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En el simbolismo de la salvación, Cristo es el Esposo y la Iglesia es la Esposa

En el simbolismo de la salvación, Cristo es el Esposo y la Iglesia es la Esposa

Inter Insigniores, Pablo IV, Acta Apostolici Sedis 69 (1977) 98-116

Giovanni Paolo II

§ 29. Porque la salvación ofrecida por Dios a los hombres, la unión con El a la que ellos son llamados, en una palabra, la Alianza, reviste ya en el Antiguo Testamento, como se ve en los profetas, la forma privilegiada de un misterio nupcial: el pueblo elegido se convierte para Dios en una esposa ardientemente amada; la tradición, tanto judía como cristiana, ha descubierto la profundidad de esta intimidad de amor leyendo y volviendo a leer el Cantar de los Cantares; el Esposo divino permanecerá fiel incluso cuando la Esposa traicione su amor, cuando Israel sea infiel a Dios[41]. Cuando llega «la plenitud de los tiempos», el Verbo, Hijo de Dios, se encarna para inaugurar y sellar la Alianza nueva y eterna en su sangre, que será derramada por la muchedumbre para la remisión de los pecados: su muerte reunirá a los hijos de Dios que se hallaban dispersos; de su costado abierto nace la Iglesia, como Eva nació del costado de Adán. Entonces se realiza plena y definitivamente el misterio nupcial, enunciado y cantado en el Antiguo Testamento: Cristo es el Esposo.

§ 30. La Iglesia es su Esposa, a la que El ama porque la ha comprado con su sangre, la ha hecho hermosa y santa y, en adelante, es inseparable. de El. Este tema nupcial, que se precisa luego en las cartas de San Pablo[42] y en los escritos de San Juan[43], se encuentra también en los evangelios sinópticos: mientras el esposo está con ellos, sus amigos no deben ayunar[44]: el reino de los cielos es semejante a un rey que celebró la boda de su hijo[45]. Mediante este lenguaje de la Escritura. entretejido de símbolos, que expresa y alcanza al hombre y a la mujer en su identidad profunda, se nos ha revelado el misterio de Dios y. de Cristo; misterio, de suyo, insondable.

§ 31. Por ello mismo no se puede pasar por alto el hecho de que Cristo es un hombre. Y, por tanto, a menos de desconocer la importancia de este simbolismo para la economía de la Revelación, hay, que admitir que, en las acciones que exigen el carácter de la ordenación y donde se representa a Cristo mismo, autor de la Alianza, esposo y jefe de la Iglesia, ejerciendo su ministerio de salvación -lo cual sucede en la forma más alta en la Eucaristía-, su papel lo debe realizar (éste es el sentido obvio de la palabra «persona») un hombre: lo cual no revela en él ninguna superioridad personal en orden de los valores, sino solamente una diversidad de hecho en el plano de las funciones y del servicio.

[41] Cf. Os 1.3; Jer2.

[42] Cf. 2 Cor 11,2; Ef 5.22-23.

[43] Cf Jn 3,29; Ap 19,7.9.

[44] Cf. Mc 2,19.

[45] Cf. Mc 22,1-14.

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