Nederlands/Vlaams Deutsch Francais English language Spanish language Portuguese language Italiano
Catalan Czech Esperanto Greek Igbo Japanese Korean Latin Malay language Norwegian Polish Swahili Tagalog
Home Page!

Integridad

Integridad

por Joseph S. O’Leary, The Furrow, Agosto 1985. Re-publicado con permiso del editor y el autor

La integridad no es un tópico fácil de enfocar debido a que a diferencia del coraje, la paciencia, o la buena disposición no está confinada a una dimensión específica de conducta, sino que funciona como un principio general formal de moralidad, un Imperativo Categórico, una instancia suprema de juicio que por si misma no puede ser juzgada. En algunas ocasiones ha sido definida como la perfección de la justicia, la infalible vigilancia y la conciencia que guarda la justicia contra cualquier corriente de corrupción. ¿Es solo un asunto de ser escrupulosamente honesto en lo que se dice y en lo que se hace con el dinero y razonablemente consistente en asuntos de principio? ¿Puede uno asegurar su propia integridad simplemente observando las prescripciones elementales de moralidad, corrección civil u ortodoxia eclesiástica? O ¿es la perfección de justicia un arte más creativo que un hábito adquirido siguiendo las reglas, mas una gracia que un trabajo, un asunto de conciencia antes que la ley? Si es así no puede estar más seguro siguiendo las reglas que obedeciendo las leyes de la armonía que pueda producir la Pasión de San Mateo o la experiencia lógica la Crítica de Razón Pura – para nombrar dos raros monumentos y bases de integridad. El imperativo de la integridad demanda iniciativa y compromiso activo y el coraje de tomar decisiones no aseguradas y no ortodoxas. Parece diseñado para poner nuestra conciencia en dificultades, porque ninguna posición que adoptemos estará libre de antinomias recurrentes, por lo que nunca podemos estar seguros que hemos logrado una posición de integridad, pese a nuestros mejores esfuerzos. Estas antinomias solo pueden ser resueltas algunas veces en retrospección póstuma en la emergencia de la integridad como gracia, la gracia de la libertad mediante la cual el espíritu humano puede entrar libre de trabas en su nacimiento a la luz.

EL EJERCICIO DE INTEGRIDAD

La integridad se logra mediante las opciones y el compromiso que se cumple en medio de las complejidades de la vida adulta. Por lo tanto, si uno evita tomar decisiones y hacer compromisos, evita el conocimiento de la complejidad o se enfrenta a la vida en una forma menos que como debe hacerlo un adulto total, y uno solo logrará un simulacro de integridad. Uno puede convertirse en un defensor de la moralidad, ortodoxia o procedimiento correcto, haciendo gala de una integridad sin mácula solo porque no es la integridad de un ser humano sino una institución que ha usurpado su propia conciencia. Si uno hace de una identidad socialmente garantizada el bastión de su rectitud, no solo ha obviado una demanda mas inquisitiva que prohíbe la absolutización de cualquier papel o alianza y juzga sus propias creencias y actos no por códigos o expectativas externas, sino por las propias e internas certezas y dudas? Eliminar estas dudas podría mostrar un celo por la integridad, pero sería un celo mal encaminado que produce estados totalitarios y sectarios, dominio de la iglesia Eichmanns y Torquemadas. O uno se puede convertir en un crítico permanente del orden establecido, el que suelta oprobios, haciendo notar todo lo que está mal en el mundo, pero sin ensuciarse las manos en la tarea de cambiarlo. Los intelectuales, incluyendo los teólogos corren el riesgo de verse atrapados en esta postura estéril, especialmente en una sociedad o Iglesia que no invita ni da valor a sus intervenciones críticas. O uno puede convertirse en una "hermosa alma" que vive entre ideales puros, a fin de que la propia integridad consista en la batalla de mantener estos ideales inviolados. Tanto los reaccionarios y los revolucionarios puristas siguen esta fórmula.

El ejercicio de integridad empieza desde adentro, dado que la integridad, como la verdad, no puede lograrse sin un constante deseo apasionado de lograrla. Este deseo en realidad lo puede colocar a uno en lucha con el mundo, porque aun las profesiones más honorables rara vez toman su propia retórica de integridad en forma literal, y pese a que personas íntegras en algunas ocasiones ascienden sus carreras rara vez le es fácil. El conformismo es la principal tentación que uno debe vencer a fin de ser una persona de integridad y uno tiene el impedimento de haber sido concienzudamente entrenado en el conformismo además que todo lo que le han enseñado acerca de la integridad consiste en reportes vagos e idealistas teñidos con prejuicios ideológicos. Es cierto que la sociedad nos proporciona un marco básico de valores dentro de los cuales trabajar, pero desanima ese giro crítico extra mediante el cual uno hace efectivos estos valores en la práctica. A lo largo de la vida uno escoge entre los dos lados de esta doble ruta y uno ni debe simplificar las opciones ni usar su complejidad como una excusa para la inacción También uno debe hacer reales sus opciones mediante la acción. Cada profesión está llena de gente que se imagina libre, que se denominan liberales o aun radicales, pero cuyas acciones los definen como peones en un sistema, temerosos de su propia seguridad. La integridad sin trabajo es algo muerto. La práctica condiciona la visión, reacciona en forma crítica la afina y la radicaliza. Tampoco este imperativo de interrupción de praxis después de haber probado su integridad mediante alguna posición explícita o compromiso valiente. Siempre estamos siendo llevados hacia un confortable nicho social o clerical o académico en el cual podamos descansar complacientemente y tomar con calma los grandes problemas de paz, justicia, derechos humanos y sus correlaciones en nuestra esfera de actividad. El ámbito de nuestra preocupación tiende siempre a encogerse al nivel de nuestras pequeñas ambiciones. Debemos darle la bienvenida a cualquier cosa que nos saque de esta inercia.

Una de las formas esenciales de practicar la integridad es expresarse. Hay ocasiones en las que el demonio de Sócrates susurra su ‘No!’muy claramente en el oído de la conciencia. Para silenciar esta voz o seguir la corriente con alguna mentira convencional aceptada pese al rechazo interno de la conciencia, es pecar contra el Espíritu Santo. Muchos han enfrentado la muerte antes que decir ‘Si’ con todos los demás, cuando la voz interna decía ‘No!’ Admiramos estos ejemplos desde la distancia, felices que no tuvimos que vivir en esos tiempos y lugares y el desconocimiento que nuestro propio tiempo y lugar puede ofrecer tanto material para protesta profética. Por ejemplo, parece que la Iglesia Católica Romana hoy se podría beneficiar mucho más de hablar claro. Si ‘es invierno en la Iglesia ’ (Karl Rahner, 1982), la razón podría ser que mucha gente no ha tenido el coraje de hablar en voz fuerte y a menudo contra lo que parece ser una traición continuada de la visión del Vaticano II. Entre las muchas cadenas en la cual la libertad de expresión se encuentra atada, una de las más pesadas es la falta de confianza que la gente tiene en asuntos de su propia conciencia. En este punto pienso que el laicismo Alemán puso un buen ejemplo en sus diálogos con el Papa. Si no mostramos el mismo espíritu no es porque estemos menos al tanto de estos problemas sino porque no comprendemos en forma adecuada la primacía de conciencia y su responsabilidad y el deber, en ciertas circunstancias de expresar abiertamente las dudas o las disensiones. (El deber de uno hacia la integridad de una tradición presenta aquí muchos dilemas). La gente siempre anhela la integridad de sus líderes y los servidores públicos es un deseo que subyace en la esperanza Mesiánica de Israel en "El Dios nuestra Integridad". La gente también anhela la integridad de la Iglesia, y traicionamos este deseo cuando abandonamos el discernimiento crítico o toleramos calmadamente lo que sentimos que es una fuente de servilismo moral. Nuestro silencio es el cemento de un carácter distintivo cuyos horrendos aspectos surgen en forma embarazosa en nuestras cortes.

No existe integridad sin dificultades y opciones cuya corrección no puede asegurarse por anticipado. Estas opciones deben ser constantemente purificadas de sus motivos mixtos, el elemento de nerviosa auto aserción, de la búsqueda de publicidad, de oportunismo, de insistencia de auto corrección, hasta que procedan en lo posible de una necesidad moral no argumentable. Estos no son escrúpulos ociosos porque sin ellos la causa más noble degenerará en propaganda cínica y la integridad proclamada de sus representados será una charada. La charada de la integridad es una sombra que sigue a las cosas reales en cualquier lugar, una charada que aun gente de considerable integridad a menudo la presentan pese a ellos mismos. Es tan fácil hacer los ruidos adecuados; mientras que la integridad real es también, y quizá esencialmente un asunto de hacer las equivocadas. El deseo de líderes confiables y una sociedad justa a menudo lleva a las personas a aclamar a una "persona de integridad" a una que hace los ruidos adecuados a los tiempos. La Alemania Católica aclamó "al buen Hitler". Hacemos bien no celebrar en forma prematura el triunfo de la integridad. Una persona de integridad siempre será la primera en sospechar de si misma y sentirse mal si es aclamado como una persona de integridad. Una Persona que adquiere la reputación de integridad a menudo se convierte en caricatura vacía de si misma haciendo los ruidos que se esperan de ellos, y aun enamorándose de si mismos como estrellas de los medios. Así como alguien que busca el Dios viviente puede decir, con Meister Eckhart, ‘Rezo a Dios para que me envíe de Dios’, a fin de que la gente con una reputación de integridad se le haya colocado un simulacro conveniente que puede hacer que lo real sea doblemente difícil de obtener, y si realmente lo aprecian mas que su imagen, se asegurarán de decepcionar en forma regular las expectativas de sus admiradores.

Pero estos peligros no nos pueden desanimar de la tarea de representar los ideales de nuestra sociedad y haciendo nuestra su retórica de integridad cuando así se les pide, sea como ciudadanos o como figuras públicas. Podría parecer solo una ficción Maquiavélica que los políticos y los portavoces de movimientos deban hablar y actuar como si fueran la encarnación de los ideales que representan, aunque para representar en forma honesta un ideal no se requiere que uno haya cumplido a la perfección el ideal. Presentarse en público como modelo de integridad es una acción peligrosa cuando representa los ideales a los cuales se adapta la sociedad, pero si nunca las pone en práctica, uno no puede evitar el riesgo de la hipocresía. Es humillante ser condenado por los ideales que uno expresa. Sin embargo, la real hipocresía solo se asienta cuando los ideales se han hecho tan remotos que no ejercen un papel crítico y formador en nuestra práctica. El problema moral aquí parece no ser el de eliminar cualquier vacío entre el ideal y la práctica sino de asegurar que el ideal funcione en forma constructiva como un incentivo en la practica del individuo y de la sociedad. Si ya hemos vivido el ideal, casi no puede llamarse un ideal, y carecería de toda fuerza ética y reformadora. Pero existe un espacio crítico mas allá del cual un ideal es tan remoto de su logro práctico, que su profesión es vacía y se hace moralmente corrosivo. Uno puede pensar, por ejemplo si los ideales neo Tridentinos de las características distintivas de los católicos y la practica usualmente invocada para contrarrestar los supuestos errores et abusus de los años post Vaticano II no tienen este efecto contra productivo o si la Sociedad Irlandesa no está sufriendo de su suscripción a una auto imagen ideal que la desorienta en su búsqueda de una respuesta madura a sus males morales y políticos. Por supuesto en esta era mediacratica el idealismo retórico se ha convertido en un asunto de cosmética, dificultando el distinguir entre el político o predicador que hace esfuerzos verdaderos para presentar e implementar los ideales de su comunidad en total comprensión de las tensiones y el que simplemente hace un excelente trabajo de relaciones públicas. Aquí necesitamos nuevos modelos de integridad. Tal vez los obispos Americanos cuando publican abiertamente sus esfuerzos con los problemas de la moralidad nuclear, proporcionan el antídoto al potencial siniestro de la mediacracia, que puede reducir la fuerza crítica de los evangelios a la fantasía del medio.

LA GRACIA DE LA INTEGRIDAD

Imaginamos los grandes modelos de integridad, la gente que dice ‘No!’ como mojigatos rigoristas de principios pero de hecho parece que ha habido un toque de maldad en ellos, un signo que sienten mucho placer en hablar la verdad en oposición a una mentira social estricta y opresiva, rebelándose en una libertad interna que ha explotado los roles que se suponía debían desempeñar. Hay un destello en los ojos de Sócrates, Cicerón Atanasio, Becket, Lucero, More, Bonhoeffer para dar los ejemplos mas pedantes. La integridad es más que un asunto de principios, mas que justicia, es la capacidad de ser libres. La vida de Jesús como se refleja en los evangelios no se enfoca en principios ni aun en decir ‘No!’ a la falsedad y a la injusticia. En lugar de eso se enfoca en la libertad radical del mundo y para el reino. Nosotros congelamos la integridad en categorías morales y lógicas olvidándonos de su esencia misma. La persona de integridad puede actuar como juez u obispo, predicador moral o pensador exigente, activista o artista. Pero la esencia de su personalidad corresponderá al ideal Rinzai Zen de "la verdadera persona de ninguna rango". Todo papel se corrompe si perdemos el contacto con la libertad interna de nuestra naturaleza. Conocer a una persona de gran integridad es ponernos en contacto con esta libertad interior.

Hablar de la integridad como una gracia de la libertad interna puede parecer una desviación seudo espiritual. Pero pienso que es importante notar la nota esencial de alegría que caracteriza la integridad en su mejor expresión. Tal vez sufrimos de un exceso de integridad negativa. Nuestro sentido occidental de principio y lógica se convierte en nuestro escudo y nuestra bandera de cruzados que genera una retórica de denuncia. Esta columna vertebral de nuestra cultura también es una fuente de su violencia. Consideramos la integridad como algo que podemos cultivar como nuestra reputación o como nuestra cuenta bancaria. Considere dos figuras de tremenda integridad, Rousseau y Nietzsche, cuyas aventuras pueden revelar una estrecha visión unilateral en el enfoque occidental hacia la integridad. La conciencia Calvinista de Rousseau está fija en el ideal de total transparencia; desea que su vida sea un libro abierto a todo el mundo, por lo que hace las revelaciones más embarazosas, purificándose por su total candor y la motivación paranoica del ejercicio se hace cada vez mas obvia. La conciencia luterana de Nietzsche esta fijada en desenmascarar mentiras e idolatrías en forma radical y crítica; la fogata de ilusiones pide despóticamente mas y mas combustible y el archi escéptico se ve atrapado en la imposible espiral en la cual un pur trouve toujours un plus pur qui /épure (Robespierre). La integridad como trabajo es un asunto de alzarse en sus propios zapatos. En Irlanda nuestra fijación parece ser sexual a costo de la total responsabilidad moral y a costa también de la integridad sexual adulta – una frase que puede bien reemplazar la palabra "castidad". El Torah Judío puede considerarse que corrige todos esos puntos unilaterales, proporcionando una disciplina general de la vida que mantiene vivo el deseo individual y comunal de integridad y facilita el lograrlo. Nuestras moralidades sufren de abstracción y su efecto es inhibir el esfuerzo por la integridad, aun para consignarla a la basura de los sueños de juventud. En Vaticano II la Iglesia, madre y profesora de todos los que buscan la gracia de la integridad, embarcados en una vía de diálogo con todas las personas de buena voluntad en la búsqueda de verdad y solidaridad con ellos en el trabajo de paz y justicia, bosquejando así un Torah practicable para los Católicos contemporáneos. Nuestra integridad depende de no perder de vista esta visión en no volver a caer en las definiciones sectarias de identidad e integridad tan poderosas en el pasado. La iglesia Católica pudo sobrevivir como una secta mediacrática como la Iglesia de la Unificación. Tal vez esa es la mayor tentación en la actualidad. La respuesta de Jesús a esa tentación fue "Andate Satan".

Si la integridad es una gracia, no un trabajo, no es individual y ni siquiera la más ejemplar comunidad del Torah puede confiar que su integridad no se ha visto comprometida. Hay una cantidad de confesores y mártires en la actualidad para hacernos sentir al resto inquietos, pero ¿escapan ellos de la regla que cuando uno camina entre las ambigüedades de la historia humana la integridad de uno está siempre en duda? Cuan vigilante fue nuestra Iglesia contra los males del onanismo y los errores del poligenismo durante la década de los treintas y los cuarenta, pero cuan infructuoso en el manejo de los errores reales y de los males de nuestros tiempos. La falta de conocimiento de los males económicos y políticos de nuestro mundo pueden hacer de nuestras virtudes un leve parpadeo en los molinos de viento. Es difícil cultivar el conocimiento político así como mantener un conocimiento espiritual. No podemos controlar todos los factores involucrados para estar seguros de nuestra integridad individual o comunal. No es irrazonable para nadie que haya llegado a "la mitad del camino de la vida" temer que se ha perdido del camino recto, que el o ella se haya desarrollado en un carácter dubitativo, uno en el cual la esencia misma –para usar una expresión algo mitológica y que puede causar confusión – ya no puede estar intacta. Se necesita coraje para examinar el libro en el cual nuestras profesiones se balancean contra el registro de nuestro desempeño. Mirarse a sí mismo a mitad de la vida puede ser una experiencia destructora. Pero puede ser que la verdadera integridad, la integridad como gracia se reconstituye luego de tal experiencia destructora.

Aun las mejores causas pueden servir como un escudo contra la auto crítica y simplificación de la vida produciendo un raro melange de sonidos piadosos y gestos oportunistas. Una causa lo puede llevar a uno más allá de si mismo, pero enfrascarse profundamente en cualquier causa es volver a encontrar las ambigüedades y complejidades que la integridad madura no puede nunca esconder. Nunca es posible colocarse en un lado de los Ángeles en tal forma como para borrar todas las dudas acerca de nuestra propia rectitud y cada esfuerzo para hacerlo nos pone en una posición falsa. Para una civilización tan informada y reflexiva como la nuestra, la lucha por la integridad debe ser un proceso complejo. Dudo si la integridad pre reflexiva de las sociedades más viejas está disponible para la gente occidental contemporánea. La lucha de D.H.Lawrence para la integridad del instinto fue lo suficiente convulsionada y dialéctica para mostrar la imposibilidad de salirnos de nuestras pieles reflexivas. El paso a lo simple no es simple. Esto también tiene algo de fe porque la autoridad puede levantar y fortalecer nuestras mentes solo como se reconcilian con la autonomía de pensamiento y conciencia y la libertad de expresión que define la adultez contemporánea. La fe ha sido a menudo cementada por instinto sectarista, un celoso sentido de identidad cultural, y las difusas y no examinadas emociones de piedad. Gradualmente vamos venciendo esto, pero todavía no estamos lo suficientemente involucradoa en el proceso dialógico en el cual se nos pone en duda y nos abrimos a la verdad en una forma mas radical y abierta. "El diálogo doctrinario requiere percepción tanto en el entorno honesto fijando nuestras propias opiniones y reconociendo la verdad en otros lados, aun si la verdad nos destruye de tal manera que nos vemos forzados a reconsiderar nuestra propia posición en teoría y en práctica, por lo menos en parte" (Secretariado para los no creyentes, Humanae personae dignitatem). Nuestro amor de la verdad debe incluir el deseo de ser demolidos por la verdad. Cualquier causa o credo que cierre este último peligro de la reflexión ha dicho adiós a su integridad. Aquí la auto afirmación no tiene ningún valor, dado que la verdad y la rectitud no permitirán jamás verse forzados.

En la actualidad Irlanda está inflamada con muchas causas conflictivas. Tal vez esto demuestre que no hemos perdido el ardiente celo de la integridad. Pero haríamos bien en reflexionar mucho más en los peligros que he intentado enfocar. Para encontrar la gracia de la integridad debemos deshacer cualquier excesiva certeza de lo correcto de nuestra propia causa. Es un invaluable ejercicio espiritual considerar y admirar la esencia de la integridad en los que apoyan las causas con las que no estamos de acuerdo. Tal apertura de diálogo puede parecer una traición de principio, pero si la rechazamos, ¿no estamos ya embarcados en la vía de la violencia? Ojala que mas y mas Irlandeses digan en voz alta la verdad como la ven y sin adornos prudentes, pero que lo hagan con amor, creando una cultura de unidad en el pluralismo antes que uno de estéril polarización.

Traducción: Lola de Varas

Encuentre enlaces a páginas web relacionadas con el tema en su propio país! Make this site one of your favourites Recommend this website to a friend Mándenos sus ideas y sugerencias Cree un boton y enlace a nuestra página desde su página Consulta permanente de mujeres a través de Internet 'Friends' give us a regular contribution Necesitamos su ayuda financiero!

Sírvase mencionar este documento como publicado por www.womenpriests.org!

Por favor mencione este documento como publicado por www.womenpriests.org!