la morada
Mujeres sacerdotas
¿capricho feminista o discriminación clerical?
Por Dunia Rodríguez
la morada, 30/03/2002.
DF, OCT 16, 2001
(CIMAC).- ¿Qué intuía Miguel Angel, cuandorompiendo los
esquemas y prejuicios ideológicos de su tiempo, colocabaen el Altar del
Sacrificio de Noé, en la cúpula de la Capilla Sixtina del
Vaticano, a tres mujeres ejerciendo funciones
sacerdotales?
¿Qué pretendía decir al dejarlas
ahí, siglo tras siglo, inconmovibles antelas miradas indiferentes de
visitantes y autoridades eclesiásticas, testigosmudos de concilios,
cónclaves, concelebraciones y otros acontecimientosy decisiones
eclesiales?
¿Intentaba adelantarse a su tiempo; retroceder al
pasado; soñaba oprofetizaba; era una intuición o un
reto?
Muchas son las preguntas, las inquietudes, la crítica y el
debate en torno ala asunción de las mujeres al ministerio. Demanda
reiterada porrepresentantes de organizaciones católicas progresistas del
mundo, que sereunieron en el Sínodo del Pueblo de Dios durante la
primera semana deoctubre en Roma, mientras los obispos de la jerarquía
iniciaban tambiénsu concilio.
¿Pero qué argumentos han
alimentado la discusión?
María José Arana y
María Salas, autoras de "Mujeres Sacerdotas",quienes abren el libro con
las preguntas citadas al inicio, reflexionansobre el tema desde el punto de
vista bíblico, histórico, teológico yecuménico,
para introducirnos en un entramado de interpretaciones queconducen una larga
hebra de discriminación hacia las mujeres.
Ordenamientos
discriminatorios como mantener la cabeza cubierta oentrar al santuario
sólo para limpiar. Prohibiciones para cantar en el coro,servir durante
la misa o ser integrantes de congregaciones laicas, así comola
exclusión para recibir las órdenes sagradas.
La
segregación que han padecido las mujeres, tanto en lo social como enla
Iglesia, tiene su base en un triple prejuicio cultural que se convirtió
enprejuicio teológico, refiere John Wijngaards, editor del sitio
www.womenpriests.org--dedicado en exclusiva al tema del sacerdociofemenino--.
Consideradas seres inferiores e incompletas, fuentes continuas
deseducción e impuras por la menstruación, no se les podía
conferir elliderazgo que implica el sacerdocio, lo cual demuestra que la
"tradición"de no ordenar mujeres ha estado contaminada de prejuicio.
Wijngaards, quien dejó los hábitos por tener problemas de
conciencia ensus relaciones con Roma, indica que a la mujer no se le
permitía recibir lacomunión durante su periodo menstrual, e
incluso después de haber dadoa luz tenía que ser "purificada"
para poder entrar en una iglesia.
Tocar objetos sagrados como el
cáliz, la patena y hasta el mantel del altar,o distribuir la santa
comunión, también eran actos restringidos para lasmujeres. Estas
prohibiciones estaban contenidas todavía en el Código deDerecho
Canónico que fue promulgado en 1917, y que se mantuvovigente hasta 1983.
El reconocimiento a los derechos y la igualdad de oportunidades parahombres
y mujeres en lo social, ha tenido resonancias leves en la
esferacatólica, como servir y cantar en la misa, dirigir servicios de
oración, serministras de bautismo y de comunión. Ligeras, si se
recuerda que entre lasrestricciones también figuran las de tipo
formativo, como la falta deacceso al saber teológico.
Hasta
épocas muy recientes, las oportunidades no sólo de introducirse
enla potestad del magisterio, sino de aportar una reflexión
teológica, fueronlimitadas para las mujeres. Aún hoy las
dificultades que encuentran parapoder enseñar teología son
enormes, apuntan las autoras de "MujeresSacerdotas".
Wijngaards
señala que teólogos conservadores, bajo la tutela de
laCongregación para la Doctrina de le Fe en Roma, mantienen que
laprohibición de ordenar mujeres al sacerdocio es inalterable en la
doctrinacatólica. "Jesucristo mismo excluyó a la mujer del
sacerdocio --dicenellos--, y la Iglesia siempre ha seguido su ejemplo".
Es
así que la histórica prohibición fue ratificada
recientemente por elVaticano a través de un comunicado oficial suscrito
por los cardenalesRatzinger, Estévez Martínez y Castrillón
Hoyos, fechado el 17 deseptiembre del 2001.
El documento, sostiene Elfriede
Harth, vocera del MovimientoInternacional Somos Iglesia, revela la misoginia
con la que actúa lajerarquía de la Iglesia católica, y es
un ordenamiento que ya está enproceso en varios
países.
Subraya Harth que "en lugar de escupir en la cazuela de las
iglesias,Roma haría bien en revisar su prohibición", y no olvidar
que al menos el80 por ciento de los servicios de la iglesia los
desempeñan las mujeres,mismos que merecen dignidad
sacramental.
Excluir a la mujer del orden sagrado es, ciertamente, una forma
dediscriminación si está basada en los prejuicios de la Iglesia y
no en lavoluntad de Cristo, sostiene Wijngaards.
El amplio debate de
ordenarlas o no, a muchas personas les parece unacuestión de "igualdad"
o una cuestión "feminista", pero no lo es. Almenos, no lo es primordial,
si se considera que para Jesús, la mujer y elhombre son iguales, y que
ambos entran en el Reino de Dios mediante el bautismo.
Sería
totalmente incorrecto inferir que Jesús quiso establecer un normapara
todos los tiempos --dice el teólogo francés--, como en otros
muchos aspectos, dejó a la Iglesia futura la tarea de establecer los
sacramentos.
De ahí que el problema de las órdenes sagradas
para las mujeres no debareducirse a un asunto secundario, ya que se trata de
una situación dedependencia y sumisión en la que se ha confinado
a las mujeres dentro dela Iglesia a lo largo del tiempo, expresan Arana y
Salas.
Las autoras de "Mujeres Sacerdotas" enfatizan que esta
situación afectamás de lo que se admite, lo mismo a la estructura
y comunidad eclesialque a las mismas mujeres.
En ello coincide María
Consuelo Mejía, directora de Católicas por elDerecho a Decidir de
México, y destaca que lejos de reconocer el trabajoo favorecer sus
demandas, las mujeres han sufrido discriminación de partede la Iglesia
institucional.
Los obispos, añade, deberían unirse a los
católicos laicos y defender unamayor participación de las
mujeres, propiciar el diálogo para conocer susvoces, y sobre todo
permitir su ordenación. "Esperamos con ansia el díaen que las
mujeres obispas tomen su lugar en los sínodos del Vaticano".
La
discusión está establecida. Las opiniones a favor y en contra
delpresbiterado femenino se multiplican desde hace tiempo en el seno de
laIglesia Católica, se han acentuado después de los recientes
acuerdosdentro de la Iglesia Anglicana de Inglaterra en pro de la
ordenación de lasmujeres, y de la reacción romana ante esas
decisiones.
Las y los católicos que trabajan en favor de las
reformas de la Iglesia, deadecuaciones consonantes con los tiempos de hoy,
esperan que susdemandas sean escuchadas. Así lo refiere Valerie Stroud,
vocera ysecretaria general del Sínodo del Pueblo de Dios, también
llamado SínodoSombra.
Es tiempo de tomar en cuenta las propuestas de
los católicos ordinariospara incorporarlas al debate permanente de la
Iglesia; es hora que en laIglesia católica comiencen a comportarse como
adultos, que abandonen sutemor al diálogo cuando existen grandes
diferencias de opinión, enfatiza.

Sírvase mencionar este documento como publicado por
www.womenpriests.org!