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Una mujer refleja mejor a Cristo en sus rasgos femeninos

Una mujer representa mejor a Cristo en sus rasgos femeninos y en el simbolismo femenino de su misión que da vida

por John Wijngaards

Jesús estaba en contacto con su ánima

Image of Christ

Women too bear Christ's image Women reflect Christ's feminine traits Women too can act as another Christ Women too represent Christ's love Women are equal 'in Christ'

Jung ha señalado correctamente que cada mujer tienen un ‘lado masculino’ en su personalidad, lo que él llamó ánimus, y cada hombre un ‘lado femenino’, su ánima. Es importante que recordemos esto al hablar de la personalidad de Cristo como hombre.

Algunos hombres son más conscientes y sensibles a su ánima. Si miramos el Evangelio vemos claramente que Jesús poseía una gran sensibilidad hacia la mujer y hacia los rasgos femeninos de su personalidad.

Cuando intentamos reconstruir la actitud de Jesús hacia la mujer, detectamos que él era consciente de la presencia de éstas entre su audiencia. Jesús saca los ejemplos que él utiliza tanto de la vida de la mujer como de la del hombre. Sabe que la mujer guarda sus tesoros en cajas y que encienden una lámpara al anochecer (Mateo 6,19-21 y 5,15-16). Habla de los niños que juegan en la plaza del mercado y de las chicas que esperan al novio en la boda (Mateo 11,16-19 y 25,1-13). A menudo cuenta sus parábolas de dos en dos, con una historia sobre una mujer que va paralela a una historia sobre un hombre:

Podemos estar seguros de que María, la madre de Jesús, tuvo una gran influencia en él. Jesús aprendió de ella muchos de sus ideales . Seguramente ella le animó cuando comenzó su ministerio público. Un rasgo de ello lo podemos encontrar en el Evangelio de S.Juan. Durante la boda de Caná fue María quien le urgió a realizar su primer milagro. ‘Mi hora no ha llegado todavía’, Jesús protestó. Pero como ella insistió suavemente, él cambió de opinión y marcó el comienzo de la era mesiánica convirtiendo el agua en vino (Juan 2,1-12).

En varios momentos cruciales de la comprensión de sí mismo Jesús fue poco a poco entendiendo a través de sus encuentros con la mujer y ello le movió a actuar.

Jesús también respondió a los gestos silenciosos de las mujeres: la prostituta arrrepentida que ungió sus pies, la viuda de Naín que andaba detrás del féretro de su hijo muerto, la mujer encorvada sobre sí misma, la viuda que echó dos monedas en el cepillo del templo y las mujeres de Jerusalén que lloraban al ver a Jesús cargando con la cruz (Lucas 7,36-50; 7,11-17; 13,10-17; 21,1-4 y 23,27-31).

De todos estos textos y otros podemos estar seguros de que el Jesús histórico estaba muy en contacto con su propia ánima. Él era consciente de las inquietudes de la mujer, se preocupó de ellas y aprendió de ellas reconociendo en sus necesidades y sugerencias las llamadas del Espíritu. El perdón y la reconciliación que trajo de su Padre, fueron para la mujer tanto como para el hombre.

Ciertamente, Jesús no pudo, durante el corto espacio de su ministerio público, cambiar todos los prejuicios sociales de su época. Él no tomó postura por la emancipación feminista, como tampoco hizo campaña para abolir la esclavitud. Pero en su actitud, él estableció principios que revolucionarían todas las relaciones humanas.

Ver también Elisabeth MOLTMANN-WENDEL, The Women around Jesus, Londres 1982; A Land Flowing with Milk and Honey, Londres 1986, págs. 137-148; Mary GREY, Redeeeming the Dream: feminism, redemption and Christian tradition, Londres 1989, esp. págs. 95-103.

Al morir y resucitar por nosotros, Jesús liberó a la mujer igual que al hombre

Podríamos proseguir ahora a un nivel más profundo y preguntarnos: ¿Ha servido para algo la inquietud de Jesús hacia la mujer? ¿Ha dado de hecho algún fruto de liberación? ¿La Resurrección de Cristo ha sido tan fructífera para la mujer como la promesa dada por Jesús de Nazaret?

La respuesta es: ¡sí! El puesto de la mujer en la religión cambió radicalmente con la llegada de Cristo. Mientras ella sólo había pertenecido indirectamente a la alianza de Moisés, ahora la mujer era hija de Dios con la misma igualdad que el hombre.

En el Antiguo Testamento, eran sólo los hombres los portadores directos de la alianza.

También en el Judaismo tradicional persistía la misma distinción. Era al hombre a quien se le pedía que recitara las oraciones diarias. Los hombres tenían los asientos principales en las sinagogas y podían leer la Torá. Solamente diez hombres podían formar el quórum, minyán, requerido para las oraciones públicas. A la edad de 13 años, los chicos se iniciaban en los deberes religiosos adultos en la ceremonia Bar Mitzvah. Para las chicas no existían tales cosas.

Con este trasfondo en mente podemos apreciar el cambio revolucionario traido por Cristo. Pues tanto los hombres como las mujeres eran iniciados en la nueva alianza por un mismo rito, es decir el bautismo. Ya hemos visto antes que por el bautismo morimos y resucitamos con Jesús. Hombres y mujeres pasamos por esta transformación y nacemos de nuevo como ‘una nueva creación’.

Teniendo esto en cuenta, el hombres y la mujer participan igualmente de la comida eucarística y tienen los mismos deberes religiosos. Estos son cambios objetivos con enormes consecuencias.

Pablo expresó el principio con estas palabras:

Todos vosotros sois hijos de Dios
por la fe en Cristo Jesús.
Todos los que habéis sido bautizados en Cristo,
os habéis revestido de Cristo.
Por tanto ya no hay judío o griego,
libre o esclavo,
hombre o mujer.
Todos vosotros sois uno en Cristo Jesús.

Gálatas 3,27-28

Notemos los cambios revolucionarios que Cristo con los hechos ha traído para las relaciones humanas con Dios. Pero estos hechos religiosos necesitaron en aquel momento y, todavía necesitan, traducción en hechos sociales y eclesiales.

La Iglesia Católica está todavía discutiendo todas sus consecuencias. Le costó a la Iglesia más de 19 siglos aceptar públicamente que la esclavitud es incompatible con el designio de Dios y va en contra del pensamiento de Cristo (Vaticano II, Gaudium et Spes núm. 29). Ahora Roma se resiste todavía a admitir a la mujer al sacerdocio sacramental. Podemos estar seguros de que en última instancia esta cuestión se resolverá sobre la base de la igualdad fundamental establecida por Cristo.

La masculinidad de la imagen de Dios-Padre y la masculinidad del Jesús histórico pueden plantear problemas reales de entendimiento. Estos problemas se pueden resolver si se pone la cuestión del género en su correcta perspectiva. La ‘paternidad’ de Dios no es más que una metáfora. Dios es tan madre como padre. Y el Cristo Resucitado no es una figura masculina inmóvil en el aire, sino que es el Espíritu en nosotros, el dador de vida, que tiene rasgos femeninos y masculinos.

Puesto que somos uno en Cristo, cada persona puede verse perfectamente reflejada ella misma en él. Cualquiera que sea nuestro estado social o el color de nuestra piel, Cristo se ha convertido en nosotros en nueva creación. Todo lo que forma parte de nosotros le pertenece y nada humano en nosotros es rechazado por Él. En él trascendemos todo aquello que nos limita.

Representar la personalidad completa de Cristo requiere también representar sus rasgos femeninos

Jesús no dudó al utilizar imágenes femeninas y maternales para describir su trabajo. El amor que muestra al comer y beber con los pecadores es como el de aquel pastor que está como loco buscando a la oveja perdida; es como el del padre que se apresura a correr para acoger a su hijo pecador; pero es también el de la mujer que revuelve la casa entera en busca de una insignificante moneda (Lucas 15). Cristo ha venido para reunir con él a los hijos de Jerusalén como la gallina reune a sus polluelos bajo las alas, les protege y calienta su nido (Mateo 23,37). Y su muerte y resurrección son los dolores de parto del Mesías (Juan 16,21; ver Apocalipsis 12; Marcos 13,8).

El uso de imágenes femeninas es continuo en la descripción de los ministerios de Jesús. Pablo se llama a sí mismo padre, pero tampoco dudó en llamarse “madre que tiene cuidado de sus hijos” ( 1 Tesalonicenses 2,7) o compararse él mismo con una mujer que sufre dolores de parto hasta que Cristo sea formado en sus discípulos (Gálatas 4,19).

“Con estas referencias no se pretende demostrar que las imágenes masculinas no son las que predominan, sino sugerir que hay dimensiones del amor de Dios para el hombre, del papel redentor de Cristo y del ministerio oficial cristiano que sólo puede ser comunicado a través de imágenes femeninas. Cristo representó estas dimensiones al mundo, aunque él era hombre; Pablo las representó a la Iglesia, aunque él era hombre. Si un hombre puede representar tales dimensiones femeninas del amor divino, es difícil ver por qué una mujer no puede, en cambio, representar a la Iglesia dimensiones del amor de Dios en Cristo para las que se utilizan imágenes masculinas. Cualquiera que sea mínimamente inteligente entiende cómo funcionan todos estos símbolos sin pretender que vayan más allá de su significado. El argumento en contra de que una mujer represente a Cristo funciona a menudo con normas de simbolización bastante rígidas que no siempre escapan la “pura falacia . . . ”

“Lo que más clarificación necesita es que los argumentos de Roma se den por supuestos. ¿Se supone que, mientras un hombre puede representar tanto lo masculino como lo femenino, una mujer sólo puede representar lo femenino? ¿Las iniciativas de Dios y su liberalidad son más masculinas que femeninas? ¿Es la sumisión de una esposa a su marido la única razón por la que se le ha considerado a Cristo el Novio de la Iglesia? ¿Qué supuestos y predisposiciones—teológicas, culturales, sicológicas y de otro tipo—hay detrás de la descripción de ciertas actitudes y ministerios como “masculinos” y otros como “femeninos”? ¿Puede la mujer decir una palabra sobre este asunto o esto es ya una violación del ‘eterno femenino’? ”

Joseph A. Komonchak, ‘Theological Questions on the Ordination of Women’, en Women and the Catholic Priesthood, págs. 241-259; aquí págs. 251-252.

Como dador de vida, Cristo es más femenino que masculino

Paul Lakeland apunta algunas consecuencias que tiene la función espiritual de Cristo como dador de vida.

“El acto salvador de Cristo para la humanidad se realiza por la gracia de Dios, y por ella los discípulos de Cristo, la Iglesia, reciben una nueva vida que les sostiene y que viene dada a través de su cabeza, Cristo. Él es al mismo tiempo la fuente y el mediador de la vida de la Iglesia; en cooperación con el Padre nace la Iglesia. Se puede sacar de aquí un paralelismo biológico que haría al Hijo la madre y al Padre el padre de la Iglesia, pero no es tal nuestra intención sino más bien subrayar el hecho de que Cristo viene a traer nueva vida a la Iglesia, pero esta nueva vida que trae (la vida del Espíritu) no viene sólo de él sino también del Padre. Él es entonces quien entrega la vida que, en su humanidad, ha recibido de otro (Dios) y en su divinidad ha recibido de toda la eternidad del Padre. Él es al cooperar quien participa en la creación de una nueva vida para la Iglesia, él es la fuente y el portador de la vida de la gracia. Él está, en otras palabras, actuando bajo un símbolo femenino.”

“Si el sacerdote es el representante de Cristo, entonces él lo es en el significado teológico más que en la presencia corporal de Cristo. El sacerdote en su función en la Eucaristía, en el bautismo, en la penitencia, está en el lugar de Cristo como portador de nueva vida. Él permanece en el lugar de Cristo en un sentido físico, pero en un sentido teológico Cristo actúa por él a través del don de la gracia de los sacramentos. Del mismo modo, se puede ver toda la Iglesia como mediadora de la gracia para el mundo, una mediación en la que la liberalidad de Dios y la preocupación de la Iglesia para vivir según su vocación como ‘levadura’ están entremezcladas. Como ella se da a sí misma, del mismo modo da a Dios en Cristo. Esto es un aspecto más de ser Cristo en el mundo que puede también confundir al lector pero esta confusión puede ser instructiva, pues es precisamente lo que ocurre cuando nos movemos en el campo de la metáfora y el símbolo.”

“ La verdad que contienen es una verdad universal y por ello muchos aspectos de la existencia se pueden considerar a la luz de la verdad que ellos expresan. La Iglesia, el sacerdote y Cristo son intrínsicamente masculinos y femeninos en su significado religioso más profundo. Si los argumentos están simplemente diciendo que hay un modo de ver la actividad del sacerdote en la que hay paralelismo con algunos actos específicamente masculinos, entonces eso es bastante cierto. Sin embargo se ha de reconocer que si un hombre puede ser sacerdote y ejercer todavía esas funciones que se pueden ver a la luz del simbolismo femenino, entonces no sirven los argumentos contra el sacerdocio de la mujer que dicen que ellas tendrían que desarrollar actos simbolicamente masculinos. De hecho, ellas son mucho más adecuadas que los hombres para representar este simbolismo femenino como mediadoras y cooperadoras en la vida de la gracia . ”

Paul Lakeland, Can Women be Priests?, Mercier Press, Dublín 1975, págs. 67-68. Ver también su Theology and Critical Theory: The Discourse of the Church, : Abingdon, Nashville 1990.

Traducción: María Teresa Salamanca

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