Acceder al sacerdocio

Acceder al sacerdocio

por Llum Mascaray Isabel García
de El sacerdocio de la Mujer, Editorial San Esteban, Salamanca, 1993, p.101-110.

1.¿Por qué nos resulta tan poco atractivo aquello que signifique poder declarado?

Es un hecho que la mayoría de las personas que integramos la Iglesia está constituida por mujeres. No sucede así en los cargos jerárquicos y ámbitos más valorados.

Los impedimentos normativos para nuestro acceso al sacerdocio son harto conocidos. Pero, si reflexionamos sobre la tardanza —de colectivos considerables— en .reivindicarlo, se nos plantearán abundantes interrogantes, la mayor parte de los cuales versarán sobre las fuertes interiorizaciones al corazón y mente femeninas.

Comencemos por analizar factores sociales y psicológicos.

Así, ¿se ha tratado, se trata de un conformismo generalizado? —Nosotras pensamos que no.

Lo que sucede a nivel social salpica, de manera salvaje, contra los cristales de nuestra casa, la Iglesia. Tiene todo ello de bueno que nos interpela.

Tenemos que reconocer que, en muchas ocasiones, hemos achacado a causas cuantitativas (la doble jornada...) la no implicación de las mujeres en dedicaciones de «alta responsabilidad». Y eso que las hemos visto —nos hemos visto— metidas hasta arriba en tareas «más sencillas». Puede, entonces, que hayamos de extraer otro tipo de conclusiones, por la vía de buscar causas no tan medibles. Parece ser, en fin,que nosotras, las mujeres, no tendemos —ni de lejos— a rendir preferencia por un liderazgo declarado.

Ciertos estudios nos ayudan. Nos recuerdan que el poder masculino forma parte del «paisaje natural», y que se da una falta de cuestionamiento a ello, muy generalizada. Hay que añadir lo que ya apuntábamos: somos renuentes a participar en ámbitos de poder.

Tal como señala la profesora Benton Miller, nuestra negación es al «poder sobre» pero no al «poder para» catapultador o poten-ciador de capacidades, habilidades y afectividades para con otras personas. Paradigma de lo anterior, la familia.

El «poder sobre» o directo no nos va. El traje a nuestra medida lo palpamos mejor en un poder de apoyo. De tal guisa, que aquellas que usan el poder en propio beneficio se llenan de desazón, se ven egoístas (su poder no sirve para que remonte el poder de los otros) y alienas del entorno personal, por tanto, no se reconocen en el espejo «mujer» y desde fuera sufren los ataques típicos y tópicos. De aquí, el miedo a la desvalorización; la injusticia de no ser sino en función de la valoración del otro..., o de su imitación (!) ¿Por qué tener que rayar en la arrogancia para demostrar nuestras capacidades? El reto es si seguir o no en el rol adjudicado o pagar el precio de la ruptura a costa de una buena dosis de vulnerabilidad de nuestro equilibrio psicológico.

Será cuestión de ser solidarias también entre nosotras, de situar toda esta Historia (con mayúscula) en su lugar, y de conocernos:

Parafraseando a la psicoanalista Emilce Dio Bleichmar, aprendemos que: «Mientras la autoestima de los niños parece recaer en sus propios éxitos, la de las niñas parece orientarse hacia las relaciones afectivas y las relaciones con los otros, donde encuentran más placer y autofortalecimiento del yo.»

Esta identificación temporal con dos mundos contrapuestos, yo y los otros, explicaría por qué las mujeres desechamos la propia promoción, mientras nos entregamos a tareas de apoyo y colaboración PARA «que todo vaya bien», a sabiendas de que dejamos en la cuneta el desarrollo multiplicador de nuestra formación, bagaje y conocimientos en buen número de ocasiones. No pretendemos olvidar, que, por razones de clase y/o diversas discriminaciones, muchas mujeres han sufrido y están sufriendo el fruto de la inaccesibilidad a esa formación. En el caso de la Iglesia, ha sido la normación de su TRADICIÓN, a través del Derecho Canónico, la que nos tiene barrado el paso a pobres, ricas, a blancas, cobrizas o negras, a originarias de países que empobrecen o de países empobrecidos...

La cuestión es que no se trata de unas raíces cuantitativas, sino que unos motivos muy profundos son los que conforman nuestras interiorizaciones, preocupaciones y decisiones o indecisiones.

El caso de M.a José Arana es el de una mujer a la que no le falta ni formación ni empuje. Hace mucho que ha saltado la barrera de las «autotrabas». Doctora en Teología, religiosa del Sagrado Corazón, copresidenta del Foro Ecuménico de Mujeres Cristianas de Europa, ha sido párroca durante años en Aránzazu... y afirma: «La gente me acogió muy bien, pero me he sentido muy limitada porque siempre deseas poder celebrar la Eucaristía». Así es que, tal como afirman nuestros detractores: «La mujer es más apta para los ministerios de intercesión que los de representación». He aquí el potente peso de los estereotipos.

Es lo que en psicología se denomina «evaluación/devaluación selectivas», y que nos conduciría a estar cómodas en el rol de género que se nos ha hecho interiorizar.

Lo hasta aquí tratado en absoluto quiere servir para nuestra culpabilización, sino como aportación al autoconocimiento, y para ir más allá: La autoafirmación que no colapsa, la conclusión de que, como diría Celia Amorós, necesitamos modificar el papel subalterno adjudicado, y, sin poder, esto no es posible.

2.¿Existe una experiencia de fe diferenciada entre los géneros?

Recordemos que no es los mismo ser religiosa o miembro laico (y mujer) de la Iglesia, que sacerdote. El tipo de funciones que se le adjudica a éste; cómo se hallan definidas por Roma; cómo, en una palabra, las encontramos revestidas de autoridad y jerarquía. La «exigencia» de este perfil de personas para el sacerdocio no liga con la identidad femenina adquirida y aprendida, ni tampoco agrada a muchos sectores de la Comunidad Cristiana.

Si hiciéramos un estudio de las motivaciones en hombres y mujeres para acceder al ministerio, intuimos que tanto las causas de empuje como las de disuasión se reflejarían bien distintas.

No obstante, no se muestran hoy muchos hombres dispuestos para el sacerdocio. No es este el lugar para analizar todas las causas, pero sí para resaltar una: el peso del elemento «servicio», cuestión más bien femenina, a la par de la decadencia que toma social-mente esta misión. No son pocas las voces que apuntan a esta razón para afirmar que es bien posible la tolerancia a la feminización... Y ya se sabe: «Todo aquello que se feminiza, pierde valor».

Valga decir que la organización de los ministerios en la Comunidad, el ordenamiento eclesiástico, es un fenómeno posterior a Jesús y, por tanto, carente de carácter absoluto. Sería positivo, pues, atender las necesidades de la Comunidad Cristiana actual, en cuanto a flexibilizar la organización de la misión, ya que esta realidad ha cambiado considerablemente respecto de aquella primera u originaria.

Más en concreto, un ministerio sacerdotal RENOVADO debería admitir toda la riqueza de la mutua y múltiple Comunidad Cristiana, toda esta experiencia de fe, como fuente de revelación progresiva. Y Ello dentro de un nuevo orden eclesial, donde aumente la autonomía local (sin olvidar aspectos étnicos o de pertenencia a áreas maltratadas de nuestro planeta...); la «igualdad» superadora de los binomios clérigo-laico, hombre-mujer...

En el mismo sentido, no es bueno que la Iglesia esquive la interpelación de las mujeres, que —por cierto— no consiste de modo alguno solamente en la ordenación sacerdotal. Sería más justo saltar a otros planos, puesto que no son los decretos los que cambian las situaciones: Si para «Cristo no cuenta lo masculino ni lo femenino» (Gal 3, 28), ¿por qué reconocernos como hijas de Dios sólo en el plano teórico?

Por otra parte, el acceso de la mujer al sacerdocio no es únicamente una cuestión de participación. La exclusión de la misma tiene efectos profundos en la autocomprensión que tenemos como cristianas:

1) Primera providencia, la experiencia espiritual de las mujeres recoge un resultado traumático. Dada la dependencia al varón, en lo que se ha acordado como esfera pública, también nuestro acceso a LO DIVINO viene mediatizado por EL HOMBRE: el sacerdote ha de ser varón como varón fue Cristo; los sacramentos serán impartidos por varones, etc. Todo lo cual refuerza el sentimiento de indignidad «por lo divino», y mitos tales como el del origen del mal.

Ello va unido a otra negación: la exclusión de un Dios con características femeninas. Quizás, la falta de un reconocimiento propio en la «imagen» de Dios haya favorecido en la experiencia espiritual femenina la no manipulabilidad de Dios (al no «poder» actuar en su nombre).

2) Otro efecto importante es el de «la llamada». Una sospecha surge: ¿Cómo es que ninguna persona del género femenino, durante tanto tiempo haya advertido tal vocación? ¿No hay mujeres que se sientan llamadas a este servicio? ¿O es que se interpreta la llamada como aquella que excluye éste?

La realidad habla de muchísimas mujeres llamadas a ejercer servicios a la Iglesia. De ellas están llenos los «servicios auxiliares». Con profundidad y entrega llevan a cabo las actividades que de éstos se derivan, actividades tenidas en cuenta como «laicales» como ayuda a los curas.

También, la existencia de sacerdotisas de iglesias hermanas a la nuestra nos comunica, del modo más evidente, que hay mujeres «interesadas» en acceder a ese ministerio, al igual que las hay en la nuestra, a pesar de que su trabajo cotidiano no es valorado, no goza de un integral reconocimiento. Volvemos a topar con refuerzos a ese sentimiento de indignidad.

Ahora bien, en el seno de esta realidad que distorsiona el YO CREYENTE FEMENINO se halla un hecho positivo, pues el ejercicio de aquellos servicios —su ministerio— sí goza de una personalización viva o, dicho de otra forma, de una falta de «ritualización» estéril.

3) Encontramos otro efecto de la exclusión en la falta de participación en el diseño de la política interna y externa de la Iglesia: Leyes canónicas, cartas pastorales, declaraciones morales... La dependencia del varón, aspecto nuevamente axial, barra el paso a las mujeres hacia cargos de liderazgo religioso. Ese espacio se halla ocupado, naturalmente, por ellos.

Pero, imbricados se disponen aquí ciertos efectos positivos. Se constata que las mujeres ejercen más fácilmente «su ministerio» involucrando al prójimo. Así, las estructuras comunitarias no jerárquicas que son eje de funcionamiento y vida de comunidades religiosas.

4) Se ha dado una masculinización de la experiencia femenina. Los directores espirituales, por ejemplo, nos alertan contra los «vicios» típicamente masculinos, no así contra el miedo, la timidez, los celos o la falta de aspiraciones de todo tipo; «vicios» más propios de nuestra particular socialización.

Con frecuencia encontramos mejor comprensión de la experiencia espiritual masculina, por parte femenina, que en sentido opuesto.

3. El papel de los símbolos

No es trivial afirmar, que para que se den cambios substanciales, cambios estructurales, los cambios a nivel simbólico y de imágenes han de ser igualmente profundos. ¿Por qué? Por su enorme poder de evocación, de referente.

La tradición judeo-cristiana, en este sentido, es del todo patriarcal: «La mujer es subdita por naturaleza, y, por consiguiente, es un material inhábil de suyo para este sacramento (sacerdotal), pues no puede producir con ella el sentido o significado que pretende».

Pareciera como si el significado que este sacramento pretende significar estuviera unívocamente relacionado con la jerarquía, la autoridad o el rango.

Quizás, por el contrario, es ya momento de revitalizar la dimensión de servicio del sacerdocio, y más: Partir del hecho de que la mujer, en este ámbito, tiene mucho que enseñar, quedando inserto en este «enseñar» LA PALABRA (o predicación), aún hoy vedada a la mujer, por pertenencia de aquella a la esfera pública.

No nos podemos permitir olvidar que en la tradición judía, la «palabra» inteligente es el sacramento de la masculinidad, de donde se deriva toda una serie de advertencias para con nosotras. Se trata de amonestaciones justificativas de la sujeción y subordinación al «orden natural y DIVINO de la creación», orden el cual explícita que Dios es superior al hombre, y que éste lo es respecto a la mujer. Alterarlo conlleva poco menos que el caos, recuérdese: «Eva seducida por el maligno, catástrofe del pecado original»; «... lo grotesco e indecente que resultaba, para los judíos, que una mujer hablara en asamblea»; «...un ser que carece de sabiduría no puede interpretar los misterios de la religión»; o «no tiene aptitud ya que, por naturaleza, es poco constante», etc.

En definitiva, la exclusión a cualquier ministerio eclesiástico vendría argumentada por la condición de SUBORDINADA AL VARÓN como hecho natural —que no cultural — y de acuerdo al plan divino de la creación.

Por supuesto, la Iglesia se cuida mucho de matizar que, en el plano de la dignidad, se trata de seres iguales. Los últimos estudios de exégesis nos comunican otras lecturas sobre el «orden de la creación»:

— El primer hombre sería conjuntamente hombre/mujer.

— Y conjuntamente, este primer hombre, sería quien pecó.

A pesar de ello, el peso de la versión paulina del relato del Génesis continúa siendo considerable. Si el orden de la creación implica la subordinación de la mujer, es absurdo que ésta intente o pretenda ser símbolo de algo, para lo que solamente el hombre está hecho. La imagen de Dios, el símbolo de Cristo...

Más grave, si cabe, resulta la solución que a las mujeres se nos propone: virilizarnos, hacernos hombre, tal como refleja esta frase lapidaria de San Jerónimo: «La mujer perfecta es varón».

Pero al proceso se le da un tope, puesto que la realidad nos dice que ni la más perfecta de las mujeres puede ser símbolo de Cristo, puede ser ordenada. No es más atrayente la otra salida: asumir el destino de ser eternamente indignas.

En cualquier caso, ambas propuestas necesariamente conllevan negarnos a nosotras mismas.

De nuevo nos encontramos con un refuerzo del sentido de INDIGNIDAD por lo divino, al que, al parecer y hoy por hoy, la Iglesia sitúa por encima de la experiencia de fe de muchas mujeres.

4. A modo de conclusiones

Si nos preguntamos a qué sacerdocio aspiramos, tenemos que aclarar que lo fundamental es el derecho al acceso y el reconocimiento de la necesidad de renovación globalizadora: Afirmación de la generosidad y la entrega, de la colegialidad, superación de binomios y de ritualizaciones estériles... Ya que no cabe interpretar que hablemos únicamente de una cuestión de derechos sino también de la autocomprensión de nuestra propia fe.

Ante la experiencia espiritual alienadora o, como mínimo, empobrecida, es preciso todo un desmontaje para salir del lugar injusto, y para enriquecimiento de toda la Iglesia. Hace falta, pues, una experiencia de Dios más sana, la cual potenciará síes a la llamada. Y, sin una participación directa de TODOS LOS MIEMBROS de la Comunidad, sin una recuperación de dignidad de la mujer por lo sagrado, no nos acercaremos al camino. Al igual que si no se da una renovación y adecuación de los símbolos, de tal modo que nos evoquen unos valores actuales, no discriminatorios (por tanto, no estereotipados por jerarquías).

Si seguimos reflexionando, surgirá otro interrogante: ¿Siempre ha sido esto así? Aquí se encuentra el círculo, la necesidad de desmontaje no ha existido en los orígenes, y estos orígenes apoyan la tesis de esa necesidad.

En las primeras comunidades cristianas no encontramos sacerdotes, porque sólo al pueblo cristiano se le podía atribuir el adjetivo de sacerdotal ¡pueblo sacerdotal.

Entre otras personas, el teólogo González Ruiz asevera:»Y el siglo II por influencia del judaismo y del paganismo, a los

Ya en reponsables de las comunidades se les denominó «presbíteros» y «epíscopos»(...) y, a finales del siglo, surgió la figura del «epíscopo» como único responsable mayor de la comunidad»

A la par de González Ruíz, lo que queremos averiguar es si, en aquel principio, la mujer tuvo un cargo directivo dentro de las comunidades. El teólogo nos invita a leer estos textos de Juan:

— (4, 39):»...creyeron en Jesús por su palabra» (la de la sama-ritana).

— (17, 20):Aquí se dice lo mismo de los discípulos en la última Cena.

— Y, en ambos casos, en un contexto de «envío»o «misión», o de lo que puede convertir en «apóstol» (4, 38 y 17, 18).

— (11, 27). «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios», lo que implica la confesión fundamental en boca de Marta.

— Máximo indicador es el que nos recuerda que, en el Nuevo Testamento, el grado supremo de responsabilidad de las comunidades era el de ser «testigos de la resurrección de Jesús». Y sabido es que M.a Magdalena se mereció el título de «apostóla apostolarum».

Compartimos igualmente la afirmación de José M.a González Ruiz de que «hay muchas otras consideraciones, las cuales dejan abierta la posibilidad «dogmática» de que una mujer pueda recibir órdenes sagradas».

En fin, comulgamos fraternalmente con las autoras de «Jesús las Mujeres y yo», cuando elevan al cielo y al mundo esta «lectura de la vida»:

«El varón y la mujer fueron creados a la imagen y semejanza de Dios para formar una comunidad y vivir en armonía.Nadie tiene derecho a dominar a otro. El varón debe contribuir a la realización de la mujer y de otros varones, y la mujer debe contribuir a la realización del varón y de otras mujeres. Sólo en la auténtica solidaridad el ser humano reflejará con nitidez la imagen de Dios».

BIBLIOGRAFÍA

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