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Sacerdotisas

por Gustavo Pérez Ramírez

En la Revista de El Espectador del domingo 23 de Diciembre 2001

Estudiosos de la historia de la Iglesia Católica han encontrado vestigios de sacerdocio femenino en la Iglesia primitiva. La iconografía lo confirma; hay frescos en los que aparecen mujeres que presiden la Eucaristía, como en las catacumbas de San Genaro en Nápoles; un mosaico en la iglesia de Santa Praxedes en Roma muestra cuatro obispos, entre ellos una obispa. Por lo menos en los primeros siglos, las mujeres participaban plenamente en la Iglesia como diaconisas, e incluso como sacerdotisas y obispas, aunque no fue una práctica generalizada. El sínodo de Laodicea, en la segunda mitad del siglo IV, prohibió las presbíteras (canon XI). Sin embargo, el Concilio;de Calcedonia permitió que continuaran las diaconisas, mientras no tuvieran menos de 45 años.

A favor del sacerdocio femenino.- Abundan los testimonios a favor del sacerdocio femenino, y hay muchas asociaciones, sólo en España 30, que luchan porque el papel de la mujer cambie en el seno de la Iglesia Católica. Fue el tema del Congreso mundial "Llegó el momento: Celebración de la Vocación de las Mujeres a un Presbiterado Renovado en la Iglesia Católica", Dublín, junio 29 - julio 1º, 2001, con 1.370 participantes de 26 países y 6 continentes. En la 3ª de sus 11 resoluciones se pide "que este Congreso apele a los dirigentes de la Iglesia Católica Romana a reinstalar el diaconado de las mujeres, como era costumbre en la iglesia primitiva", y en;la 4ª, "que este Congreso anime a las mujeres que se sientan con vocación a prepararse para el diaconado y el presbiterado y apoye el establecimiento de cursos de formación apropiados en aquellos sitios en que todavía no estén a disposición de las mujeres".

Los tiempos cambian. La cultura judía de la época de Jesús era machista. Un judío podía orar "Gracias te doy, ¡Señor!, porque no me has hecho ni gentil;ni mujer". ¿Cómo podía Jesús hacerse entender por aquellos judíos "duros de cerviz", según el Evangelio, se pregunta un autor, si no les daba sus instrucciones dentro de la cultura dominante, si bien se fue enfrentando a ella? A estas alturas de la historia, la posición de la mujer en la sociedad ha cambiado radicalmente, considerada igual al hombre y se ha avanzado en la;cultura democrática.

Según el teólogo Ranher, "la práctica de la Iglesia de no ordenar mujeres no tiene ningún contenido teológico obligatorio, no es dogma, está basado pura y simplemente sobre una reflexión humana histórica válida en el pasado, en condiciones culturales y sociales que están cambiando rápidamente".

Monseñor John J. Egan †, obispo de Chicago, días antes de su muerte, acaecida el 19 de mayo de 2001 a la edad de 84 años, dejó una carta-testamento, preocupado no sólo porque en su arquidiócesis en 1999 murieron 31 sacerdotes, se retiraron del ministerio sacerdotal 20 y sólo se ordenaron 6. El texto merece publicarse completo, pero el espacio no permite sino mencionar un par de citas: "Veo una gran incongruencia", escribe, " y me siento obligado a hablar a mi edad. ¿Por qué no estamos usando al máximo los dones y talentos de las mujeres que constituyen la mayoría de nuestra membresía a través del mundo?".

Para él no son válidos los argumentos de que las mujeres no pueden ser ordenadas porque Jesús seleccionó sólo hombres o porque la tradición ha restringido el sacerdocio a hombres. "La Iglesia está en la obligación de usar todos los dones que Dios le ha dado para cumplir su misión", añade, consciente de que al plantear estos temas se le podía considerar un disidente, pues, como reconoce, "el presente liderato de la Iglesia no ve razón para cambiar ni siquiera de hablar del asunto".

En efecto, el Papa Juan Pablo II lo dejó establecido en su documento Ordinatio Sacerdotalis: "Yo declaro que la Iglesia no tiene autoridad alguna para conferir la ordenación sacerdotal a las mujeres y que este juicio habrá de ser tenido como definitivo y mantenido por todos los fieles de la Iglesia". Monseñor Egan recuerda que un disenso respetuoso y respaldado por la oración siempre ha jugado un papel positivo en la Iglesia. Después de todo, no es asunto de fe ni de infalibilidad. La misma Congregación para la Defensa de la Fe aclaró que el Papa no tuvo intención de hablar ex cathedra, o sea infaliblemente.

Pero no es sólo un asunto de cambio de los tiempos o de escasez de clero. Hay razones muy profundas basadas en las mismas Escrituras y en la teologóa, que permiten argüir a favor del sacerdocio femenino, aunque no hubiera escasez de clero y el mundo católico no se estuviera quedando sin quién administre la Eucaristía, fuente primaria del espíritu cristiano.

En contra del sacerdocio femenino.- Un gran número de católicos, sin embargo, están en contra del sacerdocio de las mujeres, aduciendo que los tiempos no tienen por qué cambiar lo que no hizo Jesús. Acusan a quienes;están a favor de establecer una plataforma para una iglesia nueva según criterios humanos; le asignan un valor normativo a la tradición para ellos de 2.000 años y se declaran intransigentes, como es la postura de Roma, que;aunque introdujo reformas a favor de la mujer en el actual Código de Derecho Canónico, deja cánones contra la mujer y oposición inflexible a que haya sacerdotisas.

En el Código de Derecho Canónico, que fue promulgado en 1917, abundaban las prohibiciones a las mujeres, que se mantuvieron vigentes hasta la reforma de 1983. No se les permitía, por ejemplo, recibir la comunión durante su período mensual; después de haber dado a luz tenían que ser "purificadas" antes de poder entrar en una iglesia; les era prohibido tocar objetos sagrados tales como el cáliz, distribuir la santa comunión, leer la Sagrada Escritura desde el púlpito, predicar y hasta cantar en el coro de la iglesia. El nuevo código suprimió esto, pero mantiene que sólo los varones pueden ser ordenados sacerdotes (ca.938 código 1917; canon 1024 código;1983).

El Vaticano dice fundamentarse en las Escrituras, porque Jesús no eligi a;ninguna mujer como parte de los 12 apóstoles, aunque las asoció como auténticas discípulas, haciéndolas participar en dos momentos fundamentales, como protagonistas de la Resurrección y en la venida del Espíritu Santo, donde estableció la Iglesia. Pero alegan que Jesús no ordenó a mujeres, ni siquiera a su madre María, a pesar de una antiquísima devoción mariana a María-Sacerdote.

No hay razones para oponerse al sacerdocio femenino.- Si damos crédito a teólogos que han estudiado el tema, no habría razón ni de la Tradición, ni bíblica, ni dogmática, para excluirlas del sacerdocio. La tradición tiene un carácter dinámico que va dando respuesta a nuevas situaciones humanas en el momento histórico insertándose al proceso histórico de la Revelación y Salvación, bajo la dirección del Espíritu Santo. Es un proceso de inculturación. La Iglesia debería ir en la vanguardia, no a la zaga de lasociedad civil.

John Wijngaards, teólogo, historiador y exégeta bíblico, afirma en su reciente libro que sus estudios lo llevaron a la conclusión de que "en total nueve argumentos de la Escritura han sido usados para excluir a las mujeres de la ordenación sacerdotal. Ninguno resiste un escrutinio. Todos son casos de discriminación cultural, no de inspiración sagrada, que fundamentan la tradición para no ordenar mujeres". (The Ordination of Women in the Catholic;Church, ISBN: 0232 52420 3, Darton, Longman and Todd Ltd, junio 2001).

Las razones alegadas en contra de la mujer tienen respuestas convincentes. Se parte de la base del sacerdocio universal. Todos los fieles comparten el sacerdocio de Cristo, respaldado por innumerables citas bíblicas y por documentos eclesiales (Vaticano II, Lumen Gentium, Nº 10).

"Esto implica", afirma Wijngaards, "que hombres y mujeres, a la vez pueden compartir el sacerdocio ministerial de Cristo. Podemos denominarlo con justa razón la intención implícita de Cristo. Cristo abolió el sacerdocio del Antiguo Testamento que se basaba en supuestas realidades "sagradas".

Apoyándose en el comentario a Dei Verbum de Ratzinger, añade: "No toda tradición que existe en la Iglesia es legítima, como que fuera una verdadera;celebración del misterio de Cristo. Hay que examinarlas críticamente. Una tradición que parecía apropiada en el pasado, puede no ser igualmente apropiada en un nuevo contexto cultural y resultar basada más en actitudes culturales que en la Revelación Divina. De ahí que concluya que la convicción de que las mujeres son por naturaleza inferiores a los hombres y;que por intención divina deban someterse a los hombres en el orden social, ha jugado un rol preponderante a través de la historia de la Iglesia para sustentar la creencia de que las mujeres no deben ser ordenadas sacerdotes, lo que carece de sustentación en la Revelación Divina y por lo tanto debe ser sometido a muy seria revisión teológica.

Otros autores, como el señor José Arana y María Salas, en Mujeres;Sacerdotes -¿ Por quéé no? Reflexiones históricas, teológicas y ecuménicas abogan por el restablecimiento de "unas relaciones igualitarias y fraternas, queridas por Dios". Ponen el ejemplo de las mujeres religiosas, quienes "realizan un trabajo ingente dentro de la Iglesia: en catequesis, ayuda pastoral y asistencial de todo tipo en parroquias, misiones; los pobres, los jóvenes y niños, los enfermos, y un largo etcétera, son atendidos por ellas; celebran liturgias de la palabra, acuden allí donde los sacerdotes no pueden llegar, ayudan de mil formas. Es una auténtica 'diaconía' que, sin embargo, no es reconocida ni aceptada jurídicamente porque, según el Derecho Canónico, las mujeres ni siquiera pueden ser oficialmente "lectoras ni acólitas".

Un caveat.- Sin mengua de lo expuesto a favor del sacerdocio femenino, consideramos justo añadir un caveat.

Las mujeres que sientan, como Santa Teresita de Lisieux, el llamado de Jesús al sacerdocio, si llegaran a él, como lo esperamos, entrarán inicialmente en;una institucin de estructura muy rígida, que sufre dolores de parto ante la necesidad de introducción de importantes cambios. Su presencia en el ministerio sacerdotal contribuiría mucho a acelerar los cambios a favor de una iglesia donde predomine en su interior el respeto por los derechos humanos, la igualdad ante Dios, la compasión, la equidad en la toma de decisiones. Sin embargo, quienes no se sientan dispuestas a participar desde dentro de la institución en su reforma, más les valdría seguir por fuera.

Porque se verán confrontadas en la práctica diaria con la obligación de aplicar normas pastorales de la Iglesia que van en contra de las nuevas exigencias culturales en materia de sexualidad, de relaciones de pareja y de paternidad-maternidad responsable, con las cuales no logren adecuar su;conciencia, especialmente para el ejercicio de la confesión, la predicación, la asesoría pastoral para los sacramentos de matrimonio, ante tantos fieles angustiados con problemas de conciencia con respecto al aborto, el uso de anticonceptivos, el divorcio, la homosexualidad, la eutanasia, y se verán confrontadas con los problemas de justicia y derechos humanos. De comprometerse activamente en su defensa, podrían verse descalificadas como imbuidas de la teología de la liberación. Tendrán que tener una convicción; religiosa a toda prueba para aceptar de su obispo el dictamen de que ya no están en comunión con él, ni con la Iglesia y que por lo tanto, quedan descalificadas para ejercer el ministerio, quedándoles prohibido escribir, dar clases y conferencias, relegadas al mundo de las excluidas.

Esperamos, sin embargo, que prime la actitud de las mujeres que participaron en el Congreso de Dublín, en cuya clausura exclamaron: "Por demasiado tiempo mujeres con vocación sacerdotal tuvieron que ocultarla, que llevarla como una culpa secreta. ¡Ahora puede ser mostrada, afirmada como un don divino y regocijarse... buscamos justicia, para que todos y todas puedan participar en el sacramento de la ordenación".

* Sociólogo de la Universidad de Lovaina y ensayista.

† Último testamento de Monseñor John J. Egan, obispo de Chicago - “Usar los dones que Dios nos da”

Gustavo Perez Ramirez


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