De hecho, presbíteras

De hecho, presbíteras

por Mercedes Carrozosa y Pilar Yuste
El sacerdocio de la Mujer, Editorial San Esteban, Salamanca, 1993, p.77-98.

0. Nuestros Principios

Aunque inevitablemente aparezcan argumentos explícitamente teológicos no va a ser éste un artículo denso, con citas eruditas y con términos en griego y latín sin traducir al cristiano; si hablamos de pastoral no lo haremos de forma que no nos entiendan los rebaños en los que estas dos borregas se sienten tan a gusto. Vamos a referirnos a la realidad, a lo cotidiano de nuestra vida de cristianas, y a lo que a través de nuestra experiencia y oración hemos aprendido y reflexionado sobre este tema. ¿Acaso no es esto también teología?

Hemos aprendido mucho de los siglos de teología que nos han precedido, pero gracias a las pioneras que han revisado desde la perspectiva feminista nuestras bibliotecas hemos descubierto los virus androcéntricos (el varón, y no el ser humano como eje de la realidad) que las inundaban. Desde ahí se ha trabajado para que las mujeres fuéramos sujetos de esa teología, y para que ésta sirviera para reconocer y no para solapar nuestra dignidad como personas y como bautizadas. Dentro de la diversidad de la teología feminista, nosotras nos hemos situado al lado de quienes hacen confluir su trabajo con el de la liberación global de todos los sectores oprimidos, haciendo de la Vida, la Esperanza, la Liberación y el Amor el aliento que posibilita nuestro decir y hacer, nuestro ser. Desde ahí hemos descubierto que:

— La teología que no comienza recogiendo la cotidianeidad —muchas veces sufriente— de las personas, que no nace del hambre, que no es expresión de las gentes que buscan a Dios, no será una palabra de Dios por mucho que apele a una santa Tradición que quienes más citan suelen confundir con tradiciones poco respetables.

— La teología que no acaba liberando, que no sirve para que nuestra vida se plenifique, no transparenta al Dios del que habla.

— No podemos hablar del Dios de Jesús en un lenguaje que tan sólo los doctos escribas pueden entender y, en muchas ocasiones, para complacer los intereses de la clase sadu-cea. Entonces velamos la Verdad fresca de la Revelación que es Jesús mismo, Palabra que libera y alegra.

En este artículo trataremos del tema del «sacerdocio» de las mujeres dentro de la Iglesia Católica desde la perspectiva pastoral y social sobre todo, y aludiremos, siempre desde esa misma perspectiva a otros elementos del quehacer teológico —Tradición, Escritura...—, aunque se desarrollen en otros artículos. Vamos a utilizar un método que duele decir que es prácticamente desconocido en nuestros estudios y discusiones. Iremos preguntando ante cada cuestión: ¿la realidad contradice esta teoría? Fíjense que ni tan siquiera decimos que la tenga que demostrar, nadie pretende hacer de la teología una ciencia experimental. Pero ¿y si la hacemos humana y dejamos de especular, de hacer rizos en el aire, de hablar para marcianos? Nos dicen que somos incapaces de hacer y de representar lo que de algún modo llevamos tiempo haciendo. Nos dicen que para qué plantear un problema teórico pues no hay mujeres vocacionadas ni preparadas para aspirar como candidatas al orden, y aquí estamos, aunque muchas no se atrevan a decirlo, y casi todas queramos una Iglesia un poco distinta. Nos dicen que la Tradición no nos da la razón, y nos encontramos con Lidia, Febe, las diaconisas... Nos dicen que Jesús no nos eligió como Apóstoles y nos encontramos con que María Magdalena es llamada Apóstol de los Apóstoles. Nos dicen que no podemos representar a Jesucristo, pero leemos Mateo 25, 31 ss... y no podemos permanecer calladas ni perder la esperanza.

El método feminista suele partir de la cotidianeidad y aprender de una experiencia que se explícita en vez de callarla y pretender unlversalizarla. Como la teología ha sido hecha por varones célibes blancos y occidentales, no es sólo que no recogiera la realidad de todas las personas que no encajaban en ese canon, sino que encima les afectaba directamente en sus vidas —no olvidemos que en muchas ocasiones ha ido de la mano del poder—. Durante siglos se ha intentado que el traje de esos privilegiados sirviera para todo el mundo, y se ha negado a quienes no entraban o no deseaban ajustarse en el mismo, cuando quizá lo evangélico hubiera sido hacer en cada momento un vestido nuevo si el viejo ya no sirve.

(Nosotras somos dos mujeres payas que sentimos en nuestra adolescencia la vocación presbiteral. Mercedes y Pilar, en Extremadura una y en Aragón la otra, casi llegamos a pensar que estábamos locas hasta que en Madrid, movidas por nuestros estudios teológicos y gracias a nuestra común amiga Marifé Ramos, nos encontramos. Luego supimos de muchas más que sentían lo mismo, pero fue a nosotras a las que no nos venció el miedo, la vergüenza o la prohibición para comenzar a aparecer en los medios de comunicación. Como dice Mercedes, éste es nuestro pulpito a falta de otros; Pilar apunta que la calle, y los problemas de la gente son nuestra parroquia. La gran audiencia era amiga inseparable de la frecuente falta de rigor, pero no sabéis lo que supone encontrar a mujeres que te aseguran que escucharnos supuso para ellas el fin de su aislamiento. Por eso llevamos años diciendo lo que aquí escribimos.

Mercedes es ofimática y lo suyo es la Pastoral Gitana; colabora con el MOCEOP, pues en ellos hemos encontrado un valioso apoyo. Pilar es profesora y se mueve en la solidaridad Ínter nacionalista, en el mundo de la inmigración, y dentro del Movimiento Feminista. Las dos somos laicas, solteras, nos dicen que vitales y alegres, y pertenecemos al Grupo de Mujeres y Teología de Madrid... ¿Entendéis por qué no nos fue suficiente con el mismísimo San Agustín?).

1. La Situación

Vivimos en un mundo dividido, polarizado, donde el hambre y la violencia alternan vergonzantemente con el colesterol y el telepick. Hablar del conflicto Norte-Sur no será nunca innecesario mientras no deje de existir gente que no disfrute de una vida digna. Pero ahora vamos a hablar de un Sur presente también en nuestro mundo:

La pobreza se viste de mujer. En 1980 la ONU ofreció un dato escalofriante: las mujeres del planeta producimos 2/3 del total de horas de trabajo, percibimos el 10 % del monto global de los salarios e ingresos y poseemos menos del 1 % del total de propiedades y bienes. Según Caritas en Madrid, de cada tres pobres, dos son mujeres. Una tendencia que ante cualquier crisis va en aumento «gracias» a un sistema genérico que nos regala salarios más bajos, doble jornada, mucho más paro, violencia sexual, etc.

Los pobres no son una masa amorfa, seres incoloros, invisibles y asexuados. Nacer mujer es un importantísimo factor de riesgo para llegar a ser pobre, como lo es también pertenecer a ciertas etnias. La pobreza tiene rostro de mujer y piel oscura, a pesar de que existan Tina Turner y Cher. Algo interesante es ver cómo esos factores interactúan, tal como, por ejemplo, ha estudiado la teóloga Radford Ruether. Las mujeres siguen siendo pobres entre los pobres. En sociología se está hablando de la femininización de la pobreza, no sólo la tradicional pobreza de las mujeres frente a sus varones, sino la llamada nueva pobreza que afecta a estructuras sociales recientes como las familias monoparentales habitual-mente lideradas por mujeres. Si decimos que queremos hacer una opción por los pobres desde nuestra fe, no podemos olvidar que esos pobres suelen tener un color y un sexo concretos. Por eso, si nuestro lugar teológico deben ser los pobres, como apuntaba Ella-curía, hablar como mujeres no es un desliz burgués, sino que nos aproxima más a la realidad del Cristo crucificado.

Este es nuestro contexto. ¿Qué palabra y actitud tiene la Iglesia ante él?

Si bien hay que reconocer los logros —muchas mujeres jamás habrían oído que como tales tienen una dignidad si no hubiera sido por la carta Mulíeris Dignitatem — nuestra Iglesia es una de las estructuras más patriarcales que existen, y por otro lado uno de los lugares donde las mujeres están más despiertas y comprometidas con su liberación (me remito por ejemplo al monográfico número 7 de esta colección). Sabemos que no es una cuestión de mujeres contra hombres, sólo hay que recordar la Liga anglicana de Mujeres contra la Ordenación de Mujeres (no olvidemos la auto-marginación femenina, la internalización de nuestro rol) y, por otro lado, los varones, incluso obispos, a favor de nuestra causa.

Y, de hecho, ¿cómo se vive hoy nuestra fe? Ser católico se limita para muchos a ser admirador de nuestro Papa aunque luego no se cumplan sus recomendaciones, ni tan siquiera los más rotundos principios evangélicos. El Papa es escuchado y ovacionado por cientos de miles de jóvenes que, sin embargo, mantienen relaciones prematrimoniales —eso sí, en muchos casos sin preservativo—, se divorciarán ante un serio conflicto familiar, etc, y en otro orden de cosas, elegirán la carrera que más seguridad económica les ofrezca, no se querrán comprometer mucho en la vida parroquial, ni se «mojarán» en los conflictos socio-políticos que pasen por delante de sus narices. También hay que reconcer que hay minorías comprometidas tanto de talante conservador, como popular —éstas sin tener mucho que ver con otros «populares»—.

Pero la inmensa mayoría de jóvenes no ven al Papa con simpatía, y lo que es mucho más grave, en el Norte el porcentaje de agnosticismo aumenta con la misma velocidad que lo hacen las sectas más estrambóticas, los seguidores de Rappel, el elenco de las escuelas de psicoterapia, y la apatía.

¿Estos temas intraeclesiales, interesan entonces a alguien más que a nosotras?

Curiosamente sí. A unos porque les altera la viscera profundamente pensar que las mujeres nos metemos donde se ve que no debemos, a otros porque todo lo que sea una tarea emancipadora les parece positivo aunque se dé en casa ajena.

De hecho la gente busca incansablemente, y se pregunta. Es triste pensar que se estén alejando personas valiosas cansadas de comulgar con ruedas de molino, y que se pierdan muchas y buenas vocaciones y capacidades en nuestro trabajo por el Reino de Dios.

De cualquier modo seguimos pensando que el mayor problema es que a pesar de todos los logros de la historia en nuestro mundo siga habiendo hambre, violencia y vacío e infelicidad. Duele, en segundo lugar, pensar que esta Iglesia, nuestra Iglesia no da respuesta a muchos de los problemas de la gente. Por último y centrándonos ya en nuestro tema, es triste que dentro de nuestra Comunidad siga existiendo exclusión y marginación en función de la identidad sexual.

2. Vocación

¿Quién puede atreverse a afirmar que una vocación o un caris-ma no proviene de Dios cuando, además, se acompaña de acciones que demuestran ese talante? Es cierto, que si hasta ahora no ha habido un reconocimiento eclesiástico no haya excesivas manifestaciones del mismo, pero a lo largo de la historia nos encontramos con brillantes ejemplos de vocaciones presbiterales femeninas. De hecho es lógico pensar que el carisma, si proviene del Espíritu no se detiene en consideraciones de raza, cultura o sexo, aunque en la historia de la Iglesia hay quienes hayan negado no ya las órdenes sacerdotales, sino la misma alma para pueblos indígenas y negros.

Al igual que la reclamación feminista en la sociedad civil supone un enriquecimiento para la vida colectiva que hasta ese momento se realizaba visiblemente sólo por varones, nosotras afirmamos, que esta Iglesia, cansada de utilizar sólo la mitad de su cuerpo mejoraría integrando como miembros adultos de pleno derecho, como bautizadas en definitiva, a las mujeres.

Paradójicamente para el ministerio presbiteral se suele tener más en cuenta la carrera que el carisma, tal como apunta González Fauss en «Hombres de la comunidad» (p. 147), pasar de caris-mas a cargos es comprensible, de cargos a carrera es evitable, pero de carrera a estado sacral, intolerable. Mientras eso sucede a nosotras se nos niega carisma, cargo, carrera y estado sacral sacerdotal.

3. Tradición y Mundo

Uno de los argumentos habitualmente utilizados para vetar el acceso de las mujeres al presbiterado es el de que quienes pretenden estar a bien con las pasajeras modas mundanas acaban siendo infieles con la Tradición. Lo cierto es que a veces caen en contradicciones al utilizar después esos argumentos sociológicos que critican. Así suelen decir que la gente no está preparada para tener presbíteras en su parroquia (hay que reconocer que es cierto, aunque ni mucho menos al nivel que afirman). Y es que si decimos que no hay que guiarse por criterios sociológicos, deberíamos volver a la Iglesia previa al Concilio de Jerusalén y como iberos, renunciar a nuestra fe judeocristiana. Una cosa es diluirse en la cultura dominante, y otra ubicarse en el aquí y ahora y aprender de esos signos de los tiempos tan evangélicos, voz misma de Dios, que nos recordó Juan XXIII. Juan Pablo II llega a decir de los movimientos para la liberación de las mujeres que son un auténtico signo de los tiempos (Mulieris Dignitatem), pero a nadie se le esconde el miedo que el feminismo —palabra en sí maldita— suscita en la Iglesia. Tanto es así que el arzobispo de Canterbury negó que hubiera conexión entre el feminismo y la ordenación de las anglicanas —no sea que...—, y Graham Leonard —el obispo angli-cano dimisionario—, como contundente argumento que desvela la maldad de esa ordenación se pregunta: «¿Es que el doctor Carey no ha leído nada de cuanto se ha escrito apoyando la ordenación de las mujeres en las que tal conexión se hace explícitamente?» (ABC, 20 de noviembre del 92).

Aunque no todo argumento debe ser admitido por el hecho de ser feminista, ¿quién puede decir que los siguientes planteamientos feministas que hemos hecho nuestros violan el plan de Jesús para su Iglesia? Gracias a muchos años de movimiento feminista:

Esta corriente, que a pesar de no pocas reticencias se ha asimilado socialmente, no puede entrar en el Vaticano y romper sus esquemas patriarcales, y es que el actual catolicismo romano tiene en poca estima la inculturación y la actualización del mensaje evangélico —que en sí mismo está inculturado en los distintos acentos comunitarios y culturales de cada evangelista—.

Ubiquemos el mensaje de Jesús sobre las mujeres en su contexto. Haciendo ese ejercicio entonces y actualmente comprobaremos que de hecho, si la actitud igualitaria y liberadora de Jesús con las mujeres de su tiempo produjo escándalo porque la sociedad estaba en las antípodas de lo que él proponía, la Iglesia Católica hoy también provoca un auténtico escándalo, pero por motivo contrario: la sociedad es bastante igualitaria en lo que se refiere a los derechos de las mujeres, y es la Iglesia el lugar donde todavía se predican las excelencias de una supuesta diferencia ontológica que conlleva una limitación de derechos y de poder.

¿Pero qué dijo o hizo Jesús realmente acerca de este tema del presbiterado femenino?

La Comisión bíblica Pontificia respondió en la Pascua del 76 a tres preguntas. Su resolución fue silenciada y aun contradicha en la declaración ínter insigniores que fue redactada tres meses después.

Afirma que basándose sólo en el Nuevo Testamento:

1. NO hay datos sufientes para solucionar clara y definitivamente el problema del sacerdocio de las mujeres.

2. NO se excluye definitivamente a las mujeres del orden sacerdotal.

3. NO se considera que la posible ordenación de mujeres lesionara el plan de Jesucristo sobre el ministerio apostólico.

Aunque no sea éste el tema que tengo que desarrollar no puedo dejar de señalar que:

— nos han dicho que las mujeres nunca han presidido las cenas del Señor, pero quién suponemos que lo haría en la Iglesia doméstica de Lidia en Filipos (Hch 16) cuando no estuviera Pablo, por ejemplo.

— nos han dicho que Jesús no eligió a mujeres como apóstolas, pero los exegetas no terminan de aclararse con el término, y mientras tanto la Tradición bautiza a María Magdalena como apóstola de los apóstoles.

— nos han dicho que los obispos son sucesores de los Doce, pero la simbología de los doce patriarcas de un Nuevo Israel no obedece sin más ni a la configuración actual de una Iglesia de los distintos pueblos del mundo ni a la diversidad cultural, racial y sexual que la compone.

— nos han dicho que la sucesión apostólica que comienza con Pedro no acoge a mujeres, pero María Clara Binge-mer viene a recordarnos que alguien silenció la que comenzaría con el reconocimiento mesiánico de Marta (Jn 11, 27).

— nos han dicho que al no haberse pronunciado Jesús explícitamente a favor en el fondo lo estaba negando. Las explícitas reticencias de Jesús con la mujer sirofenicia debieron pesar en los Pablos y Bernabés de la primera Iglesia, pero si el criterio racial fue superado con menos argumentos, ¿por qué esperar tanto para derribar el sexual? (aunque él mismo hubiera puesto alguna objeción —que no llegó a poner—, la historia y la realidad lo habrían desestimado frente al destino universal de la salvación por la Resurrección).

— nos han dicho que por fidelidad a la tradición de la primera Iglesia las mujeres no podemos ser presbíteras, que nunca ha habido mujeres ordenadas, pero han callado los siglos en que fuimos diáconas, pues para ser realmente coherentes deberían ordenarnos ahora como tales.

Quizá confunden Tradición con tradiciones que de ningún modo se pueden adjetivar como venerables, como dice Dolores Aleixandre. Comprendemos que cueste superar estas tradiciones pues aunque sean minúsculas son seculares, pero denunciamos lo rápidamente que se han borrado, por ejemplo, los siglos en que las mujeres tuvieron en la comunidad cristiana un papel igualitario al del varón. Durante todo este otoño y crudo invierno posterior, muchas mujeres hemos seguido trabajando duro por el Evangelio. Por eso el feminismo supuso otra buena noticia que nos hacía rescatar del armario esa pieza tan valiosa que en definitiva éramos nosotras mismas. No es de extrañar que para algunas estos «reconocimientos» eclesiales lleguen demasiado tarde; otras, no sabemos si más testarudas o más estúpidas, seguimos la enseñanza de la viuda impertinente.

4. Patriarcalizacion, Clericalizacion, Ritualizacion, Judaizacion y Romanización

Altar, Sacerdote, Templo, Impureza, son términos que nos llevan al mundo religioso judío que Jesús superó. Las Iglesias domésticas no se parecen en nada al Templo de Jerusalén, ni las Cenas del Señor a los sacrificios animales que en él se ofrecían, ni los apóstoles, diáconos, profetas, epíscopos, viudas y los mucho más tardíos presbíteros, al hereditario título de sacerdote, que se encargaba de ofrecer los sacrificios inmolatorios en un altar hasta el que muy pocos podían llegar.

Citamos a González Fauss (p. 11): «Después de una llamativa y cuidadosaa ausencia de la palabra «sacerdote» en todo el NT, aparece la Carta de los Hebreos reivindicando ese título, pero con estas condiciones: a) sólo para Jesús; b) y de una manera nueva, la cual, c) supone el fin de todo sacerdocio». No olvidemos que, de hecho, Jesús es laico.

Si citamos ahora a Schillebeeckx (El ministerio eclesial, p. 94) veremos que por lo tanto, «Sobre la base de la literatura prenicena sobre todo se puede afirmar que la Iglesia antigua opuso cierta resistencia a llamar «sacerdotes» a los dirigentes de la comunidad. Para el Nuevo Testamento sólo Cristo y la comunidad cristiana poseen carácter sacerdotal;» y cuando ese titulo se llega a aplicar después «se trataba simplemente de un vocabulario alegórico».

¿Por qué entonces esa posterior judaización e incluso pagani-zación de ciertos rituales y estructuras? Cuando una comunidad comienza a crecer, a vertebrarse y a asentarse, el poder se reviste de formas peculiares. Podemos poner tres ejemplos, el de la Ritua-lización, que describe Schillebeeckx como en el caso de algunas costumbres higiénicas relativas a la «impureza» (y las mujeres solemos acabar tras la reja), el de la Clericalización del ministerio que en definitiva supone un ocultamiento de Dios al laicado (clero etimológicamente significa lo que corresponde a Dios, y laico, pagano, alejado de Dios) y el de la patriarcalización que tan exhaustiva y profundamente describe E. Schüsler Fiorenza en En memoria de ella: si la Iglesia quiere subsistir en el patriarcado grecorromano deberá limar unas costumbres igualitarias muy conflictivas en ese ambiente.

No es de extrañar que con el tiempo hayamos realizado la teología moral a base de tarifario, la dogmática con el anatema en ristre, la antropología teológica a base de modelo y mito. Todo lo que no encajara en ese molde era considerado pecado, herejía o desviación.

Mientras se ritualiza y esclerotiza la liturgia, nosotras pretendemos darle calor, vida y sabor, por aquello de que no nos pase como al conocido gato del gurú que describe Anthony de Mello en El canto del pájaro:

«Cuando, cada tarde, se sentaba el gurú para las prácticas del culto, siempre andaba por allí el gato del ashram distrayendo a ¡os fieles. De manera que ordenó el gurú que ataran al gato durante el culto de la tarde.

Mucho después de haber muerto el gurú, seguían atando al gato durante el referido culto. Y cuando el gato murió, llevaron otro gato al ashram para poder atarlo durante el culto vespertino.

Siglos más tarde, los discípulos del gurú escribieron doctos tratados acerca del importante papel que desempeña el gato en la realización de un culto como es debido.»

5. En Nombre de la Iglesia

Hemos comenzado distinguiendo dos sacramentos que por otro lado tienen mucha relación, el Orden y la Eucaristía. Insistir excesivamente en su relación va en detrimento de la misma Iglesia, pues éste es el Banquete del Pueblo de Dios aunque haya un ministro que lo presida; ese «aunque» debería ser un «porque», pues sabemos que el presbítero en la eucaristía actúa como la persona de Cristo y en nombre de la Iglesia, es decir, representa a ambos. La pregunta es si esto es realmente así y si muchos presbíteros actúan realmente en nombre de la comunidad eclesial. (Cabría entonces preguntarse por la legitimidad de una práctica común: la imposición de un cura párroco conservador en comunidades de una larga tradición progresista, no a la inversa). Por otro lado, y si es cierto el famoso criterio de Schillebeeckx de que el derecho y la necesidad de Eucaristía para las comunidades está por encima de normas disciplinares como la del celibato, nos preguntamos si realmente muchas de las religiosas que animan comunidades en el tercer mundo no están ya de hecho representando a la Iglesia euca-rísticamente. La monja que va a buscar en canoa durante horas las hostias para la comunión, quizá ante Dios y ante su comunidad está consagrándolas en ese viaje que realiza con premura por miedo a que la humedad enmohezca las formas consagradas. Quizá ese sacramento de la canoa sea más eficaz que una consagración formal realizada despreocupada y desencarnadamente.

Solemos decir que hasta que no desparezcan del Código de Derecho Canónico todos los cánones que hacen referencia a la Potestad de Régimen (el poder ejecutivo, legislativo y judicial en la Iglesia es conferido mediante la ordenación sacerdotal), el ministerio presbiteral no volverá a su sentido etimológico de Servicio. Y sólo entonces se acordarían motu proprio de las mujeres, cuando ese trabajo se despreciara.

Sí, el tema del poder está ahí y nadie puede negarlo, pero el consejo de que no nos contaminemos por el poder eclesiástico suele salir de quien no quiere separarse de él. No es que nosotras queramos el poder, lo que queremos es que nadie lo tenga en función de su sexo, que para construir una nueva Iglesia no tienen por qué hacerlo siempre unos desde arriba y otras desde abajo. El debate guarda su similitud con la entrada de las mujeres en el ejército; igualdad de derechos supone también el derecho al mal, a equivocarse, porque éste sólo se confiere a gente adulta que por poder elegir a lo mejor hasta acierta.

Si el sacerdocio universal es el único punto de partida incuestionable del presbiterado, y éste parte de la incorporación a Jesucristo por el Bautismo, sobran jerarquías y divisiones sexuales.

No podemos dejar este apartado eclesiológico sin referirnos al ecumenismo que al parecer sólo es tenido en cuenta para la Iglesia Ortodoxa. Hay una gran falta de espíritu ecuménico cuando se habla de este tema, se llega a decir que los anglicanos no son Iglesia y que van al pairo de la sociedad (parece que es mejor ir contracorriente).

(Recordemos las amenazas y condenas que han recibido por sus sínodos de Lambeth o por el último de Gran Bretaña, cuando en menos de una hora el portavoz vaticano hacía su declaración en contra). Se critica ácidamente su sistema democrático y federal. Si bien es cierto que no se puede votar democráticamente si Jesús resucitó o no —algo que parece que hubiera escandalizado menos que la ordenación femenina—, ¿por qué se supone que nuestro sistema católico de gobierno es inmejorable, y no recordamos, por ejemplo, cuál ha sido el sistema de nuestros concilios ecuménicos? Como dice Diez Alegría la democracia no es el mejor sistema, pero tampoco la tiranía absoluta. ¿Por qué no intentamos buscar entonces lo que hay de Espíritu y Evangelio en su Iglesia, y ponemos todos más empeño en la comunión?

6. Representando a Cristo

Cuando me contaron mis alumnos que en una película de Indiana Jones la última prueba que sufría el protagonista consistía en distinguir de entre muchos cálices cuál era el Santo Grial, me sonreí pensando en qué prueba esotérica les habría dejado tan impresionados. Seguro que la disposición de las gemas que adornaban tantos santos griales como hemos visto en los museos, el color o número de las mismas... Cuando me explicaron que salió victorioso por haber elegido el más sencillo de todos —no recuerdo si decían de madera o de arcilla— acabé entristecida pensando que Spielberg sabía más teología y era más fiel al relato evangélico que lo que había sido mi comunidad durante siglos. ¿Pero cómo no iba a sentir entonces representado el cáliz de Jesús en esa copa de oro abarrotada de piedras preciosas quien sentía representado a Cristo en un obispo poderoso y rico?

Se dice que ante el sacramento no sólo importa la función de la persona ordenada sino el hecho de que ésta representa a Cristo. El símbolo, el sacramento no es tanto la persona sino lo que ésta significa en su ministerio; así nos encontramos numerosos cánones que dan por válidos y eficaces los sacramentos administrados por herejes y por pecadores (Denzinger 94, 55, 88, 1087...). Si ésto es así, ¿por qué se supone que antropológica y evangélicamente puede tener una mayor representatividad de Cristo un pecador —alejado de Dios—, o un hereje —alejado de su Iglesia— ordenados, que una mujer fiel que llegara a recibir este sacramento? Lo importante es el sacramento en sí, y su significación para la comunidad eclesial. Si citamos a San Atanasio (Denzinger 169) «Según la costumbre de la Iglesia Católica, reconozca el sacratísimo pecho de tu serenidad que a ninguno de éstos a quienes bautizó Acacio (obispo cismático), o a quienes ordenó según los cánones sacerdotes o levitas, les alcanza parte alguna de daño por el nombre de Acacio, en el sentido de que acaso parezca menos firme la gracia del sacramento por haber sido transmitida por un inicuo... Porque si los rayos de este sol visible, al pasar por los más fétidos lugares, no se mancillan por mancha alguna del contacto; mucho menos la virtud de Aquel que hizo este sol visible, puede constreñirse por indignidad alguna del ministro...». ¿Sería entonces una modesta mujer capaz de alterar lo que no altera un obispo cismático? Mucha impureza hay que tener para mancillar el origen de ese rayo... pero es que hay quienes piensan que realmente la tenemos. Si la condición moral y la eclesial no alteran el ministerio, siendo sin duda más fundamentales que cualquier otra, ¿cómo podría hacerlo la sexual?

Según Juan Pablo II el varón que consagra representa «unívoca y transparentemente» a Jesús. Pero para gran parte del Pueblo de Dios esto no es así. Las celebraciones litúrgicas sin sacerdote que suele dirigir una religiosa acaban siendo, y a pesar de muchas explicaciones, la misa de la monja. Tras vencer reticencias y participar en alguna lo habitual es que la gente afirme que la misa de la monja les gusta más que la del cura. Y es que aunque formal y canónicamente no sea así, los fieles sienten una presencia eucarís-tica cuando hay calor y encarnación. En definitiva ellos no ven representado a Cristo en un varón consagrado que en muchos casos tras una escasa media hora de frío y cansado monólogo se va sin tan siquiera decir adiós. Su sacramento es formalmente válido pero no puede haber eficacia si los fieles se resisten a admitir esa gracia. Algo parecido sucede a veces con la confesión.

Somos imagen de Dios por el mero hecho de ser creaturas suyas (Gn 1, 26 ss.), hijos e hijas por nuestro bautismo, pero imagen viva de Jesús en el mundo. El mismo, tan sólo en tanto que pobres (Mt 25, 31 ss.). Es duro afirmar que representará mejor a Jesús una inmigrante pobre que un sacerdote acomodado al que le complace que le llamen tal como Jesús dijo que a nadie se llamara salvo a Dios, padre.

Las mujeres somos imagen de Cristo precisamente porque nos niegan serlo.

Evidentemente Jesús fue varón, pero ¿cómo atreverse a afirmar que eso fue voluntad de Dios para que sus sacerdotes lo sean también? Parecen conocer la motivación íntima de Dios, que las mujeres ocuparan un puesto secundario. Y es que cuando hablamos de Jesucristo seguimos limitándonos al Jesús judío barbudo de la historia sin trascender al salvador de cuyo cuerpo resucitado somos todos, sin distinción, partícipes por el bautismo.

Recordemos que la ordenación de diaconisas que se dio hasta el siglo IV en la Iglesia Occidental y hasta el VII en la Oriental, supone un reconocimiento eclesiástico, por su pertenencia al orden triforme, de que actuaban representando a Cristo.

Si, como dice Gesteira en La Eucaristía y ¡a vida de ¡a Iglesia, por la Eucaristía es la comunidad misma la que se hace cuerpo de Cristo, nosotras nos preguntamos cómo entonces persiste en su diferencia, sin corporizarse con El, un ser mujer que nos impide representarle. No podrá haber una comunión eclesial en una comunidad cuando las mujeres son excluidas en cierto modo de la mesa.

Volvamos a hacer la prueba de qué sucede en la realidad. Sabemos que el ordenado no sólo representa a Jesucristo en su función sino simbólicamente. Pensemos, en lo que a las acciones se refiere, que las mujeres dan de comer, ponen la mesa familiar y la litúrgica (ahora tan diferenciadas), escuchan problemas y pecados, sufren la pobreza, la violencia, la discriminación, y alivian frecuentemente los sufrimientos ajenos; son el motor y colchón familiar, acostumbradas a cuidar como la gallina a sus polluelos, sirven, atienden las mesas, aman hasta dar la vida.

Por otro lado, simbólicamente, si la Iglesia es una familia... ¿Dicen que sería imposible para una mujer alimentarla y representarla? Una mujer violada —todas las mujeres tenemos/somos un cuerpo viciable—, una mujer pobre, negra, indígena, gitana («Dios es negra») ¿no representa hoy a Jesucristo?

¿Quién está hoy como Jesús lavando los pies a los demás? ¿Quién puede ser según el Evangelio su imagen visible?

Y porque función y símbolos eucarísticos no están separados, cito aquí este texto de Rafael Aguirre (en La cena de Jesús: historia y sentido, p. 77 s.): «Quizá por eso san Juan, el último evangelista, en cuya comunidad se conoce muy bien la Eucaristía y se la celebra (cf. Jn 6), no relata su institución en la última Cena. En su vez narra el lavatorio de los pies. No pretende sustituirla, sino transmitir su sentido profundo. Jesús realiza el papel de un esclavo, hace el trabajo más humillante: lava los pies a los demás sin manto y con la toalla ceñida, actitud típica del sirviente. Una vez más —¡y van tantas!—, ahora ya al final de su vida, sus discípulos no le entienden. Pedro protesta y hasta se niega al gesto de Jesús. A la Iglesia le resulta más fácil celebrar el rito de la Cena del Señor que vivir su sentido.

Pero es el mismo Señor quien, con el pan y la copa en la mano, nos dice «haced esto en memoria mía», y quien, como esclavo a los pies de los hermanos, nos dice «haced también vosotros como yo he hecho». Sin duda, se trata de un mismo gesto.»

7. Antropología

Muchos de los argumentos de la teología oficial referida a las mujeres están basados en una antropología dualista, etnocéntrica y androcéntrica que ya casi nadie sostiene.

El binomio masculino: fuerza/inteligencia - actividad/cultura. Femenino: debilidad/afectividad - pasividad/naturaleza. O el binomio de San Ireneo Eva/María siguen pesando como una losa sobre nosotras, así como el dichoso eterno femenino que nadie sabe lo que es pero todo el mundo utiliza para deducir que lo relacionado con las mujeres supone clasificarse en segunda división.

El símbolo cristiano por excelencia de lo femenino es María Virgen y Madre, modelo para las mujeres católicas sobre todo y, como femenino, señal de segunda categoría: Si la salvación de verdad viene por Cristo, para nosotras la mediadora es María, osea que... Pongo un ejemplo del mismo Concilio Vaticano II: María-subordinación-mujeres luego aunque no lo digan, se deduce que Jesucristo-poder indiscutible-varones. Este esquema se sigue al plantear «modelo de monjas, María / curas, Jesús». Un dato curioso, cuando estas mismas monjas pasan a compararse no con presbíteros sino con laicos: «religiosos/as-Cristo / laicos/as-María» (lo encontré comparando Perfectae Caritatis 25 y Lumen Gentium 44 con Apostolicam Actuositatem 4).

Frente a esa antropología simbólica dualista y discriminatoria, la Psicología, y la práctica cotidiana rompen con la supuesta diferencia ontológica sexual. Mientras haya no pocos varones que tengan más parecido en sus características «femeninas» a4 las mujeres que a los mismos varones, y viceversa, no podremos afirmar que el factor sexual es determinante en las personas. Las personas pueden ser sensibles, trabajadoras, alegres, feas... Las mujeres suelen ser mejores cuidadoras que los varones, pero no en todos los casos, y no por naturaleza (ésa ha sido nuestra tarea social, y la muñeca nos ha acompañado desde pequeñas). El factor sexual no es el más decisivo, Margaret Thatcher y Antonio Gala pueden ser ejemplos de ello.

Hemos hablado de las funciones, pero si hacemos referencia a lo simbólico quizá comprobemos que Madona, aun siendo mujer, no es precisamente el mejor modelo simbólico del amor maternal.

Por eso mismo, el símbolo del matrimonio místico Cristo-Igle-sia, cuando se pretende transmutar según los sexos reales del binomio, acaba llavándonos a estúpidas contradicciones como la de que todos los varones fieles laicos deben ser homosexuales.

La simbología, que tan alienante y tan liberadora puede ser, ha caminado del lado de los poderosos. No es casualidad que Dios Padre se ha acabado convirtiendo en un viejo barbudo blanco y tripón, aunque fuera más veraz que se encarnara en el cuerpo de una mujer que ha engendrado muchos hijos, y carga sola con ellos, por ejemplo. Por eso afirmamos que ahí hubiera sido más fácil encontrar a Dios, aunque dijeran que había impureza.

Si el presbítero debe actuar en el nombre de la Iglesia, y sabiendo que prácticamente los dos tercios de la Iglesia son mujeres, la falta de referente simbólico como comunidad eclesial es tan fuerte como cuando los presbíteros en África eran siempre blancos.

Sabemos que lo simbólico está unido a la realidad (Sagrada Eucaristía más parecida a una cena que a algunas de las misas que se «dan»), por eso el ministerio no se puede identificar con una concepción abstracta de masculinidad que es más que cuestionable. Hoy día este sacramento no se vería en absoluto alterado si las mujeres pudieran acceder a él. No olvidemos que el símbolo es trascendente pero también cultural, y nuestro mundo tiende a borrar el androcentrismo.

Pero el referente simbólico religioso actual más impórtente no se encuentra en el sexo. (Recordemos la encuesta realizada por Misión Abierta sobre lo que los españoles pedirían a sus curas: mucho compromiso y poca teología entre otras cosas)

Y es que atender tan sólo a lo sexual lleva realmente a extremos ridículos, como el que señala este texto de un cartel de las Sufragistas:

— Lo que puede ser una mujer, y todavía carece de voto: Alcaldesa Enfermera Madre Doctora Maestra Obrera industrial

— Lo que puede haber sido un hombre sin que por ello pierda su voto:

Convicto

Lunático

Dueño de esclavos blancos

No apto para el servicio militar

Alcohólico

Mejor es afirmar que ya no hay ni hombre ni mujer, sólo personas, hombres y mujeres, sin abstracciones genéricas, en su rica diversidad, en la que como en un mosaico se ve mejor el rostro de Dios que en una sola tesela.

8. La Reallidad nos Desborda

«No puede darse una ordenación válida a una mujer». «Un sacerdote seguirá siéndolo mientras viva»... ¿Qué sucede entonces con aquel sacerdote italiano transexual? El mutismo que siguió a la noticia no diluye la controversia.

Un silencio parecido ha acompañado el tema de la ordenación clandestina de varias checoslovacas. Ya no es el caso habitual de que a falta de sacerdote las mujeres suplan hasta el límite canónico, sino que éste se vio, lo decimos una vez más, de hecho, superado.

9. Aguantaos

Se nos dice que debemos resignarnos en nuestra situación porque si no provocaremos enfrentamientos y problemas graves. Las mujeres acabamos apareciendo como las culpables de casi todo. Ya se sabe que el paro no lo provoca una crisis económica mundial sino las mujeres que han tenido el capricho de salir a trabajar. El cisma anglicano no se debe a unos intransigentes capaces de abandonar una comunidad e incluso un ministerio episcopal con tal de no compartir el altar con mujeres, se debe a la impaciencia de éstas que, además, están contaminadas por el virus feminista.

Y es que cuando hablamos de estos temas, y a falta de razones de peso, afloran los estereotipos y miedos viscerales. Es muy habitual que cuando se discute sobre feminismo, haya gente inteligente e incluso progresista en otros temas, a la que se le escapa algún fantasma misógino. Aquí, el de la impureza, el tabú, y en definitiva el asombro que produce en mucha gente la imagen de una mujer ante un altar. «No cabe duda de que habrá una grave hemorragia», David Silk, arcediano de Leicester contrario a la aprobación producida «argumentaba» así recurriendo a la supuesta impureza de la sangre menstrual. ¿Cuándo disfrutaremos por poder dejar de sorprendernos al ver a un varón limpiando ese mismo altar con una bayeta?

10. Gracias a Algunas Mujeres Podemos Decir que ya Estamos Siendo de Algún modo Presbiteras

Mujeres que abnegadamente están atendiendo a la gente, sirviendo al obispo, animando comunidades, organizando la liturgia, administrando no pocos sacramentos, especialmente religiosas en lugares con escasez de curas (nos recuerda a la mano de obra femenina, de quita y pon), apostolamos.

Pero no hay un reconocimiento de hecho a este ministerio, ni tan siquiera el tan indiscutiblemente saboreado diaconado. Este sacramento, esta gracia que se nos niega como posibilidad a quienes hemos nacido mujeres está por otro lado impidiendo que se aprovechen en la Iglesia todos los dones y carismas recibidos para la liturgia y la animación comunitaria sobre todo. No decimos que todas las mujeres somos maravillosas y que de llegar al presbiterado lo haríamos fenomenal, sino que somos personas que podemos intentar hacerlo, y entre todos las cosas salen mejor que entre unos pocos.

11. Nuevos Ministerios para una Nueva Iglesia

Si recordamos la controversia suscitada por la ordenación de las anglicanas británicas, veremos el sorprendente follón que una votación disciplinar (y no dogmática) en una Iglesia local (la de Gran Bretaña) supuso para anglicanos, católicos, y ciudadanos de a pie. Ese acaloramiento nos hace sospechar que algo se oculta entre los argumentos: el miedo a reconstruir la Iglesia, ésa es probablemente una cuestión de fondo. La crítica feminista no se limita a echar por tierra la asignación de roles en función del sexo, sino que a la larga lleva a la reestructuración de todo lo construido desde la perspectiva patriarcal: «Quieren —las feministas— cambiar las palabras de la liturgia, quieren cambiar los servicios: al final las feministas se inventarán una religión nueva», (palabras de Bridget Cast, una anglicana laica del Sínodo General, tal como aparecían en El Mundo el 15 de noviembre).

Cuestionar este poder patriarcal es, también en este caso, replantear el modelo eclesial general, en definitiva, Nuevas Mujeres, Nueva Iglesia, (New Women, New Church), tal como titula su boletín la Conferencia para la Ordenación de las Mujeres, de Estados Unidos.

12. ¿Amargadas?

No, seguimos ilusionadas y trabajando en lo más importante, la construcción del Reino de Dios desde nuestras pequeñas parceli-tas, por eso mismo no tiraremos la toalla fácilmente, porque creemos que es una causa justa y nos gusta lo que hacemos.

Muchas católicas comprendemos que en una casa tan grande y con tanta solera como la nuestra las ideas evolucionan lentamente. Pero rogamos que no nos engañen en los motivos y razones; no se deben confundir intereses personales y miedos atávicos con la voluntad de Dios, tan manoseada.

Sabemos que el trabajo por el reconocimiento de este derecho no es lo más importante que se pueda hacer por las mujeres en la sociedad, pero sí algo decisivo en nuestra Comunidad Cristiana, para convertirla realmente en una Comunidad de Iguales. Por eso mismo es una pequeña contribución en la tarea más amplia por la justicia en nuestro mundo.

Hemos aprendido la lección de aquella humilde pero terca sirofenicia que consiguió convencer a Jesús mismo, la de la paciente que colocó levadura en la masa, la de la esperanzada María que acudió a aquel peligroso lugar a regalar perfume a un cadáver..., nuestro entusiasmo no se quebrará por la desconfianza de Pedro.

Bibliografia

Alcalá, M., La mujer y los ministerios en la Iglesia. Sigúeme, Salamanca 1982 (el más exhaustivo y fundamentado sobre el tema concreto del presbiterado femenino).

Schillebeeckx, E., El ministerio eclesial. Cristiandad, Madrid 1989.

González Fauss, J. I., Hombres de la comunidad. Sal Terrae, Santander 1989.

W., Equipo SELADOC, La mujer. Sigúeme, Salamanca 1990, pp. 231-257. Bof, L., Eclesiogénesis. Sal Terrae, Santander 1980, pp. 106 ss.

W., Misión de la mujer en la iglesia. BAC, Madrid 1978 (incluye la declaración ínter Insignores).

Mello, A., El canto del pájaro. Sal Terrae, Santander 1982.

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