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Las tradiciones no son válidas a menos que sean bíblicas, o sea, basadas en un correcto entendimiento de la Sagrada Escritura, y que sean informadas, o sea, no erradas en cuanto a aspectos claves del asunto en cuestión.
La práctica de no ordenar mujeres en la Iglesia no es una verdadera y válida tradición, porque la misma descansa en un triple prejuicio contra las mujeres:
Es claro que cualquiera que esté bajo la influencia de uno de estos prejuicios, mucho más bajo la combinación de ellos, ¡no pudiera abrigar la idea de la ordenación de la mujer! Se pensaba que mujer fue sacada del ministerio del sacerdocio por definición, sólo por el hecho de ser mujer. Esto es, ¡por ser un miembro inferior, de bajo estatus, impuro, dependiente y pecador, de la raza humana.!
Los prejuicios que hemos enumerado arriba engranaron profundamente en el pensamiento de la Iglesia de los pasados siglos, desde tiempos de San Pablo hasta el presente.
Los mismos se encuentran, en diversas combinaciones, en la mayoría de los principales recursos de la llamada tradición de la Iglesia:
Por todo esto, se entiende que la llamada tradición contra la ordenación de la mujer es inválida. Porque:
Sí, ha habido una casi universal y constante práctica de rehusar la ordenación de mujeres, pero ésta no puede mantenerse como una fuente teológica válida para la doctrina cristiana y la fe.
En muchas culturas humanas, los hombres han dominado a las mujeres social y políticamente. Las mujeres son aún las desvalidas en muchos países. Los prejuicios son perpetuados por mitos sociales, por prácticas culturales y por estructuras políticas.
A pesar de que podría haber una base genética para ciertos roles de género, el origen de la predominancia del hombre debe buscarse en los desarrollos históricos. Las concepciones populares y las prácticas culturales que acompañan dicha predominancia están ancladas por un poderoso mito social. El mito de la predominancia masculina puede documentarse incluso hoy día.
Los prejuicios son una importante herramienta a través de la cual, los mitos sociales y las percepciones se sostienen. Los rasgos característicos de dichos prejuicios sociales han sido ampliamente estudiados hoy día. Los mismos aplican mucho a las ancestrales actitudes hacia la mujer encontradas en la Iglesia.
John Wijngaards
Traducción: Ivelisse Colón-Nevárez

Cuando cite este documento, tenga la amabilidad de indicar que está publicado por www.womenpriests.org!