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Tal como sucede en el caso de los presbíteros y de los diáconos varones, las tareas de las mujeres diaconisas han variado a lo largo de los siglos. Sin embargo, a partir de archivos históricos, pueden establecerse claramente las siguientes tareas:
1.- Asistencia en el bautismo de las mujeres
Las diaconisas tenían una importante tarea en el bautismo: ungir con aceite sagrado el cuerpo de las mujeres catecúmenas y realizar una parte del bautismo sumergiéndolas en la fuente bautismal.
2.- Responsabilidad de las mujeres en la asamblea litúrgica
Las mujeres diaconisas supervisaban la admisión de mujeres desconocidas por la comunidad en la asamblea litúrgica, del mismo modo que los diáconos controlaban la admisión de los hombres.
Las mujeres diaconisas velaban para el mantenimiento del orden entre las mujeres en la iglesia y tenían una responsabilidad pastoral sobre ellas.
3.- Apostolado entre las mujeres en sus hogares
Las mujeres diaconisas cuidaban a mujeres enfermas o necesitadas. Se encargaban de las viudas de la parroquia. Instruían a los catecúmenos para el bautismo.
Aunque las mujeres diaconisas no asistían al Obispo en el altar de la misma forma que los diáconos varones, ellas tenían acceso al templo en diferente forma. En particular, podían tomar el Santísimo Sacramento del altar y distribuir la sagrada comunión, especialmente a las mujeres que debían permanecer en sus casas.
Resulta evidente que estas mujeres ejercían plenamente el diaconado, tal como es concebido por la Iglesia.
Hoy en día, los deberes del diaconado están definidos de la siguiente forma :
Es deber del diácono, una vez autorizado por la autoridad competente, administrar solemnemente el bautismo, custodiar y distribuir la Eucaristía, asistir y bendecir matrimonios en nombre de la Iglesia, llevar el Viático a los moribundos, leer las sagradas escrituras a los fieles, instruir y exhortar al pueblo, presidir el culto y la plegaria de los fieles, administrar los sacramentos y oficiar las ceremonias funerarias y de la sepultura. Vaticano II, Lumen Gentium, n° 29.
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Texto de John Wijngaards
Traducido por Carme Alegre

Sírvase mencionar este documento como publicado por www.womenpriests.org!