta benignidad del Señor, pregunto, o qué dignidad la de la mujer?»... «¿Qué prerrogativa la del sexo más débil es ésta, que al Supremo Cristo, ungido desde su Concepción con todos los perfumes del Espíritu Santo (Is XI, 2), le unja también una mujer y le consagre Rey y Sacerdote, como se realiza en ¡os sacramentos?»... Relaciona la Unción en Betania, como ya lo hiciera el mismo Jesús, con la de la sepultura, en la que «prefigura la incorrupción futura del Cuerpo del Señor». Pero, y aquí nuestro autor hace más hincapié, también con los sacramentos cristianos y con la unción de Cristo como Rey y Sacerdote, que cumple en sí, mediante esta unción precisamente, las profecías del Antiguo Testamento, «Daniel lo había predicho»... y continúa: «Fue ungido dos veces, tanto en los pies como en la cabeza, recibió los sacramentos de rey y de sacerdote»... Y se asombra porque «sabemos que en primer lugar una piedra fue ungida como señal del Señor por el patriarca Jacob. Y después las unciones de los reyes y de los sacerdotes, o cualquier otra unción, no se permitía celebrarlas sino a los varones» y parece que el mismo Abelardo teme que haya contradicciones con la práctica eclesiástica, y aclara: «aunque las mujeres alguna vez puedan bautizar»... Y continúa más adelante: ... «ciertamente, la unción de la cabeza es superior, la de los pies es inferior. He aquí que el rey recibe el sacramento de las mujeres, el cual, sin embargo, rehusó el reino ofrecido por los varones»... «La mujer realizó el sacramento del Rey Celeste, no terrestre, de Aquél que dice de sí mismo “mi reino no es de este mundo”. Se glorían los obispos cuando ungen a los reyes entre los aplausos del pueblo, cuando consagran sacerdotes mortales, adornados con vestidos espléndidos y, a menudo, bendicen a aquellos que Dios malcide. Una humilde mujer, sin cambiarse de vestido, con un culto no preparado, incluso ante la indignación de los apóstoles celebra los sacramentos en Cristo no a causa de su oficio de prelado, sino por el mérito del amor»... «Cristo mismo es ungido por la mujer; los cristianos, por los varones; la Cabeza misma, por una mujer; los miembros, por los varones» (21).

Ciertamente, las unciones que las mujeres realizan en Cristo Rey, Sacerdote y Profeta, tienen un marcado carácter sacramental y profético; ahora bien, quien los efectúa en la Cabeza, ¿no los podrá significar también en los miembros, en el Cristo Místico que es la Iglesia?

Pero vayamos más al fondo: ciertamente, la situación de las mujeres en el Evangelio, ¿podría llevar a afirmar con tanta claridad, que Jesús, decididamente, no las quiso como sacerdotes de su Iglesia? ¿Está suficientemente fundamentada y probada la afirmación que hacía Duns Scoto y que mantiene ahora la Iglesia Católica? ¿No habría que repensar también las palabras del doctor Subtilis sobre la MÁXIMA INJUSTICIA que se podría cometer en la Iglesia negando a las mujeres la posibilidad de vivir la vocación al ministerio sacerdotal? «Máxima injusticia» no sólo para con «todo un sexo», sino para «otros en la Iglesia a través de ella», para toda la Comunidad, puesto que una Iglesia mutilada no beneficia a nadie, y porque Dios quiere derramar sus dones también por medio de las mujeres. El problema no cabe duda de que es muy serio.

Notas

1. Todo ello aparecido en la prensa, diarios y revistas durante los meses de noviembre y diciembre de 1992.

2. Santa Catalina de Siena, Obras de, El Diálogo, BAC, Madrid 1955, p. 49. Cita un trozo de la biografía del B. Raimundo de Capua, ed. P. Alvarezi Santa Catalina de Siena, Vergara, 1926, v. 2, c. 1, pp. 87ss.

3. Ibidem, cfr. sus obras.

4. I. de la Santísima Trinidad, Obras Completas, Madrid 1958, pp 365 369; 171, 173, 547; 185, 192, 223, 254, 541, etc...

5. Ibidem, 904-905.

6. Santa Teresita del Niño Jesús, Manuscritos Autobiográficos (Historia de un alma), Burgos 1958, p. 242.

7. Proceso Diocesano, 2.741, Sor Genoveva.

8. Tribuna, n. 241, Panorama, 7-XII992; Tiempo, n. 553; El País, 15-XI-92, etc.

9. J. Duns Scoto, IV, Sententiarum, 25, 2. Opera omnia, París 1894.

10. Ibidem, 24.

11. Algunas declaraciones: «Ministeria quaedam» (1972); «Declaración sobre la cuestión de la Ordenación de las mujeres al sacerdocio ministerial» (1976); «ínter Insigniores» (1976); «Mulieris dignitatem» (1988); etc.

12. Texto recogido por H. Legrand, en «Le ministére ordonné dans le dialogue Oecumenique», Bulletin d’Eclésiologie, Rev. Sc. Ph. Th., 60 (1976), p. 669.

13. K. Rahner, La Iglesia y los sacramentos, Barcelona 1967, p. 45.

14. Cada vez se trabaja más este asunto. Como significativa ver E. Schüssler Fiorenza, En Memoria de ella, Bilbao 1989. Y otros muchos. Sobre ello he escrito en AA.W., Diez mujeres escriben teología, Estella 1993; M. J. Arana, v. Sacerdocio. Así como sobre la situación de las mujeres en los Evangelios en mi tesina s/p., La mujer en los Evangelios Sinópticos, Deusto 1973.

15. P. Abelardo, P.L. 178, Ep. ¡II, pp. 226-256. A la que nos referiremos continuamente. Cuando mencionemos a este autor se tratará de esta Epístola.

16. M. E. Boismard y P. Benoit, Synopse des quatre Evangiles, París 1972, p. 151.

17. P. Abelardo, op. y loc. cit.

18. Los anuncios de la Pasión están siempre dirigidos a los «doce», a los «discípulos», es decir, no es algo que Jesús proclamó abiertamente al Pueblo, sino se trata de manifestaciones privadas en las que no se nombra a las mujeres. Los anuncios son:

— Primer anuncio: Lc 9, 18-22: «Mientras Él estaba a solas orando, se hallaban con Él los discípulos y les preguntó»...; Mc 8, 31: «Salió con los discípulos»...

— Segundo anuncio: Lc 9, 43-45: «Estando todos maravillados por las cosas que decía, dijo a sus discípulos»...; Mc 9, 30: «No quería que se supiera, porque iba enseñando a sus discípulos»...

— Tercer anuncio: Lc 18, 31: «Tomando consigo a los Doce, les dijo»...; Mc 10, 32: «Tomó otra ez a los Doce»...; lo mismo en los textos de Mateo: Mt. 16, 21-28; 17, 22-23; 20, 17ss.

19. Q. Quesnell, The Women at Luke’s Supper, Polítical Issues in Luke-Acts, Nueva York 1983, pp. 59-80.

20. P. Abelardo, op. cit.

21. Ibidem.


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