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Usa los dones que Dios te da

Usa los dones que Dios te da

Mons. John J. Egan

Publicado por National Catholic Reporter, June 1, 2001

Nota del editor: En su "última voluntad" enviada por Mons. John J. Egan a este periódico sólo unos días antes de su muerte, el 19 de Mayo, el venerable sacerdote diocesano de Chicago apela por la ordenación de mujeres y de hombres casados dentro de la Iglesia Católica Romana. "En mi Iglesia, en tiempos de verdadera necesidad" –escribió entonces– "las mujeres están ausentes de los lugares en los que mejor pueden dar su aportación". Sigue el texto completo del testamento de Egan, Publicado por el National Catholic Reporter poco después de su muerte

Tengo 84 años, y como seminarista y sacerdote he servido a la Iglesia Católica y a la Archidiócesis de Chicago durante 66 años. Miro hacia atrás con gratitud hacia los buenos consejeros que he tenido y por las oportunidades que he tenido a lo largo de mi vida -poder trabajar en la educación a los matrimonios, en asuntos ecuménicos, en relaciones raciales, en la justicia social, organizando comunidades, como pastor– sirviendo las necesidades de una gran ciudad y de su población. En la mayoría de estas tareas fui capaz de resolver problemas como me pareció oportuno y proponer soluciones y remedios.

Ahora en estos últimos momentos de mi vida, miro a la Iglesia y me siento turbado. Veo una gran incongruencia y siento la necesidad de hablar de ello. ¿Por qué no estamos explotando en su plenitud los dones y los talentos de las mujeres? Ellas constituyen la mayor parte de los fieles de nuestras comunidades a lo largo de todo el mundo. Soy consciente de convertirme en nota discordante – ya que los dirigentes actuales de la Iglesia no ven ninguna razón para cambiar y tanto menos para tocar este argumento. Y, sin embargo, con todos los respetos, discrepar responsablemente siempre ha sido una tarea de Iglesia; constituye parte de lo que somos, de lo que siempre hemos sido y de lo que necesitamos ser.

La posición de la mujeres en la sociedad ha cambiado radicalmente porque se las considera iguales casi en todo el mundo, no como seres serviles e inferiores. Cuando yo nací las mujeres empezaban a conseguir el derecho de voto. Hoy día presiden sus propias compañías, administran hospitales, son presidentes de naciones. Sin embargo, en mi Iglesia, cuando más se las necesita, las mujeres están ausentes de puestos donde podrían dar una aportación importante.

En una reciente ceremonia grandiosa, el Papa Juan Pablo II ha elevado a los honores de la púrpura cardenalicia a 44 hombres de todo el mundo. Sin embargo, su única misión –única, repito– consiste en reunirse en Roma cuando muere el Santo Padre para es escoger un nuevo Papa. Este nuevo Papa tomará decisiones que afectarán a la Iglesia universal, cuya mayoría de miembros está constituida por mujeres. ¿Sería tan inverosímil, tan lejano de la realidad que alguna competente y distinguida señora hiciera parte de este cónclave de hombres? ¿Hay verdaderas razones teológicas contra tamaño atrevimiento –o se trata simplemente del tantas veces repetido: "Eso no se ha hecho nunca"-?

A primeros de Marzo, mi arzobispo, el Cardenal Francis George, predicó unos ejercicios al Papa junto con otros 160 miembros de la Curia. Me sentí orgulloso de que fuera escogido para esa tarea. Los hombres de la Curia son gente de "dentro", son los que controlan el trabajo de esta inmensa Iglesia, sus decisiones atañen a millones de personas. ¿Es que no hubiera sido bonito que la Curia se beneficiase de la visión y de las sabias ideas que alguna mujer ilustre hubiera podido aportar a sus discusiones de igual a igual?

Y ahora me refiero al tema más a flor de piel que trata de las mujeres en la Iglesia Católica de Roma. Como casi todos saben, estamos viviendo un período de crisis causado por el declive del clero masculino en Estados Unidos, en Europa, en América del Sur y en cualquier otro sitio. Yo pienso que la Iglesia tendría que considerar seriamente la ordenación de mujeres (y por supuesto, hombres casados) como sacerdotes para venir al encuentro de una verdadera necesidad a la que nunca se le ha hecho caso. Y esto lo digo basándome en la insistencia del Papa Juan Pablo, que por otra parte refleja el decreto del Vaticano II sobre la liturgia, que "la primera e indispensable fuente para el verdadero espíritu cristiano" es la liturgia, la Eucaristía, la Misa. Si esta es la fuente, y no se la puede conseguir porque faltan sacerdotes, entonces se pierde el verdadero espíritu cristiano. Y esto es desastroso.

En la archidiócesis de Chicago, en 1999, perdimos 31 sacerdotes por muerte y 20 porque se jubilaron. Ese mismo año sólo se ordenaron seis nuevos sacerdotes en toda la diócesis. Por cuanto yo sé en la Archidiócesis de Nueva York sólo se ordenaron cinco sacerdotes, en San Francisco, uno, en Los Ángeles, siete; en Detroit, cinco; en Boston, once; en San Antonio, tres; en Davenport, dos; en Newark, once; (de los que uno solo era nativo de allí; de los otros diez, nueve pertenecientes a un movimiento especial); en Washington, cuatro.

En su reunión del año pasado, los obispos de EEUU consideraron formalmente por primera vez el problema de la escasez del clero. Un estudio que habían encargado con anterioridad demostraba que entre 1950 y 2000, la población católica de los EEUU había crecido el 107 por ciento, mientras que el total del número de sacerdotes sólo el 6 por ciento. La media de edad del clero es alrededor de 60 años. Y ahora mismo hay más sacerdotes por encima de los 90 años que los que están por debajo de los 30.

El resultado es que el 15 por ciento de las parroquias del país, no tienen un sacerdote fijo como párroco. Soy consciente de la cantidad de seglares (lo mismo hombres que mujeres), o monjas y diáconos (sólo hombres), que se han presentado para servir a las necesidades de nuestros parroquianos. Este brote generoso habla largo y tendido de la generosidad y buena voluntad de nuestra gente. Pero según la teología católica y en la práctica, solamente un cura ordenado puede celebrar Misa – la fuente primordial del espíritu cristiano. La Misa, por tanto, se está convirtiendo en un bien que escasea cada vez más.

Me parece interesante que los obispos, durante su reunión consideraron recurrir a sacerdotes extranjeros para rellenar huecos. Tal solución me parece poco realista. Las zonas de donde provienen estos sacerdotes son todas donde la proporción de católicos por cada sacerdote es superior a la de nuestro país. ¿Vamos a importar, entonces, sacerdotes de África, de Asia o de América Latina para detrimento de los católicos que viven en esas zonas?

¿Es que no vamos a considerar siquiera la adaptación cultural y la necesidad de ser competentes en la lengua que se les tendrá que exigir? Además, los sacerdotes extranjeros no entienden llanamente la manera de desenvolverse con las estructuras del gobierno y de los alrededores de nuestra sociedad. Las parroquias de hoy necesitan sacerdotes que sepan relacionarse con la comunidad entera.

A pesar de la innegable buena voluntad de todos estos hombres que vienen de tierras extranjeras, tal "importación" no es la respuesta a la crisis.

El estudio de los obispos ni siquiera menciona como una posibilidad la ordenación de mujeres o de hombres casados; además, los dos o tres obispos que se atrevieron a sugerir tal idea en la discusión general encontraron un silencio sepulcral como respuesta.

En la Iglesia primitiva las mujeres servían como diaconisas, y hasta es posible que haya evidencia de que presidían lo que ahora llamamos celebración de la Misa. La tradición no se para en un determinado momento de la historia; también abarca el presente. Y nosotros tenemos la suerte de vivir en una era en la que la igualdad del hombre y de la mujer ha tenido que ser reconocida como una verdad otorgada por Dios.

Ha llegado el momento de presentar este tema a una audiencia más extensa para hacerse a la idea de una iglesia más amplia. El argumento de que las mujeres no pueden ser ordenadas porque Jesús solamente a hombres para ser los primeros apóstoles, o porque la tradición ha restringido el sacerdocio exclusivamente a hombres, ya no persuade a la mayoría de los católicos. Tampoco persuade a muchos teólogos y quizás a muchos obispos.

Aunque no hubiera escasez de clero, aunque tuviéramos superabundancia de sacerdotes varones de calidad, habría que pedirle a la Iglesia Católica que repensara la inclusión de las mujeres en las Sagradas Órdenes. No se trata de servirse de mujeres durante una emergencia. Se trata, creo yo, de un acto de justicia social con el que todos los católicos tenemos que enfrentarnos.

A mis 84 años aún no me he jubilado, pero comprendo que los años que me quedan de servicio están contados. Gran parte de mi ejercicio como sacerdote atañía a cuerpos religiosos involucrados en problemas espinosos con la justicia, social, económica o política. Hoy tengo que pedirle a nuestra Iglesia que abra sus ojos y que levante su voz a favor de otra clase de justicia: su compromiso para una mayor inclusión de las mujeres en puestos claves de liderazgo y responsabilidad en la iglesia, incluido un estudio exhaustivo u una discusión sobre la ordenación de mujeres.

La Iglesia tiene la obligación de servirse de todos los dones que Dios le ha dado para cumplir su misión. Mi súplica y mi plegaria a favor de la Iglesia que yo amo profundamente es que refuerce este compromiso y que actúe en consecuencia.

John J. Egan


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